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1360 Palabras
27 Con sus pulmones a punto de explotar, su corazón latiendo a la velocidad de un auto de carreras, Michelle llegó a la sala de espera de su vuelo a Miami para encontrarla vacía, con la excepción de un par de empleadas de la aerolínea, quienes se encontraban detrás del mostrador. Con sus zapatos de tacón alto en una mano, su morral en la espalda y el pasa bordo en la otra mano se acercó al mostrador y con la voz entrecortada se dirigió a las encargadas. –Tengo tiquete para el vuelo a Miami. Una de las muchachas, de cabello largo y rubio, le recibió el pasa bordo y lo miró. –Michelle Fairchild, te estuvimos llamando repetidamente por el altavoz, pero nunca respondiste y el vuelo ya se cerró. −Pero el avión todavía está ahí –Michelle señaló la aeronave de color blanco y de cola azul con la hoja de arce roja visible a través del ventanal. –Correcto –dijo la otra encargada de cabello corto y marrón–, pero ya las puertas se cerraron y es imposible que las abran de nuevo, en contados segundos el avión se empezará a mover. A Michelle se le humedecieron los ojos y solo se le ocurrió decir: –Por favor, no me dejen por fuera, tengo que estar esta misma noche en Miami. La rubia, sin pronunciar palabra, oprimió algunas teclas en el teclado de su computador y luego dijo: –El próximo a Miami sale mañana temprano, a las siete y cinco, pero por cambiar de vuelo debes pagar una penalidad de doscientos dólares. Michelle supo que esa no era la solución. Podría pagar los doscientos dólares, pero el itinerario del grupo de ganadores de concursos y competencias de la universidad indicaba que mañana, después del desayuno, estarían abordando el velero en Key Largo, un poblado ubicado a ochenta millas al sur de Miami. –Necesito volar esta misma noche, mañana sería demasiado tarde. Pero lo que más le removía los intestinos era ver que el avión aun se encontraba estacionado al otro lado de los cristales de las enormes ventanas de la terminal. –Te tocaría buscar en otra aerolínea –dijo la de cabellos cortos. Fue cuando Michelle sintió que alguien a sus espaldas le tocaba el hombro. Se giró sin pensarlo dos veces para encontrarse de frente con el rostro del mismo hombre que había hecho posible que reclamara su premio, aquel que había intercedido ante el decano Schmidt. –¡Steve! ¡Qué sorpresa! ¿Qué haces aquí? –Vine a dejar a Nathalie y ya me iba, pero veo que tienes problemas con tu vuelo… –el hombre mostró una débil sonrisa. –Sí, llegué tarde por culpa de mi papá, y también de una amiga, y ahora no me dejan subir a ese avión –Michelle señaló, con un movimiento de cabeza, la aeronave que la hubiese llevado a Miami. Steve, volvió a sonreír, justo en el momento en que el avión, siendo empujado por un vehículo, inició un lento desplazamiento en reversa. –Señoritas, ¿imposible hacer subir a esta muchacha? Miren que ella ha luchado mucho para poder estar en ese avión, y sería una crueldad dejarla aquí parada. –Señor, el avión ya se está moviendo, a ella la estuvimos llamando varias veces y no se presentó. Ya no podemos hacer nada –dijo la del cabello rubio. –Siempre se puede hacer algo, solo es ponerle voluntad al asunto. Steve sacó su teléfono móvil y marcó un número. Luego lo llevó a su oreja, le sonrió a Michelle y le guiñó un ojo. –Phill, ¿cómo vas? –dijo Steve segundos después–. Tengo un problema aquí en YVR, una muy querida amiga no alcanzó a montarse al avión, y aquí está mirando cómo el aparato apenas se empezó a mover y… –pasaron unos segundos hasta que volvió a hablar –Sí, es de tu aerolínea, el vuelo… –el hombre miró el tablero situado a la espalda de las encargadas– AC 2356 con destino Miami… Su nombre es Michelle, Michelle Fairchild. Michelle no sabía qué estaba pasando, aunque sospechó que el sugar daddy de aquella chica ciclista estaría tratando de ayudarla. –Todo arreglado –dijo Steve después de colgar. –¿Cómo así? –preguntó Michelle–, estas mujeres dicen que el próximo vuelo sale mañana temprano y yo debo estar en Miami esta misma noche. El hombre no abrió la boca, se limitó a sonreír, sus ojos concentrados en lo que sucedía más allá del ventanal. Michelle, sin saber qué pensar, y sabiendo que la resignación era el único camino que le esperaba, escuchó el sonido de la radio, aquella que las empleadas de la aerolínea utilizaban para comunicarse con sus compañeros. –Puerta veintinueve, Cathy… –Sí, dime –dijo la muchacha de cabello rubio. –AC 2356 regresa a puerta, deben embarcar a la pasajera que está en sala. El capitán Monroe ya está enterado. Michelle dirigió su mirada hacia el ventanal para descubrir que el enorme avión estaba regresando a su lugar de partida. Sintió cómo le volvía el alma al cuerpo y creyó que su ser no cabía dentro de su piel de tanta felicidad que estaba sintiendo. Solo se le ocurrió dedicarle una enorme sonrisa a Steve y en seguida le preguntó: –¿Tú lograste eso? –Señorita, alístate para abordar, y no vuelvas del Caribe hasta que seas una chica completamente feliz. –¡Ahora estoy feliz! ¡Y mil gracias! En serio, mil gracias. Michelle soltó los zapatos y abrazó al hombre que por segunda vez la había salvado de no viajar a las islas del Caribe. –No es para tanto, solo tuve que hacer una llamada –dijo Steve, los brazos de Michelle todavía alrededor de su cuello. –Para mí significa mucho –dijo la muchacha antes de darle un pico en la mejilla. –Bueno, Michelle, ahora recoge tus zapatos y súbete a ese avión, no quiero tener que volver a llamar a mi amigo Phill. Michelle le dio un nuevo pico, creyendo que podría quedarse junto a aquel hombre por un largo rato y que podría darle mucho más que un pico en la mejilla. En cuestión de segundos sintió que algo había cambiado en su interior, que aquella idea de nunca llegar a salir con personas mayores de los veintidós años era una ridiculez, una idea de niñas chiquitas. Este hombre era de lo más guapo que había sobre el planeta, además de ser muy rico, tener influencias por todos lados y ser de lo más tierno, amable y gentil; todo lo que una mujer podría desear. –Te juro que te voy a traer un lindo souvenir de por allá –dijo Michelle antes de soltarlo. Luego recogió sus zapatos, se giró, y escuchó las palabras de la encargada de cabellos cortos y oscuros: –Ya el avión está en puerta, Michelle, por favor pasa a abordar, y en nombre de la aerolínea te pido disculpas por los inconvenientes que te hayamos podido causar. –No se preocupe, usted y su compañera solo estaban haciendo su trabajo. Michelle les sonrió a las dos empleadas, se encaminó hacia el túnel, sus zapatos aun en sus manos, se giró antes de entrar en este y le ofreció una enorme sonrisa a Steve, quien no dudó en retribuírsela. Caminó de forma apresurada hasta llegar a la puerta del avión, la cual ya se encontraba a abierta y fue recibida por una de las azafatas, quien no dudó en darle la bienvenida e indicarle por cual de los dos pasillos podría encontrar su puesto. No tuvo que caminar más de diez metros para hallar su silla. Esta se encontraba justo un puesto por delante de la que ocupaba la chica de cabellos naranja, ganadora de la competencia de ciclo-montañismo. La miró a los ojos y le sonrió después de que esta la saludara con la mano. Fue cuando pensó que no sería capaz de quitarle el novio a una chica como aquella, ¿o sí lo sería?
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