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2188 Palabras
28 Faltaban diez minutos para la medianoche en el momento en el que el avión se posó sobre la pista del Aeropuerto Internacional de Miami. Para Nathalie, el vuelo había transcurrido sin sobresaltos, algo que agradeció, pues, aunque no le tenía miedo a volar, el recuerdo de la manera como sus padres habían fallecido no la había dejado ser la dueña de un sentimiento de total confianza. Para ella, faltaban diez minutos para las nueve de la noche, pero la voz que sonó por los altoparlantes de la cabina les recordó a todos los pasajeros la diferencia horaria: estando en la costa este norteamericana el reloj se adelantaba tres horas. Había dormido la mayor parte del vuelo con excepción de la primera media hora, la cual la había pasado conversando de asuntos sin mayor importancia con Antonella, y del momento en que les habían servido la cena. De ahí en adelante se había desconectado de este mundo hasta el momento en el que una azafata la despertó para decirle que era hora de poner su respaldar en posición vertical, dado que se encontraban próximos a aterrizar. –Creo que vamos a tener una noche bastante corta –le dijo Antonella cuando el avión aun rodaba por la pista en busca de su lugar de parqueo. –Por mí no hay problema, llevo durmiendo casi todo el día. –En cambio yo no pude pegar el ojo, me la pasé leyendo todo el tiempo. –¿A qué hora nos tenemos que levantar mañana? –preguntó Nathalie. –Se supone que a las siete debemos estar desayunando en la cafetería del hotel y a las ocho sale el bus que nos llevará hasta Key Largo. –Eso significa que… de aquí a que lleguemos al hotel y todo eso… solo vamos a dormir como cuatro horas. –Exacto, no sé por qué nos pusieron en un vuelo que llegaba tan tarde. Hora y media más tarde, siendo la una y media de la madrugada, de pie en la recepción del hotel, y sin saber por qué, se enteró que el destino o la suerte la habían llevado a compartir habitación con la muchacha ganadora del concurso de belleza, la misma que debía tratar de mantener alejada de Steve, y la misma que había obligado a que el avión regresara a puerta en el aeropuerto de Vancouver. –Nathalie, creo que el destino nos quiere decir algo –dijo Michelle mientras se acercaba a su compañera. La sonrisa de aquella muchacha de los ojos azules no hubiese podido ser más amplia. A Nathalie le pareció que irradiaba felicidad por cada uno de sus poros. –Eso parece… –Estamos en la habitación quinientos veintiocho. ¿Qué tal si subimos? –No tan rápido, nos toca esperar por unas instrucciones que nos va a dar la chica que nos recibió en el aeropuerto. –¿Te refieres a la del acento extraño? –Sí, la que tiene pinta de bruja. Michelle rio antes de decir: –No puedes calificar a alguien de bruja solo porque viste de n***o. –No es solo su ropa, es su cabello largo y oscuro, el maquillaje, la estrella con ese círculo que llevaba colgando del cuello, todo eso es de bruja. –Reconozco que su estilo es algo… gótico, pero no tanto como para que la taches de hechicera. –No lo sé, no me da mucha confianza. Fue el momento en el que la mujer a la cual se referían se paró en medio de la recepción, a esa hora vacía con la excepción de los diez ganadores de concursos, y llamó la atención de todos. –Bueno, chicos y chicas, mañana todos deben estar listos y desayunados a las ocho de la mañana y con su respectivo equipaje aquí en este mismo lugar. A esa hora saldremos para Key Largo, sitio al que debemos llegar un poco antes de las diez. Luego nos embarcaremos en el Taganga con rumbo a las islas del Mar Caribe. ¿Alguna pregunta? –¿No se supone que nos embarcaríamos en el Glory of the Seas? –preguntó un fornido muchacho de cabello rubio. –Esa embarcación tuvo un desperfecto esta mañana y tardarán varios días en repararla. –Esta mujer no me da confianza –le susurró al oído Nathalie a Michelle. –No seas prejuiciada, yo sé que su pinta no es normal y que tiene ese acento raro, pero ya sabes que Miami está lleno de inmigrantes… –Sí, de inmigrantes de Cuba, y por allá se practica mucho la brujería. Me hace acordar de la novia de mi tío. Michelle soltó una corta y sutil risita. –¿Qué, acaso la novia de tu tío es bruja? –Eso decían mis papás, y mi tío vive aquí en Miami –dijo Nathalie sin prestar atención a las preguntas sin importancia que le estaban haciendo algunos de sus compañeros a la supuesta bruja. –¿Y crees que podría ser la misma? –preguntó Michelle, su mirada puesta en la mujer de n***o, una de sus cejas arqueadas. –No creo nada, y no importa si es la misma o no, solo que preferiría subirme a un velero con alguien que luciera diferente. –Pero mira que Paul no para de hacerle preguntas, y parece fascinado con ella –dijo Michelle mientras señalaba al fornido muchacho de cabello rubio. –Todos los jugadores de fútbol americano son unos imbéciles que se dejan descrestar por cualquier mujer de pechos grandes. –No digas eso del jugador más destacado del equipo de la universidad, él está saliendo con una chica muy linda pero escasa de pechos. –Pues por eso mismo, ahora quiere una de pechos grandes. El diálogo fue cortado cuando la mujer, que previamente se había presentado como Lorna, les deseó buenas noches a todos y se dirigió hacia donde estaban Nathalie y Michelle. –No lo puedo creer, viene hacia acá –susurró Nathalie. –Tómalo con calma, no te ha hecho nada malo –dijo Michelle. La mujer, de alrededor de veintiocho años, se acercó mostrando una enorme sonrisa en sus labios pintados de un tono que se confundía entre el rojo y el n***o. Apenas estuvo a un par de metros de las dos muchachas dijo: –Tú debes ser Michelle, la que me describieron como la dueña de la mejor sonrisa y de los grandes ojos azules. –Así es, Lorna, y te presento a mi compañera, ella es Nathalie. Lorna concentró su mirada en la muchacha de los ojos verdes. –Tu cabello es más que espectacular. No eres la típica pelirroja descolorida y sin gracia, tienes un tono naranja que se nota que es natural, y tu color de piel… mira eso –la mujer bajó la mirada y la puso en las piernas de Nathalie, quien vestía una falda corta de jean y un top strapless de tonos crema−, es como si no vinieras de la fría Canadá. –Vancouver no es una ciudad tan fría –dijo Nathalie, sus palabras carentes de cualquier señal de afecto. –Lo sé, lo sé, hay peores, como Quebec o Montreal. Pero no hablemos de lugares llenos de nieve, ahora estamos en la calurosa Miami y mañana estaremos navegando sobre aguas tropicales rumbo a las más bellas islas de todo el hemisferio. –Qué pena que le pregunte –dijo Michelle–, pero usted tiene un acento de otra parte… –Sí, imposible de negarlo, yo vengo de Colombia… –¡De Colombia! –dijo Nathalie. –¿Te parece muy extraño? ¿No hay colombianos en Vancouver? –preguntó Lorna. –No lo sé, supongo que los hay, solo que nunca había conocido a nadie de allá y por eso me llamó la atención. Nathalie se debió frenar para evitar confesarle que su tío tenía una novia colombiana. En realidad, no quería hacer amistad con una mujer con la que no había percibido una buena energía. –Bueno, acabas de conocer a una, pero se hace tarde, es mejor que se vayan ya a dormir, mañana nos espera un día emocionante. La mujer se despidió con la misma sonrisa con que había aparecido y se alejó hacia los ascensores. –Es todo un personaje –dijo Michelle, sus ojos enfocados en la esbelta figura de Lorna. –Subamos a la habitación, cuando estemos allá te cuento algo… –¿No lo puedes hacer ahora? Me estás llenando de intriga. –No quiero que nadie nos escuche. Las dos muchachas se despidieron del resto de sus compañeros y tomaron el ascensor. Una vez en la habitación, al tiempo que se desvestía, Michelle preguntó: –¿Y qué era lo que me tenías que decir? Nathalie, admirando para sus adentros la elegancia de la habitación y pensando en que nunca había estado en un sitio como aquel se demoró en responder. –Natty, te estoy preguntando algo. –¿Natty? –dijo Nathalie, el ceño fruncido. –Perdona, ¿pero te puedo llamar así? –Llámame como quieras –dijo Nathalie, sus manos empezándose a ocupar en buscar su piyama entre todo lo que llevaba en su morral. –¿Pero que era lo que me ibas a contar? –dijo Michelle, el short de su piyama ya puesto, sus pechos al aire y sus manos en la cintura. Nathalie encontró su piyama, la sacó y volteó a mirar a su compañera. Lo único que se le ocurrió pensar fue que nunca había visto un cuerpo tan bien formado como el de Michelle. Su figura era esbelta y elegante, con unas medidas que parecían perfectas, pero sin llegar a ser el tipo de mujer voluptuosa que a tantos hombres gustaba. –Pues que mi tío vive aquí en Miami y tiene una novia colombiana… –Vaya coincidencia –dijo Michelle mientras se ponía la parte superior de su piyama. –Pero eso no es todo. Resulta que, alguna vez, hace como un año, mi mamá me contó que esa novia practicaba la brujería. Michelle abrió los ojos a más no poder. –¿Y por casualidad, la novia de tu tío se llama Lorna? –No tengo ni idea, hasta allá no llegó el chisme. Fue el turno de Nathalie de ponerse su piyama. –Pues sería demasiada coincidencia, más grande que la que tuve hoy en YVR. –¿De qué hablas? –¿Por qué crees que el avión tuvo que regresar a puerta? –Michelle dibujó con su boca una sutil sonrisa. –Supongo que para que tú te subieras, eso fue lo que dijo una de las azafatas cuando Antonella le preguntó. –Pero es que lograr que un avión se devuelva no es tan fácil, pero todo se logró… adivina gracias a quién… –A un tipo con mucho poder en la aerolínea que quedó hipnotizado contigo y que dio la orden de regresar el avión… –Nathalie arqueó las cejas. –Sí fue alguien que parece tener mucho poder, pero no fue alguien de la aerolínea, fue nada más ni nada menos que… tu novio. A Nathalie se le aceleró el corazón y sintió debilidad en las piernas. –¿Te refieres a Steve? –Claro, ¿acaso no es ese tu novio?, ¿o es que tienes algún otro? –No seas ridícula, solo lo tengo a él, no soy ninguna saltona. –Perdona, no quise decir eso –Michelle bajó la mirada, pero un segundo después la subió y con una enorme sonrisa dijo –: pero imagínate, estaba yo ahí, casi que llorando por haber llegado tarde al aeropuerto y el vuelo ya estaba cerrado, y fuera de eso me había demorado mi papá cuando se apareció de la nada a pedirme que regrese a casa, y yo ya pensando en que me había perdido del viaje, y de pronto es que siento que alguien me toca el hombro, me volteo y era tu novio… –¿Y qué te dijo? –Le conté mi desgracia, él trató de convencer a las empleadas de la aerolínea, pero como no logró nada con ellas, sacó su teléfono, llamó a alguien y magia –Michelle extendió los brazos hacia los lados–, el avión regresó y en tres segundos yo ya estaba en el túnel de embarque. –Me alegra por ti, y sí, creo que mi novio es un tipo con muchas influencias. –Todo parece indicarlo –dijo Michelle, sus pasos llevándola hacia el baño–. No tardo, me voy a cepillar los dientes. Nathalie se paró frente al espejo de cuerpo entero que se encontraba al lado de la entrada del baño. Luciendo un piyama de colores verde y amarillo con el pantalón corto y el top tipo esqueleto, solo quería llegar a la conclusión de que era tan bella y atractiva como lo era Michelle. Nunca había dudado de sus atributos físicos, pero esta vez quería estar más que segura, pues empezaba a ver en la muchacha de los ojos verdes una verdadera amenaza a sus intereses.
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