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1629 Palabras
Michelle, con una camiseta tipo esqueleto de color blanco, acomodada por encima de su bikini azul, y con un pequeño short de tono rosado, se presentó a la cubierta del velero para escuchar las palabras del Capitán Armstrong. A su lado estaba Nathalie, quien llevaba una vestimenta similar pero ambas prendas de tonos crema. Pero sus ojos no estaban puestos en el capitán ni en Lorna, quien se encontraba a su lado, sino en el primer oficial. Algo en su interior, en lo más profundo de su ser, le decía que tenía que hacerlo suyo, que era quien la haría feliz, que no podía dejar que nadie se lo arrebatara, a pesar de que aún no lo tenía y tampoco sabía si algún día lo tendría. No entendía la fuerte atracción que aquel muchacho estaba ejerciendo sobre ella. Ni siquiera lo había tratado, no había compartido ni un minuto con él; todo se limitaba a un lánguido saludo en medio de una confusión de identidades antes de subir al velero. Ni siquiera vivía en la misma ciudad que ella habitaba, pero presentía que, si algo se daba, todo eso podría cambiar. Lo observaba de pie, al lado del capitán, con una sutil sonrisa y una mirada que se repartía entre todos los pasajeros. No parecía fijarse expresamente en Nathalie, tampoco en Antonella, Maureen o Mary Anne, tampoco en alguno de los muchachos. Actuaba de manera profesional, y eso era un punto a su favor. Hubiera podido fijar su mirada en Nathalie, con quien había pasado varios minutos apenas el grupo llegó a bordo, pero el no ser esta la verdad, le daba a ella una razón para creer que tenía buenas posibilidades de conquista. –… y por tormentas no se preocupen –decía el capitán–, esta embarcación está equipada con un moderno radar que nos indicará con suficiente anticipación la posible presencia de cualquier anomalía climática. Para Michelle, las tres personas que estaban al frente irradiaban la suficiente seguridad como para no hacerla sentir insegura por algún tipo de amenaza que pudiese presentarse una vez en alta mar. –Cuando escuchen una alarma sonar, algo que dudo mucho que llegue a suceder en este viaje, deberán proceder a ponerse sus salvavidas, los que encontrarán en el cajón más pequeño que está debajo de su respectiva litera –continuó el Capitán Armstrong–, y con esto terminamos esta sesión de información. Solo me queda decir que espero que se diviertan mucho, que disfruten del viaje y que cuando regresemos a este puerto, sus mentes estén cargadas de los mejores recuerdos. Todos sonrieron y algunos aplaudieron al final de la reunión informativa, pero Michelle aplaudió como una autómata, pues su atención estaba puesta en los movimientos de Sebastián. El primer oficial, después de cruzar un par de frases con el capitán y con Lorna, se dirigió hacia la proa de la embarcación. Michelle, con la duda en su mente acerca de si aquel sería el mejor momento para aproximarse a Sebastián, y a pesar de tener sus ojos puestos en lo que el muchacho hacía, pudo darse cuenta de que el capitán se acercó a Nathalie, la saludó estrechando su mano, y se la llevó hacia la zona del puente. Parece que al fin Nathalie va a hablar con su tío, pensó Michelle. Su mente se ocupó por un par de segundos en lo que pasaba con su compañera y luego se dirigió en busca del primer oficial. Lo encontró en la proa enrollando una cuerda y aunque era evidente que el muchacho estaba concentrado en las labores propias de su cargo, sabía que tenía que empezar a actuar, dado que no podría permitir que Nathalie le siguiera tomando la delantera. –Hola, siento interrumpirte, pero solo quería… –Hola –la interrumpió Sebastián dejando su trabajo a un lado–, lo siento por haberme equivocado cuando ibas a abordar. Fijándome un poco más en ti, creo que es indiscutible que fuiste la ganadora del concurso de belleza. –Gracias, pero no parecías tan convencido hace un rato –Michelle mostró su blanca dentadura. –Bueno, tú compañera también es hermosa, y supongo que el color de su pelo me llamó la atención. –Entonces te gustan las chicas de pelo naranja… –Y también las de pelo castaño y ojos azules –Sebastián mostró una sutil sonrisa. Michelle supo que estaba lidiando con un muchacho bastante directo, muy seguro de sí mismo y que bien podría ser todo un coqueto, lo que a ella no le daba la seguridad que hubiese querido sentir. –Creo que eso me pone en el grupo de las chicas que te agradan. –Tenlo por seguro, pero ahora tengo que volver a lo que estaba haciendo, en diez minutos estaremos zarpando –dijo Sebastián mientras se agachaba y volvía a lidiar con el lazo. –Siento haberte molestado –Michelle arrugó los labios. –Por favor, no ha sido ninguna molestia. Ya tendremos la oportunidad de hablar más tarde. –Supongo que sí, nos vemos luego. Michelle se alejó sabiendo que estaba perdiendo la batalla: no podría comparar los más de quince minutos que Santiago había pasado con Nathalie a los escasos segundos que le había dispensado a ella. Sintió que, a pesar de lo que su mente y su corazón le decían, estaba perdiendo el tiempo con aquel muchacho. Además, no era una persona acostumbrada a rogarle a ningún hombre; siempre habían sido ellos los que la habían perseguido y ella se había dado el lujo de rechazarlos. Era esta la primera vez que se le presentaba el caso en el que un hombre no se rendía plenamente ante su belleza. Pensó que lo mejor sería tomarlo como un reto, como algo en lo que se tendría que esforzar, utilizar métodos y técnicas de conquista que poco conocía pero que convertían las acciones de hacer realidad su deseo en un verdadero desafío. Pensó que lo mejor sería tenderse en alguna parte de la cubierta a disfrutar del sol, y aprovechar esto para exponer la esbeltez de su cuerpo, lo que se convertiría en su primera arma de conquista. Pero no quería hacerlo sola, necesitaba la compañía de alguna de sus compañeras, por lo que decidió hablar con Antonella, la única de grupo, con excepción de Nathalie, con quien había cruzado algunas palabras. Bajó a su camarote y la encontró frente al espejo cepillando su largo cabello n***o. Aun vestía el par de bermudas verdes y el top blanco con que había salido de su habitación del hotel de Miami unas horas antes. –¿Te gustaría subir a cubierta para que nos bronceemos un rato? Antonella la miró a través del reflejo en el espejo, sonrió y dijo: –Me encantaría, espera me pongo mi traje de baño. La ganadora del concurso de literatura dejó el cepillo sobre su cama, abrió un cajón y sacó su traje de baño de una sola pieza, de color rojo. Sin asomo alguno de vergüenza o pudor, la muchacha, delante de la mirada de Michelle, se despojó de sus ropas y se vistió con el traje de baño. A Michelle solo se le ocurrió pensar en que aquella chica se salía de todos los estereotipos a los que la gente estaba acostumbrada. Siendo la ganadora de un concurso literario, no tenía el estilo del típico ratón de biblioteca, con gruesos lentes, un cuerpo poco atractivo y alejada de cierto tipo de actividades como sería el acostarse en la cubierta de un velero a embellecer el tono de la piel. Era todo lo contrario: su rostro era atractivo, su cuerpo tenía las medidas adecuadas para convertirlo en objeto del deseo de cualquier hombre, y su desparpajo no hacía más que sumarle cualidades. Pero nada de eso importaba, el todo era tenerla como compañía mientras el primer oficial se percataba de sus múltiples atractivos. –¿Tienes bronceador? –preguntó Antonella, una vez estuvo lista. –Claro, ¿quieres un poco? –Sí, no quiero que mi piel quede del mismo color de mi traje de baño. Michelle dio un par de pasos hasta su litera y sacó el bronceador de uno de los cajones. Se lo entregó a su compañera y dijo: –Toma, usa todo el que quieras, yo tengo como tres botellas que compré esta mañana en la boutique del hotel. –Gracias, pero no creo que pueda alcanzar mi espalda, ¿me harías el favor? –Antonella sonrió ampliamente. Michelle agarró la botella de manos de Antonella, desocupó un poco sobre la palma de su mano derecha y esparció el líquido sobre la espalda de su compañera. –¿Wow! Tienes una mano súper suave. Nunca le habían dicho eso a Michelle, y menos con el tono que Antonella acababa de emplear. –Bueno, no querrás que te maltrate la espalda. –Obvio, ¿pero te molestaría seguir con mis piernas? Fue cuando Michelle empezó a tener dudas acerca de los gustos de Antonella, lo que de inmediato la hizo recordar a Nicole. –Pues… si quieres… Antonella mantuvo su sonrisa y movió su cabeza hacia arriba y hacia abajo. –Pero acuéstate en tu cama, así será más fácil. Michelle pensó en la ironía de lo que estaba sucediendo: había abordado a Antonella para hacerla parte de su estrategia para llamar la atención del primer oficial para luego conquistarlo, y ahora se veía enredada consintiendo a una muchacha que parecía gustar de las otras muchachas. Pensó que no sería fácil montar una estrategia algo más eficiente, pero también le llamó la atención el que no se le hubiese ocurrido negarse a las peticiones de la literata. ¿Acaso aquel sentimiento que había desarrollado por Nicole podría repetirse con Antonella?
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