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–Este va a ser tu camarote –le dijo Lorna a Michelle al abrir la puerta de tono crema–, tú irás con… –la muchacha puso los ojos en una de las páginas de su agenda– Nathalie Walker y Antonella Diaferia.
La mirada de Michelle se paseó por el lugar de paredes crema decoradas con pinturas con el estilo al cual los expertos se referían como arte moderno, apliques de lámparas de forma ovalada y dos escotillas rectangulares por las que se colaba la luz del día. Al lugar lo complementaban tres literas, cada una del tamaño de una cama sencilla, tres muebles con cajones empotrados a los costados, los que ella supuso serían para guardar las pertenencias de cada una, y una puerta que daba a un baño con ducha.
–Es un lindo velero, y muy moderno.
–Y sus equipos de navegación son lo último en tecnología –dijo Lorna, exponiendo su sonrisa.
–Genial, sé que voy a estar muy cómoda. ¿Puedo escoger la litera que me plazca o ya están asignadas desde antes?
–Toma la que desees, total, tus compañeras de camarote se han entretenido con otros asuntos y ya tendrán que escoger entre las que sobren.
–De eso me di cuenta, parece que Nathalie quedó fascinada con el primer oficial.
–No es la primera, Sebastián a todas les fascina, y creo que tienen razón, es un chico supremamente atractivo.
Michelle se sentó sobre una de las literas que daba contra el casco, se despojó de sus zapatos, siguiendo el ejemplo de Lorna y de todos los demás, quienes parecían tener la costumbre de caminar descalzos sobre las superficies de la embarcación, y luego dijo:
–¿Y él tiene novia?
–Veo que a ti también te llamó la atención… –Lorna sonrió.
–No se puede negar que es muy guapo, pero no me metería con alguien con quien solo tendría la oportunidad de verme durante una semana, no soy fan de los romances de verano.
–Estás en lo cierto, pero la verdad es que Sebastián es muy cerrado en cuanto a su vida privada se refiere, y no tengo ni idea si está saliendo con alguien, aunque no me extrañaría para nada que tuviera a más de diez chicas detrás suyo.
Michelle era muy consciente de que había quedado fascinada con el primer oficial, pero también era consciente de que este le había echado el ojo a Nathalie. Le pareció que la vida no era justa: la chica del cabello naranja ya tenía en Steve a un maravilloso hombre, y ahora parecía estar iniciando el camino de conquista de un muchacho por el que, según palabras de Lorna, todas se derretirían.
–¿Y crees que Sebastián le haría caso a los avances de Nathalie?
–Es una chica preciosa, no veo por qué no.
–Lo es, pero solo quiero que ella no vaya a jugar con los sentimientos de su novio, es un hombre demasiado bueno, que no se merecería una traición.
–Bueno, hasta ahora solo están compartiendo mientras él le hace un tour de la embarcación, después de eso él estará tan ocupado que no le quedará mucho tiempo para mantener ninguna clase de aventura, lo que me recuerda que te debo dejar y debo ir a mostrarle sus camarotes a tus otros compañeros.
–Disculpa por haberte quitado tanto tiempo.
–No lo menciones, y disfruta de tu viaje, y cualquier cosa que necesites, no dudes en preguntarme –dijo Lorna dando un par de pasos hacia la salida, pero al llegar al umbral de la puerta se giró y dijo–:Michelle, esos ojos azules tan lindos que tienes, me imagino que son tan reales como mi cabello n***o…
–Gracias por el cumplido, y sí, no son lentes, y son tan reales como tu cabello.
Lorna se despidió con una sonrisa. Cuando Michelle estuvo sola, su mente se enfrascó en aquella última pregunta. Nunca alguien se la había hecho, aunque sus ojos sí habían sido sujeto de muchos halagos y estaba segura de que habían contribuido a ganar el primer lugar en el concurso de belleza.
Creo que Lorna de bruja no tiene nada, pensó mientras organizaba sus cosas dentro del baúl. Por el contrario, era una muchacha muy simpática, hermosa, con don de gentes, aparte de parecer muy efectiva en su trabajo. Llegó a la conclusión de que la hipótesis de Nathalie, y las supuestas aseveraciones de sus familiares acerca de sus prácticas en el mundo de la hechicería, no tenían mucho fundamento.
Cerró el baúl y su mente se trasladó a Nicole. Aquella muchacha se había portado demasiado bien, había ganado puntos con ella, parecía estar enamorada y estaría esperándola en el aeropuerto a su regreso a Vancouver. Era una persona muy especial, pero nunca sentiría por ella la clase de atracción que acababa de sentir por Sebastián e inclusive por Steve, a pesar de la enorme diferencia entre sus edades. Pero no quería estar sola, ahora menos que nunca, pero Steve le pertenecía a Nathalie, y ahora ese apuesto marinero también, y ella, habiendo sido declarada la más bella de la universidad solo tenía a otra mujer como prospecto para una relación que la ayudara a acabar con su inseguridad. No era justo, todo se estaba dando como si fuera ella la menos atractiva de todas o como si se hubiese convertido en una lesbiana declarada de la noche a la mañana. Pero ella no era ni lo uno ni lo otro, y a pesar de lo que le había dicho a Lorna, se moriría por tener algo con Sebastián, así fuese una aventura que solo durase una semana. Supo que no era demasiado tarde, que apenas Nathalie y el marinero se empezaban a conocer, que tenía todos los atributos necesarios para conquistar a cualquier hombre, y que era la hora de empezar a salir del estado en que se encontraba.
–¡Wow, es una habitación espectacular –dijo Antonella al entrar en el camarote.
–Sí, es bonita –dijo Michelle, sus ojos puestos en la muchacha ganadora del concurso de creación literaria.
–¿Puedo coger cualquiera de las dos camas que sobran?
–Así es, escoge la que quieras, yo me voy a poner ni traje de baño mientras tanto.
Michelle sacó del baúl su bikini de tonos azules y se metió al baño, pues no tenía la confianza para cambiarse delante de Antonella. Se deshizo de la falda corta y el top que había llevado durante la mañana. Así mismo se liberó de su ropa interior y se miró al espejo, el cual cubría la puerta desde el piso hasta el techo. Se reafirmó en el concepto que tenía sobre su cuerpo: no solo era su tono de piel, el cual mantenía bronceado gracias a sus constantes viajes al lado de su padre a las playas de México y el Caribe; también eran sus perfectas proporciones, la redondez de sus firmes senos, de sus caderas, la suavidad de su cabello, la delicadas facciones de su rostro y la claridad y brillo de sus ojos. Eran herramientas suficientes para conquistar a cualquier hombre, de eso estaba segura, y eso incluía tanto al primer oficial como al sugar daddy de Nathalie.
Pero sus deseos no eran los de hacerle el mal a la muchacha de los cabellos naranjas y los ojos verdes, quien hasta el momento había sido una buena compañera; su objetivo era conseguir a alguien que la hiciera olvidar de la crueldad de su padre, de la traición de su exnovio, y quien fuera capaz de brindarle apoyo y compañía. Tenía varias amigas en la universidad, muchachos que se derretían por ella, pero a aquellas muchachas les podían más los celos y la envidia que cualquier otro sentimiento, y de aquellos que la perseguían con intenciones románticas no le interesaba ninguno. Aquellos factores sumados al comportamiento de su padre y a la ausencia de su madre la hacían sentir sola y sin verdaderos apoyos, aparte del que Nicole le ofrecía. Era la hora de empezar a cambiar eso, y si algo especial e importante llegase a suceder con Sebastián, podría convencerlo para que se trasladara con ella a Vancouver, una ciudad a orillas del Océano Pacífico en la que no le sería difícil conseguir un puesto como marinero. Pero lo primero era ponerse su traje de baño de dos piezas, aplicarse un poco de protector solar y salir a cubierta a disfrutar del sol y de la manera como, estaba segura, Sebastián la miraría y no se frenaría hasta hacerla suya.