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2547 Palabras
Un sentimiento agridulce llevaba Nathalie entre pecho y espalda. Recostados sus brazos en la baranda que rodeaba la proa del velero, sentada sobre el borde de esta y sus piernas colgando hacia el exterior, alcanzaba a sentir las gotas de agua de mar salpicando las plantas de sus pies, al tiempo que la embarcación avanzaba rompiendo el oleaje de una mañana de sol sin una sola nube en el horizonte. La noche anterior, después de haber abandonado la cubierta del velero, se había refugiado en su camarote, un sentimiento de culpa como única compañía. Sabía muy bien que detestaría enterarse de una traición por parte de Steve, una razón más para que no le pareciera correcto que ella se envolviera con alguien, y mucho menos con un hombre tan atractivo como el primer oficial, quien podría representar un verdadero riesgo a la estabilidad de su relación. Hubiese sido diferente si los besos de la noche anterior se los hubiese dado a alguien con quien sabía que estos no representarían más que eso, solo besos, pero bien sabía que la personalidad de Sebastián daba para convertirlo en alguien con quien sería deseable establecer una relación. Sin embargo, en un intento por limpiar su conciencia y enderezar el camino, se había comunicado con Steve, lo cual no había sido nada fácil, dado que la señal de su celular subía y bajaba como si de una montaña rusa se tratara. La conversación con su novio no había sido prolongada, pero en los pocos minutos de diálogo había logrado expresarle que lo extrañaba, que lo amaba, que quería que el tiempo pasara rápido para volverlo a ver y que sería maravilloso y espectacular si él estuviera en ese velero a su lado. Steve también había tenido palabras dulces y especiales, le había prometido planear un viaje para los dos y le había recomendado divertirse sanamente lo más que pudiera. Al terminar la llamada se había sentido más tranquila y se había dormido pensado en que jamás volvería a traicionar a su querido novio. Sin embargo, al día siguiente, viendo al primer oficial, vistiendo ahora tan solo una pantaloneta, lo que dejaba apreciar su musculatura y su bronceado tono de piel de una manera más clara, esto gracias a la luz solar, la hacían pensar en que se estaba perdiendo de gozar y compartir junto al hombre más llamativo que había visto en su vida. Pero no podía caer en tentaciones, ya lo había hecho la noche anterior, y también había hecho lo que creyó correspondiente para subsanar su error. Ahora era tiempo de pensar en otras cosas, de apreciar las diferentes tonalidades del Mar Caribe, la claridad del cielo, el agradable clima, la compañía del resto de ganadores de concursos, las visitas a las islas y las noches que vendrían de música, baile y bebidas. Sin haberla sentido acercarse, se vio sorprendida por la repentina llegada de Lorna, quien, vistiendo un short azul oscuro y una camiseta sin mangas de color verde encendido, se sentó a su lado. Nathalie la volteó a mirar y le sonrió. −¿Disfrutando del paisaje? −Sí, más temprano me sentí como la chica de la película del Titanic, cuando abrazada de Di Caprio van avanzando por el Atlántico Norte. −Bueno, tal vez ellos viajaban unos metros más arriba, pero es buena la comparación, aunque solo te faltaría tu Di Caprio −dijo Lorna, su mirada puesta en el horizonte. −Mi Di Caprio está demasiado lejos de aquí. −No tanto, en este momento está en el puente, al comando de la nave −Lorna giró la cabeza hacia su derecha, señalando el lugar donde el puente se encontraba. −Si te refieres al primer oficial, ese no es mi Di Caprio. −Pero anoche no parecía eso… −dijo Lorna, sus labios mostrando una sutil sonrisa. −Eso no fue más que un desliz que no se repetirá. Lorna arrugó el entrecejo y luego la miró. −No entiendo, Sebastián es lo más lindo que hay en este mundo, y me parece que quedó derretido contigo… −Es todo lo que tú dices, pero yo tengo novio, y no quiero traicionarlo. −Bueno… pareces una chica seria y eso está muy bien. −Gracias, siempre he tratado de ser seria. −Pero cuéntame de tu novio, ¿llevas mucho tiempo con él? Nathalie no estaba muy segura de confiarle información a quien había juzgado desde el principio como una bruja; pero charlando con ella, viendo que era una muchacha casi de su edad, simpática y de maneras suaves, pensó que algo podría contarle. −Solo unos días, todo es muy reciente, pero ha sido demasiado especial. −¿Es compañero tuyo de la universidad? −No, es alguien que conocí por internet. −Es extraño, aunque no te estoy reprochando, el que hayas encontrado a alguien especial por internet en lugar de haberlo encontrado entre los miles de estudiantes que debe tener una universidad tan grande como la tuya. Lorna tenía mucha razón, pero sus compañeros, por más atractivos y especiales que fueran, no le iban a proporcionar ni la seguridad ni el dinero que ella necesitaba. Recordó siempre haber tenido a muchos muchachos detrás suyo, algunos con suficientes cualidades y otros carentes de estas, pero la estrecha relación que había llevado con sus padres y el tiempo que le exigían sus entrenamientos ciclísticos y sus estudios no le habían dejado tiempo para novios. −Entiendo lo que dices, pero supongo que mis compañeros no reunían todas las cualidades necesarias. Steve es una persona mayor, madura, lo que lo hace mucho más interesante que los chicos de mi edad. −Pues en eso tú y yo nos parecemos −Lorna miró hacia atrás, como asegurándose de que no hubiese nadie a su alrededor que la pudiera escuchar−, porque te cuento que… bueno, esto es algo que ya debes saber, que yo estoy saliendo con tu tío. Nathalie mostró la más sutil de las sonrisas. −Sí, ya lo sabía, mi mamá me lo dijo. −Creo que no te lo había dicho, pero siento mucho lo de tus padres. −Gracias, pero supongo que, como todo el mundo dice, ya están en un lugar mejor, sin tanto sufrimiento. −Es muy posible, me imagino que al igual que tú, fueron unas personas muy buenas. −Sí, lo fueron, nunca hicieron mucho dinero, vivíamos modestamente, pero eran muy buenas personas. −Entonces es posible que en su nueva vida produzcan el dinero que no produjeron en la pasada. Nathalie enarcó las cejas. −No creo que en un supuesto cielo la gente tenga que producir dinero. −Respeto tus creencias, pero soy de las que creen en la reencarnación, y esta nos dice que en cualquier momento estarán de regreso con sus nuevas vidas, y si fueron buenos en las pasadas, en las nuevas estarán mejor en todos los sentidos, estarán en un nivel superior, para decirlo con palabras sencillas. −No sé, creo que a la hora de la verdad no sabemos nada de lo que nos pasa después de que morimos, todo el mundo tiene su propia hipótesis, yo solo quiero que ellos estén bien, estén donde estén. −Y lo van a estar, tenlo por seguro. Pero ahora debes preocuparte por ti misma, en tratar de salir adelante por tus propios medios. −No me queda de otra, aunque Steve me está ayudando. −¿Steve? −Sí, mi novio, gracias a él voy a poder seguir estudiando. −Eso suena maravilloso. ¿Sabes que yo también le debo mucho a tu tío? Bueno, no estoy diciendo que tú le debas mucho a… Steve, pero yo a tu tío le tengo que agradecer que me diera trabajo en este velero, de lo contario seguiría caminando las calles de Cartagena en busca de gente que quisiera pagarme algo por leerle las cartas del tarot. Nathalie giró su cabeza hacia la derecha y la miró a los ojos. Nunca pensó que estaba tratando con una hermosa muchacha, venida de un país del tercer mundo, que se había visto obligada a deambular las calles en busca de sustento. −¿Y duraste mucho tiempo haciendo eso? Lorna tenía la mirada perdida. −Tres años, desde los dieciséis. −¿Y… y tu familia? −Es una triste historia. Yo no soy de Cartagena, creo que solo terminé allá porque es un sitio en el que se puede trabajar en lo mío. Yo soy de un pequeño pueblo en Colombia que se llama Tocaima, que está a un poco más de dos horas de Bogotá, la capital del país, eso si te vas en bus. −Entiendo −dijo Nathalie, quien no podía despegar la mirada de los grandes ojos oscuros de Lorna. −Vivía con mi papá en las afueras del pueblo, mi mamá ya había muerto de cáncer, cuando yo tenía doce años. −¿Y tenías hermanos o hermanas? −No , nadie… −Ya veo, igual que yo, hija única. Lorna la miró, sonrió y continuó. −Él tenía una finca de buen tamaño en donde sembraba arroz y tenía algunas vacas y unos galpones de pollos. Se dedicaba a trabajar en eso. Yo iba al colegio del pueblo y llevaba una vida normal. Lo único diferente era que todas las tardes, al salir de clases, me iba para donde una viejita que vivía en una de las casas que quedaban en la plaza del pueblo. Allá esa señora me enseñó a leer las cartas del tarot. Ella lo había hecho toda su vida y quería que antes de morirse alguien del pueblo siguiera con esa función. A mi me gustaba hacerlo, se me hacía algo diferente, especial, que de cierta forma podía darme poder. Poco a poco fui aprendiendo y después de un año ya les leía las cartas a mis compañeros. Fue cuando me pusieron el apodo de La Bruja en el colegio. A las monjas que dirigían el colegio no les gustó la idea y me prohibieron seguir leyéndolas, pero igual yo lo seguí haciendo a escondidas. No cobraba por hacerlo porque sentía que apenas estaba aprendiendo y sería como estafar a la gente. En ese entonces yo tenía como quince años. Un día, llegué a la casa y me dio por leérselas a mi papá. Él estaba preocupado y aunque yo no sabía la razón, le dije que si se las leía podría descubrir la manera para que saliera de sus preocupaciones. Me acuerdo que él se rio pero terminó accediendo a que se las leyera. Nos sentamos en la mesa del comedor y se las leí y ahí mismo me di cuenta de que él estaba en problemas muy grandes y que sería muy difícil que saliera de ellos. Entonces me contó que su problema era que las guerrillas y los paramilitares… −¿Paramilitares? ¿Eso qué es? −Preguntó Nathalie, su frente arrugada. −Son ejércitos privados que están en contra de las guerrillas izquierdistas, pero no son buenos. Muchos dicen que hacen el trabajo sucio de los militares, además de otras cosas torcidas para enriquecerse. −Ya entiendo. −El caso es que las guerrillas y los paramilitares de la zona estaban extorsionando a mi papá. Cada mes le cobraban una suma de dinero para dejarlo trabajar, para que pudiera sacar la cosecha y venderla, para que pudiera vender la leche que daban las vacas, para que pudiera negociar con ganado, vender los huevos de las gallinas que tenía en los galpones. −¡Eso suena terrible! −Lo es. El problema era que mi papá ya no tenía plata para pagarles, pues llevaba pagándoles ya varios meses. Pero cuando tú no le pagas a esa gente, ellos te matan o matan a alguien de tu familia. −¡No lo puedo creer! ¡Son salvajes! −Lo son. Yo le dije a mi papá que nos fuéramos de ahí, que vendiera eso, pero él no quería, decía que no sabía hacer nada más, que si vendía ahí y compraba en otro lado le pasaría lo mismo porque en todo el país era la misma cosa. A mí se me ocurrió ponerme a leer las cartas y empezar a cobrar para reunir lo del pago que teníamos que hacer cada mes. Ya llevaba como tres días en esas y había podido reunir algunos pesos. Una noche llegué a la casa y no encontré a mi papá y se me hizo raro porque ya eran como las siete y media y a esa hora él siempre estaba. Pero para no alargar más mi historia, te cuento que más tarde me enteré que mi papá había sido asesinado por uno de esos grupos… −¡Por Dios! Nathalie se llevó la mano a la boca. −Nunca se supo cuál de los dos bandos había sido. Yo me desesperé, pero con el paso de los días y con la ayuda de una tía y de una gente en el pueblo pude vender esa finca por la mitad de lo que en realidad valía, pero yo solo quería salir de ahí, olvidarme de todo eso y hacer una nueva vida. Me fui para Bogotá, metí el dinero de la venta en una cuenta bancaria y me puse a recorrer el país, leyendo las cartas donde me quisieran pagar, pues no sabía hacer nada más. −¿Y ya te habías graduado del colegio? −No, apenas acababa de cumplir los dieciséis años y me faltaba un año de estudios, por eso no podía aspirar a entrar a una universidad. Además, no habría sabido qué estudiar. −Te entiendo. −Llegué a Cartagena dos años antes de que conociera a tu papá. Allá el trabajo era bueno, muchos turistas venidos de todas partes del mundo pagaban en dólares, en euros, yo me divertía y al mismo tiempo perfeccionaba mis lecturas. Tomé cursos, compré libros, estudiaba mucho, hasta me metí a unas clases de inglés para poder atender mejor a los extranjeros, creo que no me podía quejar. Hasta que un día, trabajando en la barra del bar de un amigo, un tipo que me dejaba leerle las cartas a sus clientes solo porque yo le gustaba, pero él era casado y yo no le hacía caso, ahí fue que entró tu tío, me miró, supe que le había gustado, le leí las cartas, me pagó veinte dólares, seguimos conversando y terminó ofreciéndome trabajar en este velero. Pero yo desde el principio supe que él quería algo conmigo y la verdad es que él era muy agradable, muy querido conmigo, aparte de guapo. Por eso acepté, sabiendo que terminaría envuelto con él, pero no me importaba, quería a alguien mayor, que me hiciera sentir no solo querida y deseada sino también segura de que estaba con alguien que me daría algo de estabilidad. −Es increíble, es lo mismo que yo siento con Steve. −No es fácil para nosotras, las mujeres jóvenes cuando quedamos solas en este mundo. −Pero… ¿por qué me cuentas todo esto a mí? −preguntó Nathalie. −Me inspiras confianza, además de que eres la única familia que tiene el hombre al que amo. −Gracias… ¿Pero no tuviste otros novios en tus recorridos? −Hubo alguien importante, demasiado importante, pero esa historia te la contaré en otro momento, ahora debo regresar a mis labores. Lorna sonrió, recogió las piernas que habían estado colgando al lado de las de Nathalie, se puso de pie y se metió por una de las portezuelas que llevaban al interior del velero.
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