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1329 Palabras
Michelle se quedó inmóvil, parada sobre la cubierta del velero. Jamás hubiera esperado aquel tipo de reacción por parte de Nathalie. Había llegado a reprocharle su actuar, muy segura de sus palabras y de sus conceptos, pero jamás pensó que su compañera se rendiría tan fácilmente. Tampoco había deseado meterse en una gran polémica o en una lucha sin cuartel por la obtención, así fuera durante solo una semana, de las atenciones y el posible amor del primer oficial. Estaba harta de peleas, ya había tenido suficiente con las que había tenido que enfrentar con su padre y su exnovio. Había venido a descansar de todo aquello, a tratar de olvidarse de quienes la hacían sentir mal, a pensar en su futuro, en las propuestas de Nicole, en lo que haría a su regreso a Vancouver, pero no a cazar nuevas peleas. Ahora parecía tener el panorama despejado, por lo menos en lo que se refería a Nathalie, aunque estaba segura de que no sería tarea fácil conquistar a Sebastián. En contados minutos, a través de ella, el primer oficial se enteraría del rechazo de quien acababa de besar, pero esto no indicaba y mucho menos aseguraba que se fuera a rendir, y mucho menos de la manera tan fácil como lo acababa de hacer Nathalie. −Hola, Michelle −dijo Sebastián al aparecer a sus espaldas llevando un par de latas de cerveza en sus manos. Michelle se giró y trató de mostrar su mejor sonrisa al tiempo que era consciente de cómo la mirada del muchacho se paseaba por todo su cuerpo. Estaba acostumbrada a recibir esa clase de miradas, pero que vinieran de alguien como Sebastián las convertía en algo muy especial. −Hola, Sebastián, ¿me trajiste una cerveza? −¿Quieres una? Toma −dijo el primer oficial estirando el brazo y entregándole una de las latas. −Gracias, apenas lo justo después de haber bailado como tres canciones seguidas. La muchacha destapó la cerveza y le dio un par de sorbos. −Sí te vi moviéndote al ritmo de Bob Marley, creo que bailas muy bien. −Gracias, solo trataba de relajarme. −¿No sabes qué pasó con Nathalie? Hasta hace unos minutos estaba aquí conmigo −preguntó el muchacho, llevando su mirada desde el rostro de ella a su grupo de compañeros, sentados a un poco más de quince metros. −Mira, ella me dejó un mensaje para ti. −¿Un mensaje? −Sebastián arrugó la frente. Michelle detestó ser la portadora del mensaje que estaba ad-portas de entregar. No sería fácil que el primer oficial lo creyera y mucho menos viniendo de ella. Pero tampoco quería evitar dárselo, pues sabía que sería la manera más rápida y expedita de iniciar su intento de conquista. −Sí, dijo que lo que pasó entre ustedes había sido un error, que por favor no la busques y que lo mejor es que te fijes en cualquier otra chica. Sebastián arrugó el entrecejo, luego achinó los ojos, movió de manera lenta su cabeza de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. −¿Tú me estás hablando en serio? −Te lo juro. Odio tener que ser la portadora de esta clase de mensajes, pero fue exactamente lo que ella me dijo que te dijera −dijo Michelle mientras estiraba los brazos hacia sus costados. −¿Entonces se supone que no la debo buscar? −Eso dijo… Sebastián se rascó la cabeza, arrugó los labios y destapó su cerveza. −Mira, lo siento mucho, sé que ustedes dos parecían empezar a entenderse… Sebastián tomo un sorbo de su cerveza y preguntó: −¿Tú la conoces hace mucho? −La verdad es que no. Solo unos días antes de viajar, cuando ella estaba con su novio, un hombre un poco mayor y aparentemente poderoso. −¿Mayor y poderoso? −Tiene como cuarenta años, de mucho dinero e influencias. Nathalie y yo tuvimos problemas para aclarar lo de nuestros premios… Los conocí a los dos en la oficina del decano de la universidad, y él logro que tanto a ella como a mi nos entregaran lo que nos merecíamos. Gracias a él es que estamos aquí. Michelle pasó los siguientes diez minutos explicando, con mayores detalles, la manera como había ocurrido su encuentro con Nathalie y Steve en la oficina del Decano Schmidt y de su salida a comer hamburguesas junto a ellos después de que los problemas fueran resueltos. −¿Y Nathalie lleva mucho tiempo saliendo con él? −Creo que no, no mucho. −Entiendo −dijo Sebastián y luego arrugó los labios. −Me imagino que ella te gustó mucho… −No la hubiera besado si no fuese así. Pero supongo que, si es verdad lo que tú dices, ella se arrepintió, pudo más la fidelidad por su novio y ante eso no hay nada que hacer. Sebastián tomó otro sorbo de su bebida. Michelle se quedó mirándolo sin saber qué hacer. Podría aprovechar el momento, invitarlo a que se sentaran en aquel sitio, alejados del grupo, utilizar sus cualidades y esforzarse por tenerlo entre sus brazos al final de la noche, pero ahora no estaba segura. Sabía que le gustaba, y mucho, pero no quería ser el segundo plato de alguien, nunca lo había sido. Había venido a reclamarle a Nathalie, más por expresar su pensamiento que por creer en que las cosas cambiarían de manera tan sencilla. Pero también había sido la primera en sorprenderse por la retirada de la chica del cabello naranja, y ahora, teniendo el camino despejado, sentía que, a menos que Sebastián tomara la iniciativa, todo quedaría de ese tamaño. −Aunque dijo que no la buscaras, trata de hablar con ella, aclara las cosas. De pronto tú le gustas más que su novio, pero está confundida e indecisa. No sabía por qué le había dicho eso, no hacía parte de una estrategia de conquista, menos de un plan maquiavélico para eliminar a sus enemigos. Pensó que solo quería ser sincera, actuar como la persona buena que bien sabía que era. −No, si salió corriendo de esa manera, creo que lo mejor será dejarla que aclare su mente, sus pensamientos, y si en realidad quiere algo conmigo, pues que me busque y me lo diga. −Bueno, es tu decisión, yo voy a regresar con el grupo −dijo Michelle, y sin esperar a que Sebastián dijera algo más, se dirigió a reunirse con sus compañeros. Sabía que, de cierta manera, había triunfado; pero era un triunfo agridulce. No porque le importaran los amoríos de Nathalie, aunque conociendo su situación, pensaba que estaría mejor con Steve que con cualquier otro, sino porque ella nunca había sido de aquellas muchachas que acostumbraban a llevar y traer chismes, a manejar intrigas y a armar complejos planes para lograr la atracción de alguien. Su belleza, su sencilla y dulce forma de ser, a pesar de su dinero, junto con su carácter tierno y comprensivo, siempre le habían sido suficientes. Se volvió a sentar al lado de sus compañeros, quienes ahora escuchaban la música de UB40. Stephan, ganador del concurso a mejor músico de la universidad no tardó en sacarla a bailar. Ella aceptó, pues era la hora de divertirse, de gozar de su paseo y de dejar de pensar en el primer oficial y sus gustos. Sin embargo, no pasaron más de unos pocos segundos para ver al primer oficial aproximarse al grupo y sentarse a conversar con aquellos que no bailaban. Ella trató de no prestarle atención, de concentrarse en la música, en sus movimientos, en la forma como se movía Stephan, en las estrellas que inundaban el firmamento, pero antes de que se volviera a sentar, lo miró con disimulo y se sorprendió al darse cuenta de que él también la observaba. Solo se le ocurrió sonreírle y él le devolvió la sonrisa, pero de ahí no pasó, dado que decidió sentarse entre Antonella y Paul y hacerles la charla. Ya estaba segura de que, si el marinero quería algo con ella, tendría que esforzarse y buscarla.
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