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1081 Palabras
23 Llevando sus sandalias en su mano derecha y con la izquierda sujetando la de Steve, Nathalie caminaba por la playa de Dundarave en West Vancouver. Eran las once de la mañana y esa tarde, después de las dos, tendría que estar en el aeropuerto para tomar, junto con el resto de los ganadores de concursos de la universidad, el avión que la llevaría a Miami para luego coger el autobús que transportaría al grupo hasta Key Largo. Había pasado las dos últimas noches en la casa de su novio y solo se había ausentado para preparar su maleta de viaje, la cual reposaba en la parte trasera de la camioneta de este. –Creo que va a ser la semana más larga de mi vida –dijo Steve, su mirada puesta en un buque carguero de casco n***o y rojo que pasaba frente a ellos. –El tiempo pasa rápido, y cuando menos lo creas, ya vas a estar recogiéndome en el aeropuerto. –Sé que ahora el tiempo vuela, pero me he acostumbrado tanto a estar contigo estos últimos días, que no voy a saber cómo vivir durante tu ausencia. –Fácil, Cuando no estés ocupado con tus cosas de trabajo, puedes mirar películas, y cuando te canses de mirar películas, puedes mirar mi foto –dijo Nathalie, una enorme sonrisa en su cara. Steve se detuvo, obligándola a detenerse, la tomó entre sus brazos y la besó por más de diez segundos. Apenas la soltó la miró directo a los ojos y le dijo: –¿Cómo te has sentido conmigo? Nathalie arrugo el entrecejo, vaciló por un par de segundos y luego dijo: –Bien, muy bien. ¿Pero por qué preguntas eso? –¿Te sientes cómoda? ¿Estás a gusto? Ella pasó un mechón de pelo rebelde por detrás de su oreja antes de responder. –Sí, tú has sido lo máximo para mí desde que te conocí. ¿Acaso tú no te sientes bien? Steve soltó una breve risa y dijo: –Nunca me había sentido mejor, y te juro que no estoy mintiendo. –Entonces estamos correspondidos. Steve volvió a sonreír y luego la condujo hasta un tronco caído, como muchos que se encontraban en aquella playa, se sentaron sobre este, sus manos entrelazadas, sus ojos puestos en las aguas del mar, el sol brillando sobre ellos haciéndolos olvidar de sweaters y chaquetas. Permanecieron en silencio por poco menos de un minuto hasta que Steve volvió a hablar. –Pequeña, ¿qué pensarías si te dijera que a tu regreso de las islas del Caribe me gustaría que te vinieras a vivir conmigo? Nathalie sintió cómo los latidos de su corazón se aceleraban, la sangre la fluía más rápido y la boca se le secaba. Abrió los ojos como nunca lo había hecho, puso su mirada en las olas que venían a morir sobre la playa, pasó saliva y dijo: –Me lo tendrías que decir para que te pudiera responder. Steve soltó una risa y meneó la cabeza. –Bueno, creo que no me supe expresar, ¿pero tú crees que te gustaría hacerlo? –¿No te parece que es demasiado pronto? Apenas nos conocimos la semana pasada. –Lo sé, pero cuando sabes que en verdad estás enamorado de alguien, no tienes por qué estar esperando. Nathalie nunca se esperó aquella propuesta, ni siquiera en sus más espectaculares sueños. Sabía que lo estaba empezando a querer, que era todo lo que una mujer podría desear ver en un hombre, pero en una semana era imposible lograr conocer a alguien, familiarizarse con sus gustos, sus antipatías, sus preferencias, con lo que aborrecía. –¿Y supongo que viviríamos en tu mansión… –No me importa dónde vivamos, puede ser en mi casa, en la tuya, o podemos buscar una nueva, aquí, en otra parte del país, en donde tú quieras. –¿Tú me estás tomando del pelo? Steve dejó de sonreír y con un tono serio dijo: –Jamás bromearía con una cosa así de seria. Pequeña, a mí lo que me importa es estar contigo, tenerte a mi lado, amarte y protegerte hasta el final de mis días. –Entiendo… –Nathalie bajó la cabeza y se mordió el labio, luego la subió y dijo–: pero es que mira que sé muy poco de ti. Por ejemplo, es casi nada lo que me has contado de tu hijo. Solo sé que está en algún lugar por fuera de Canadá. No tengo ni idea de quién es su madre, por qué no está en Vancouver, tampoco sé a qué se dedica, y eso es solo un ejemplo de lo poco que conozco de ti. –Tienes razón, pequeña. No es que haya querido ocultarte información, es solo que no hemos tenido el tiempo para hablar de ciertas cosas. –Pues por eso… ¿No crees que necesitamos algo más de tiempo para conocernos mejor? –¿Eso quiere decir que por ahora no estás dispuesta a vivir conmigo? El tono de Steve era neutro, imposible para Nathalie de descifrar si el hombre se había molestado o lo había tomado con tranquilidad. –No lo sé, esto me toma por sorpresa, nunca me imaginé que me fueras a pedir algo así, o por lo menos no tan pronto. Steve se puso de pie, dio una vuelta alrededor del tronco y se volvió a sentar junto a ella. La miró a los ojos, sonrió y dijo: –¿Quieres tomarte un tiempo para pensarlo? Podrías contestarme cuando regreses de tu crucero… –Tal vez no tenga que pensarlo, estoy muy segura de que te quiero, así solo hayan pasado unos días. Nathalie se sorprendió a sí misma al escucharse diciendo estas palabras. ¿Pero eran el miedo y la inseguridad las que la habían llevado a pronunciarlas? ¿El miedo a no tenerlo cuando regresara del Caribe? ¿La inseguridad a quedar nuevamente a la deriva y obligada a renunciar a la universidad? No estaba segura, solo sabía que Steve le estaba mostrando una sonrisa tan grande como la playa. –¿Eso quiere decir que sí vendrás a vivir conmigo apenas regreses del Caribe? –Eso quiere decir que sí, pero que aun tenemos que decidir en qué sitio viviremos. –Ya te dije que no me importa en dónde estemos, el todo es que estemos juntos –dijo Steve antes de poner sus brazos alrededor de su novia.
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