Nathalie no paraba de mirar a través de la ventanilla del autobús. El mar lucía diferente al que estaba acostumbrada a ver en Vancouver; parecía ser de tonos más relucientes y llamativos, la vegetación que adornaba las playas, compuesta de palmeras y plantas tropicales de verdes más claros, convertía el entorno en una escena acogedora en la que se podía respirar los aromas producidos por las agradables temperaturas. Nunca había tenido la oportunidad de salir de su país, limitándose sus vivitas a lugares como Victoria, Calgary y Toronto. Todo era nuevo y diferente para sus ojos y solo se le ocurrió pensar que, si los alrededores de Miami le habían fascinado, las islas del Caribe la dejarían deslumbrada.
–¿Será que falta mucho para llegar? –preguntó Michelle, quien viajaba a su lado gracias a que Nathalie había llegado a la conclusión de que lo mejor sería tenerla lo más cerca posible y tratar de entender su personalidad, sus gustos y su carácter en caso de que llegase a convertirse en su rival. Sería mucho más fácil dominarla en caso de que llegase a descubrir que la ganadora del concurso de belleza decidía interesarse en Steve.
–Salimos hace cuarenta y cinco minutos –dijo Nathalie después de haber mirado su reloj de pulso–, eso quiere decir que falta como media hora, supongo…
Nathalie pensó que su compañera de puesto no mostraba mayor interés en el paisaje, y solo pudo concluir que Michelle debía ser una muchacha muy viajada. Había dado a entender que su papá, al igual que su Steve, era un hombre muy poderoso, y bien sabía que para ser poderoso se necesitaba tener mucho dinero, y aquel dinero solía ser gastado en viajes alrededor del mundo.
–Lo mejor sería preguntarle a Lorna –dijo Michelle.
–Olvídate de la bruja, mientras más apartadas permanezcamos de ella, más seguras estaremos.
–No sé por qué insistes en que la pobre muchacha es una hechicera, mira que hoy no va vestida de n***o.
–Lo sé, ahora va disfrazada de Bob Marley, pero aún tiene el mismo colgandejo de ayer.
–Se me ocurre que le deberíamos pedir a Paul que investigue qué tan bruja es.
–¿A Paul? –Nathalie arrugó el entrecejo.
–Es el que más migas a hecho con ella hasta el momento.
–¿Y qué pretendes? ¿Qué simplemente se le acerca y le diga: Oye, ¿es verdad que eres una bruja? Es que mis compañeras quieren saber –Nathalie imitó la voz de un personaje de caricatura.
–Michelle rio por un par de segundos y luego dijo:
–Pues no así, pero supongo que algo podría averiguar.
–Paul no tiene cara de ser el más inteligente de todos, mejor dejemos que sea ella la que se descubra sola.
–A la hora de la verdad, creo que no nos deberíamos preocupar por ella, solo vamos a estar una semana a su lado –dijo Michelle.
Exacto, mejor me preocupo por ti, eres la que representa un verdadero riesgo, pensó Nathalie.
Minutos más tarde los ojos verdes de Nathalie observaron un letrero al borde de la carretera que daba la bienvenida a Key Largo. De ahí en adelante el ambiente solo parecía decir turismo. No faltaban los avisos de hoteles, bares y restaurantes, invitaciones a tomar excursiones de pesca y de buceo, así como a la práctica de deportes acuáticos.
–Este sitio parece súper divertido –dijo Nathalie sin voltear a ver a Michelle.
–Puede serlo para los mayores de veintiuno que pueden comprar licor, para nosotras… no tanto.
–¿Te gusta tomar?
–No soy una alcohólica, pero no hay nada mejor que una cerveza fría cuando te estás bronceando en una playa –dijo Michelle, prestando por primera vez atención a lo que se veía al otro lado de la ventanilla–. Mira, es la marina, parece que hemos llegado.
Menos de cinco minutos después, los diez estudiantes descendieron del autobús seguidos por Lorna. El conductor, último en descender, abrió las bodegas y le entregó a cada uno su equipaje.
–Bueno, chicos –dijo Lorna al tiempo que se ponía su morral en la espalda–, asegúrense de que llevan todo y que no dejaron nada en el autobús.
–Lorna, ¿alcanzo a ir a comprar una crema de dientes antes de embarcar? –preguntó Maureen, la muchacha que había llegado al mismo tiempo que Nathalie en la competencia ciclística.
–No te preocupes, en el velero hay suficiente de eso para todos, vas a estar en un crucero en una embarcación de lujo, no en una galera de esclavos del Imperio Romano.
Todos rieron gracias a las palabras de Lorna y luego esta dijo:
–Bueno, si todos están listos, por favor síganme.
Todos en el grupo se echaron sus morrales a la espalda y empezaron a caminar por el muelle, el cual estaba rodeado de yates y veleros a ambos costados.
Nathalie, a pesar de presentir que la universidad no los embarcaría en una chalupa incómoda e insegura, no paraba de desilusionarse a medida que el grupo iba pasando frente a lujosos e imponentes veleros y su guía no se detenía.
Sabía que, si no le prestaba atención a la supuesta bruja, se iba a divertir como nunca, a pesar de que ya empezaba a extrañar a Steve y de ser visitada frecuentemente por el recuerdo de la manera como sus padres habían fallecido. Sin embargo, también sabía que la máxima diversión llegaría si la embarcación designada y el camarote que le llegara a corresponder eran lo suficientemente cómodos.
Es que nunca me he dado ningún lujo, con excepción de la bicicleta que tengo, pensó mientras observaba al final del muelle a dos hombres vestidos con bermudas blancas y camisas de botones del mismo color, pero de mangas cortas. A pesar de que aun se encontraban a más de treinta metros, pudo notar que el más alto de los dos era un joven que parecía ser bastante apuesto, de no más de veinte años, y que el más corto de estatura, podría tener entre cuarenta y cuarenta y cinco.
–Mira ese chico, el de blanco, es lo más lindo que he visto en mucho tiempo –le susurró Michelle al oído cuando estuvieron a un poco menos de cinco metros del par de hombres vestidos de blanco.
Nathalie estuvo de acuerdo, los grandes ojos azules, el cabello castaño, la mandíbula cuadrada y su musculatura no dejaban duda de que se trataba de un muchacho bastante llamativo, pero sus ojos estaban puestos en el otro hombre, aquel que parecía estar por encima de los cuarenta y cinco años; si no estaba equivocada y su memoria no le fallaba, su rostro era muy similar al que había visto en la foto que su madre le había mostrado un año antes, cuando le dijo que aquella era la última foto de su tío, enviada el día anterior desde Miami.