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1549 Palabras
32 Nathalie, llevando aun el morral sobres sus espaldas y sus zapatos deportivos en la mano, llevaba quince minutos al lado del primer oficial de la embarcación, recorriendo todos sus rincones mientras el muchacho le enseñaba de manera detallada para qué se utilizaba cada cuerda, cada aparato, cada mecanismo. Estaba segura de nunca haber visto un muchacho tan atractivo, pero ahora estaba segura de que no se trataba únicamente de sus cualidades físicas, también se trataba de su forma de ser. No paraba de sonreír, era amable, divertido y tres veces le había insistido en que lo dejara cargar su morral. Ella se había rehusado, pues le pareció que estaría dando la imagen de una muchacha débil y carente de carácter. Era consciente de que lo más práctico hubiese sido dejar sus pertenencias en el camarote asignado, paro no quería perder a Sebastián de vista, sospechado que, si lo hacía, el primer colaborador de su tío se ocuparía de tal manera que no podría volver a compartir con él antes del final del día. –Nathalie –dijo el marinero–, estamos parados sobre un bote de treinta y cinco metros de eslora, de tres mástiles, con ocho camarotes, cada uno con su baño, una zona social con una pequeña sala, un comedor y una cocina, una bodega… un puente de comando… –¿Y llevas mucho tiempo trabajando en esto? –lo interrumpió Nathalie. Se encontraban en el área del comedor, la mirada de Nathalie siguiendo los movimientos de Carmen, la encargada de las comidas, quien estaba metiendo bolsas llenas de comestibles a la cocina. La había saludado minutos antes y su impresión fue la de haber tratado con una persona seria, aunque amable. –He venido tomando cursos para esto desde que me gradué del colegio, ya hace tres años, y lo que hago es trabajar entre los cursos. Es mi segundo viaje en este velero, antes estuve en uno más pequeño navegando para turistas entre Jamaica y Puerto Rico. –Parece emocionante. Puedes viajar y conocer lugares mientras trabajas y ganas dinero. –Así es, pero mi sueño es llegar a tener mi propio velero y recorrer el mundo entero. Viajar a sitios lejanos, no solo las islas del Caribe. Podría alquilar el velero cuando necesite dinero. –Suena como el mejor de los planes. –Si trabajo juicioso, en tres o cuatro años podré reunir para la cuota inicial de una embarcación más pequeña, por ahí de unos quince metros. El muchacho la llevó a conocer la bodega, situada en la parte más baja de la popa. Era un lugar con bultos de mercaderías, bandejas de latas de gaseosas y cervezas, botellas de agua, algunas botellas de vino, cuerdas enrolladas, herramientas, chalecos salvavidas y otros elementos propios de la navegación. –Aquí se guarda todo lo que no cabe en otro lado o que desluce la presentación de esta reluciente nave –dijo Sebastián, quien acababa de decidir el poner a descansar su humanidad sobre un bulto de papas. –Muy práctico –Nathalie miró a su alrededor y luego dijo –:Oye, ¿cómo te la llevas con el capitán? –Muy bien, es una gran persona. Aunque este es apenas mi segundo viaje con él. –¿Te puedo contar algo que no puede salir de este cuarto? –¿Tanta confianza me tienes cuando apenas nos acabamos de conocer? –preguntó el marinero sin olvidar exponer su alineada y blanca dentadura. –Escucha, Lorna no me da la confianza que tú me das y lo que tengo que decir es importante. Sebastián enarcó las cejas. –Bueno, te prometo que lo que me digas no se lo contaré a nadie. Nathalie caminó hacia la puerta, se aseguró de que no hubiera nadie en los alrededores, regreso al interior de la bodega y dijo: –El capitán Armstrong es mi tío. Sebastián abrió los ojos a su máximo tamaño. –¿Es eso una coincidencia o ya lo sabías? –Una inmensa coincidencia, pero no sé si él ya esté enterado de que estoy aquí. El marinero se puso de pie. –¿Cómo así? ¿Acaso no lo has saludado? –Si no lo recuerdas, desde antes de que me subiera a este bote he estado al lado tuyo. –Si quieres te llevo ahora mismo con él… –No, no hace falta, pero sí quiero que me hagas un favor… Sebastián sonrió. –¿Qué necesitas? –Como te dije, no sé si él estará al tanto de que su única sobrina está a bordo. –¿Y quieres que yo lo averigüe? –Exacto. Pero no quiero que le digas que yo estoy aquí, solo quiero saber si es consciente de que la Nathalie Walker que está en este velero es su sobrina. –¿Pero él no te reconocería si te viera de cerca? –Llevo muchos años sin verlo, y cuando estábamos en el muelle no dio señal alguna de que me hubiera reconocido, aunque no sé qué tan distraído estaría porque sus ojos parecían no separarse del rostro de Michelle. –Eso me di cuenta, y menos mal que Lorna no se dio cuenta… –¿Entonces Lorna es su novia? –Lo es, aunque ellos tratan de no hacerlo público. Es más, cada uno tiene su camarote, pero rara vez amanece uno de ellos sin que esté en la compañía del otro. –¿Y qué tal es Lorna? –Muy simpática, siempre está ayudando a todo el que puede, sabe de navegación, no para de moverse, creo que es de esas mujeres que serían difíciles de reemplazar. –¿Y nunca le has notado algún comportamiento extraño? –No, para nada, pero si me estás preguntando eso, creo que tú estás enterada de algo que yo no sé. Nathalie miró a su alrededor, se mordió el labio y dijo: –Sé que es la novia de mi tío, también sé que viene de Colombia, y hay rumores en la familia de que podría ser… Fue el momento en el que Lucas, quien se había ganado el viaje por ser el más destacado jugador de hockey sobre el hielo de la universidad, asomó su cabeza por el umbral de la puerta, acompañado de Paul. –Supongo que este es el mejor lugar para ocultarse cuando juegas a las escondidas –dijo Paul. Lucas miró a Sebastián y dijo. –Creo que el Capitán Armstrong te está necesitando en el puente, algo que tiene que ver con preparar todo para zarpar. –Te dejo con tus compañeros. Más tarde seguimos hablando –le dijo Sebastián a Nathalie, y mientras salía del depósito le dijo a Lucas –:gracias por avisarme, y por favor busquen a Lorna para que le indique a Nathalie en dónde está su camarote. –Supongo que es la única cama disponible –dijo Nathalie al ver a Michelle, luciendo un bikini azul, acostada boca abajo en su litera y mirando su teléfono. –Estás en lo cierto –dijo Antonella, quien, vistiendo un short n***o y una camiseta blanca, estaba metiendo sus ropas en los cajones del mueble más próximo a su litera. A Nathalie le había tocado la litera ubicada en la mitad del camarote. No parecía ser la más apetecida, pero en contraprestación se había ganado la amistad de Sebastián, y eso parecía ser lo más importante de todo. –¿Quieres ir a broncearte? –le preguntó Michelle. –¿Ahora mismo? –Después de la reunión de información de seguridad. Yo ya salía para arriba cuando Antonella me frenó y me dijo que antes de zarpar el capitán nos va a hablar a todos. –Me gustaría, pero no tengo un bikini tan atractivo como el tuyo –dijo Nathalie pasando la vista por el cuerpo de su compañera. –Eso no importa, el todo es recibir este sol caribeño. –Querrás decir sol de la Florida, porque todavía no hemos zarpado –dijo Antonella. –Lo que sea… –le dijo Michelle a Antonella y luego a Nathalie –: ¿Y cómo te fue en tu charla con el primer oficial? –Bien, me hizo un tour por casi todo el barco, es muy bonito, todo parece nuevo. –¿Y vas a traicionar a Steve con el apuesto marinero? –preguntó Michelle. Era la pregunta del año para Nathalie. Estando en compañía de Sebastián se había olvidado de la existencia de su novio, a quien le había escrito la noche anterior para avisarle que había llegado a Miami sin contratiempo alguno, y de quien había recibido una llamada aquella mañana, minutos antes de sentarse a desayunar. Desde entonces, no se habían comunicado y su mente se había olvidado de él apenas vio a Sebastián parado junto a la pasarela que subía al velero. –No sé por qué dices eso, Michelle, solo estaba conociendo el barco. –Solo estaba molestando, y por favor no te sientas culpable, lo más lógico es que a cualquier chica del planeta tierra le llame la atención alguien tan guapo como ese marinero –le dijo Michelle a Nathalie y luego giró su cabeza y se dirigió a Antonella –: ¿o no? Antonella. –Lo que tú digas…
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