—¿Volverás a asesinar como a Grecia? —exclamó—. ¿Ahora también matarás a su hermano? —¡Él no se va a quedar con Nía! ¡Nía fue mía, es mía, solo mía! —gritó con rabia, sin pensar en sus palabras. Jacques tuvo un gran miedo en su interior, dio un traspié, le miró asustado. —¿Qué dices? —exclamó con la voz asustada, los ojos temblorosos—. ¿Fuiste tú, Mario Molina? —dijo y sujetó el cuello de su camisa Mario le miró asustado. —¿Qué? —su voz era temblorosa —¡¿Fuiste tú quien abuso de Nía en la casa de campo?! —preguntó Jacques seguro de que era verdad, algo en él sabía que era cierto, no dudaba de eso —¡¿Qué locuras dices?! —gritó el hombre severo. Mario soltó su agarre, pero Jacques le miraba con horror, con ojos casi llorosos. —¡Tú abusaste de Nía cuando solo tenía dieciséis años!

