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–No es para tanto, Michelle –dijo su padre, parado en el umbral de la puerta del apartamento de Nicole, sus ojos puestos en el cuchillo que su hija llevaba en una de sus manos.
–Si así fuera, no habrías tenido que traer a uno de tus matones –dijo Michelle, llevando su mirada al hombre que, parado detrás de su padre, había sido el encargado de llevarle la comida durante sus cuatro días de cautiverio.
Con aquella sorpresiva visita los efectos del licor habían dejado de actuar y ahora solo era consciente de tener que lidiar de la mejor manera posible con una situación que se presentaba como una amenaza a su felicidad.
–Rocky solo está conduciendo, y me acompañó hasta aquí… –el hombre miró a su alrededor–, ya sabes, no es el mejor de los vecindarios.
–Si vino a criticar el sector donde viven los estudiantes será mejor que se largue cuanto antes –dijo Nicole, adhiriendo a sus palabras un sutil movimiento del paraguas que llevaba en sus manos.
–Tranquila, muchacha, la violencia no es necesaria, solo vine a conversar con mi hija, a convencerla para que regrese a su hogar, el lugar donde debe estar.
–Estás loco –dijo Michelle–, ese lugar al que llamas hogar se convirtió en una prisión; nunca voy a regresar, y si intentas forzarme con ese hombre –la muchacha señaló con la mirada a Rocky–, no dudaré en usar este cuchillo.
El señor arrugó los labios, le hizo una señal con la mano a su empleado, quien no dudó en desaparecer por las escaleras que llevaban al primer piso y luego dijo:
–¿Será posible que nos sentemos a conversar por unos minutos?
–No me vas a convencer, ni por todo el oro del mundo, y lo mejor que puedes hacer es seguir los pasos de tu matón y largarte de aquí cuanto antes.
–Ya escuchó a su hija, señor Fairchild –dijo Nicole en vista de que el hombre no se movía del lugar donde se encontraba.
–Solo te pido unos minutos, hija. Sé perfectamente que me equivoqué, quiero pedirte perdón, he actuado apresuradamente, dejándome llevar por los impulsos, por las emociones, pero te prometo que eso no volverá a suceder.
–Ya deja de hacer promesas que sabes que no vas a cumplir, tu temperamento te impide ser una persona comprensiva. No quiero regresar a un mundo en el que tenía que mentir o inventar cuentos para poderme ver con el que era mi novio o para asistir a una reunión de amigos o a una fiesta.
–Todo eso va a cambiar, Michelle. Solo estaba temeroso de que conocieras a algún chico, te enamoraras y te fueras a vivir con él, estás muy joven para eso.
–Deja de decir ridiculeces, la mayoría de las personas de mi edad ya no viven con sus padres y se están creando sus propias vidas.
–Lo sé, lamentablemente es una costumbre de estos países en la que jamás he creído. Las familias deben permanecer unidas y los hijos en su hogar hasta que tengan la edad suficiente para casarse y formar un nuevo hogar.
–Ya deja a un lado tus ideas del siglo dieciocho, eso ya no se practica en ninguna parte de este país.
–¿Y qué piensas hacer? ¿Quedarte a vivir aquí? –el hombre fijó la mirada en la pequeña sala del apartamento, su entrecejo arrugado.
–No es un asunto que te incumba.
–Por favor, hija, no quiero que vayas a estar mal.
–Lo único que me hace estar mal en estos momentos es tu presencia en el apartamento de mi amiga.
–¿Hasta cuándo te vas a quedar aquí?
Michelle volteó a mirar a Nicole por un breve instante, su amiga le sonrió y luego volvió a fijar la mirada en el rostro de su padre.
–Todo el tiempo que sea necesario.
–Hija, si te arrepientes, no dudes en regresar. Sé que en la estación de policía dije cosas que no debí decir, pero olvídalas, las puertas de tu casa están abiertas.
–Pues se quedarán abiertas, porque yo por allá no vuelvo, así tenga que vivir debajo de un puente.
–Solo espero que no te suceda nada malo, cuídate mucho –dijo el hombre y procedió a darse la vuelta y a abandonar el lugar.
–¡Wow! Amiga, estuviste fantástica –dijo Nicole después de haber cerrado la puerta y de haber puesto el paraguas en su lugar –pero ya puedes devolver ese cuchillo a su sitio.
–¿No crees que fui muy dura con él?
–Para nada. Esa posición firme y definida era exactamente como te tenías que mostrar, de lo contrario entre él y su matón te habrían secuestrado.
Michelle arrugo una de sus mejillas, caminó hasta la cocina, puso el cuchillo en su sitio y se sentó en el piso, su espalda contra la pared, sus rodillas pegadas al pecho y sus ojos soltando lágrimas.
–Amiga, por favor, no estés así, piensa que hiciste lo mejor, que no podías seguir viviendo con un tipo que quiere solucionar todo a la fuerza.
Nicole se sentó junto a su amiga.
–Además –continuó Nicole –piensa que, si te arrepientes, siempre puedes regresar, aunque yo te aconsejo que esa clase de pensamiento no se debe atravesar por tu linda cabecita.
–¿Cómo crees que él supo que yo estaba aquí?
–No lo sé, pero supongo que te habrá buscado en las casas de tus mejores amigos, ¿no es más que obvio que cuando alguien se escapa de su casa se va para donde una amiga?
Michelle se encogió de hombros.
–Puede ser, ¿o crees que…
–¿Que creo qué?
Michelle se puso de pie y fue en busca de su celular, el cual se encontraba sobre la mesita de la sala.
–Es posible que mientras estuve encerrada haya activado la ubicación y el seguimiento en mi teléfono.
–¿Pero no lo tenías bloqueado? –preguntó Nicole mientras se ponía de pie y caminaba hasta la sala.
–Claro que sí, pero lo pudo haber llevado donde alguna clase de hacker…
Michelle operó el teléfono por unos segundos y luego dijo:
–Así es, la ubicación del teléfono está activada.
–Ese hombre es de temer –dijo Nicole meneando la cabeza.
–Pero ya, ahora no sabrá que mañana me voy para el Caribe.
–¿Ya lo desactivaste?
–Obvio –Michelle mostró una sutil sonrisa.
–¿Sabes que es lo que más detesto de tu padre, aparte de que te haya encerrado en esa horrible habitación? –preguntó Nicole mientras se acomodaba en el sofá.
–No lo sé, hay miles de cosas que puedes odiar de él.
–Que nos haya interrumpido justo en ese momento –Nicole arrugó la boca.
Michelle, que permanecía de pie a escasos dos metros de su amiga dijo:
–Tal vez haya sido para bien, con eso si algo pasa entre las dos, no habrá sido el efecto de unas cuantas cervezas.
–Supongo que tienes razón –dijo Nicole observando a su amiga sentarse al otro costado del sofá –, ¿pero eso significa que algo podría pasar entre las dos, así no haya licor de por medio?
–Bueno, el efecto ya se me pasó, y pues… nunca se sabe. La verdad es que tú eres adorable, aparte de ser preciosa, y me empiezas a sembrar dudas…
–¿Dudas? ¿A qué te refieres?
–Nunca había tenido pensamientos lésbicos, hasta ahora…
–¿Eso quiere decir que estás confundida?
–Creo que sí… –Michelle se mordió el labio.
–No tienes que seguir con lo que casi empezamos, no estás obligada por el hecho de que te estés quedando aquí. Tú sabes que puedes contar conmigo y con este apartamento, así no pase nada entre las dos.
–Gracias, amiga. ¿Pero te puedo pedir una cosa?
–Pídeme lo que quieras.
–Quiero dormir junto a ti, en tu cama, sin que pase nada, abrasada a ti, sintiendo que estoy al lado de una excelente amiga, una chica hermosa con la que puedo contar.
–¿Sin que pase nada?
–Absolutamente nada.
–Perfecto, no pasará nada a menos que tú quieras, solo quiero darte gusto y que te sientas segura a mi lado y con todo el apoyo que necesitas.
Abrazada a Nicole, escuchando su respiración en medio de un profundo sueño, Michelle supo que tenía una gran amiga en quien podría confiar y esperar todo el apoyo necesario. ¿Pero serían suficientes para Nicole aquellas muestras de cariño?, ¿o con el tiempo empezaría a exigir algo que ella no creía poder brindarle? ¿O sí podría?