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–Buenos días, chicos, mi nombre es Arthur Armstrong, soy el capitán del Taganga, y les doy la bienvenida a Key Largo – le dijo el hombre de blanco al grupo de universitarios.
Ya no le quedaba duda a Nathalie: se trataba de su tío, hermano de su madre y al que no veía desde hacía muchos años. Era un hombre apuesto, con rasgos parecidos a los de su madre, de cabello rubio y ojos grises, con una dentadura perfecta y una sonrisa agradable. Ella, de pie en la parte trasera del grupo, se preguntó si el hombre estaría enterado de su presencia. Lo más lógico era que el capitán de la embarcación tuviera una lista con los nombres y apellidos de cada uno de sus pasajeros, con mayor razón si se trataba de un grupo pequeño, pero por la manera como el sujeto se estaba a dirigiendo a todos, y a nadie en particular, parecía que aún no era consciente de que iba a tener a su sobrina a bordo. Pero lo que en realidad preocupó a Nathalie fue el hecho de confirmar que Lorna era la bruja que su madre le había mencionado. Aunque aun no mostraban signos de afecto especial entre ellos dos, y que era posible que se comportaran como profesionales en su trabajo y no llegasen a demostrarlo, las coincidencias eran demasiado grandes para no creer en que Lorna era la tal bruja colombiana.
–También les quiero presentar a Sebastián, mi mano derecha y primer oficial del velero –continuó el capitán mientras ponía su mano sobre el hombro del joven parado a su lado –. Cualquier cosa que necesiten, no duden en preguntársela a él o a Lorna, quien aparte de ser su guía turística, hará las veces de segundo oficial de abordo.
Lorna les dedicó una sonrisa a todos.
–Aparte de nosotros tres, a bordo se encuentra Carmen, nuestra chef encargada de prepararnos las mejores comidas para cuando decidamos no cenar en alguno de los restaurantes de las islas que visitaremos. A continuación, abordaremos el Taganga y Lorna y Sebastián les mostrarán los camarotes a los que han sido asignados.
–No puedo creer semejante coincidencia –le susurró Nathalie a Michelle–, mi tío es el capitán.
Michelle enarcó las cejas y dijo:
–¿Es en serio?
–Sí, yo sabía que él vive en Miami, que tiene un velero… y que su novia es una colombiana… que es bruja.
–¿Entonces estabas en lo cierto con respecto a Lorna?
–Pues claro que estaba en lo cierto, esa mujer, aunque trate de sonreír y ser amable, tiene todo el estilo de las brujas.
–Bueno, así sea la más hechicera de todas, no creo que tenga motivos para hacernos alguna clase de maleficio.
–No lo sé –dijo Nathalie, observando al su tío conversando con algunos con algunos de sus compañeros mientras que Sebastián hacía lo mismo con Antonella y Lorna con Paul –, pero de lo que sí me acuerdo es de que mi mamá dijo que mi tío había cambiado mucho desde que empezó a salir con esa mujer, y créeme si te digo que el cambio no fue para bien.
–Pero parece ser un buen tipo, es agradable en todo sentido.
–Yo no me confiaría –alcanzó a decir Nathalie antes que el capitán los invitara a todos a subir a la embarcación.
Tan sorprendida había quedado ella con tamaña coincidencia, que no le había quedado tiempo para fijarse en el velero. Giró su cabeza hacia la derecha y fue evidente que no podría quejarse por el tipo de embarcación en la que estaría viajando. De casco blanco y con tres mástiles, pero sin tener aún sus velas desplegadas, Nathalie creyó que podría tener alrededor de treinta metros de eslora. Contaba con dos botes salvavidas y parecía haber sido estrenado hace poco tiempo.
–Nunca me imaginé que mi tío tuviera tanto dinero –le susurró a Michelle.
–Esto debe costar una fortuna –los ojos de Michelle se pasearon por la embarcación mientras los de Nathalie siguieron los pasos de su tío, quien fue el primero en subirse al velero, seguido Lorna. Paul, Antonella y el resto del grupo. Sebastián se habían quedado en la parte baja de la pasarela saludando a cada persona y estrechándoles la mano.
–Muy cómico que mis papás no tenían dinero para casi nada y mi tío se puede dar estos lujos.
–La vida no es justa, pero olvídalo por ahora y concéntrate en saludar al chico más apuesto del hemisferio occidental –dijo Michelle cuando solo Maureen estaba por delante de ellas esperando su turno para estrecharle la mano a Sebastián.
Ojalá que Michelle tenga su aventura con él y se olvide de los favores que mi novio le ha hecho, pensó Nathalie al ver la enorme sonrisa con que la muchacha de los ojos azules saludó al primer oficial.
–Bienvenida al Taganga –pero Sebastián primero le dirigió la palabra a Nathalie, a pesar de ser Michelle quien más se le había acercado.
–Me imagino que tú eres la chica que ganó el concurso de belleza…
Michelle tenía toda la razón, pensó Nathalie, aquel muchacho era lo más guapo a este lado del Atlántico.
–No, para nada, la ganadora es ella –Nathalie señaló a su compañera–, yo soy una de las ganadoras de la competencia de ciclo-montañismo.
Sebastián soltó una corta risita antes de decir:
–Bueno, excúsame por la equivocación, te felicito, pero creo que también hubieras podido llegar lejos en el otro concurso –dijo el marinero y luego le dirigió la palabra a Michelle –: Eso hace que seas tú la ganadora del concurso de belleza, lo que para nada me extraña.
–Así es –dijo Michelle, pero su sonrisa era asunto del pasado y sin esperar por las siguientes palabras del primer oficial, puso sus pies sobre la pasarela y empezó a subir hacia la embarcación.
–Parece que tu amiga se molestó –le dijo Sebastián a Nathalie.
–No es que sea mi amiga, solo la conozco hace unos pocos días, gracias a que las dos hacemos parte del grupo de ganadores.
–Bueno, ya tendré tiempo de hacer las paces con ella. Pero si tú eres la ganadora de la prueba de ciclismo, y la otra, que se llama Maureen, ya subió a bordo, tú debes ser Nathalie.
–Esta vez no te equivocaste, mucho gusto –Nathalie estrechó la mano del muchacho y al mirarlo directo a los ojos supo que algo en su interior había cambiado.