Los ojos de Egan miraban a esa mujer, de arriba abajo, sin ningún tipo de vergüenza, o control. Tenía cabellos oscuros azabaches, ojos de un color verde, incluso un verde extraño, pero su rostro le recordó a esa mujer que él adoraba en su corazón. «Grecia…», pensó con angustia. Jacques se había acercado a Egan. —Se parece a Grecia, pero claro, ella es una versión bonita comparada con nuestro patito feo —murmuró al oído de Egan. Egan reaccionó mal, lo tomó del cuello, y todos se asustaron. —¡Egan! —exclamó su padre Egan notó lo que hizo, soltó al hombre. —Lo siento, necesito un momento. Egan salió, pero aun su mirada estaba clavada en esa mujer, que ni siquiera se dignaba a mirarlo, Grecia tenía la mirada al frente, sin siquiera parpadear, le costaba conservar su papel, y no ir tr

