VALERIA
No puede ser. ¡No puede ser! Me paré de golpe, con el corazón desbocado. ¿Cómo carajos confundí los archivos? ¿Cómo se me fue la mano y terminé mandándole eso a Leandro en vez de a Iván?
Agarré el celular, a ver qué rayos pasó, y ahí estaba todo el desastre: un mensaje de Leandro pidiéndome que revisara su correo para editar un archivo adjunto. Me pegué en la frente. Claro, por eso entré a ese hilo. Maldita sea.
Estaba acabada. Estaba a punto de lanzar el celular contra la pared cuando noté algo: el mensaje se había enviado… pero Leandro no lo había abierto.
Todavía había tiempo. Una mínima, pero real. Si lograba meterme a su teléfono antes de que viera la foto, podría salvar el pellejo. Y el trabajo.
Marcaban las doce y veinte de la noche. Llamé a Iván, que me había llenado de mensajes preguntando si había cambiado de idea. No era momento de dramas.
Obvio, no contestó. El teléfono se me cayó de las manos. Empecé a dar vueltas.
Entonces me vino la locura a la cabeza: ir a casa de Leandro y borrar el mensaje yo misma. Como una espía aunque no tenia idea de como entrar.
*
Me monté en mi bici vieja, la que chirría si la miras mal. Y sí, en pijama, ¿y qué? No tenía tiempo ni ganas de cambiarme. Cerré bien la casa, metí la llave en el bolsillo y salí rodando.
¿Coche? Ojalá. Bastante hacía con pagar las cuentas a duras penas. Lo del coche era un chiste cruel.
La casa del jefe quedaba lejos. Si pedaleaba con rapidez, llegaba en una hora. Eso significaba que a las dos estaría en la puerta de su casa, rogando al universo que no hubiera visto el mensaje. Ya no sabía si quería llorar, reír o prender fuego todo.
Pero lo tenía claro: antes muerta que dejar que todo se fuera a la mierda sin intentar arreglarlo.
*
Y cuando dije “casa”, exageré. Aquello era un castillo, un palacio moderno. Me quedé parada frente a esa monstruosidad de concreto y vidrio, con la bici al lado y los ojos saliéndoseme de la cara.
No había ido nunca. Solo sabía la dirección porque la tenía guardada por si acaso. Bueno, esto era un por si acaso con todas las letras.
Me temblaban las piernas. Leandro era de esos tipos que no dejan cabos sueltos. El tipo vive blindado, casi paranoico. Cualquier movimiento raro y seguro salta una alarma, se prenden las luces y aparece un helicóptero. Bueno, eso es lo que yo creo.
Pero... la casa estaba medio apagada. Solo luces de noche. Y me acordé que ese hombre es un obsesivo de su privacidad. Si eso se extendía a la seguridad, quizá no había cámaras.
Eso me lo repetía para no desmayarme de los nervios. Pensaba en cómo rayos iba a meterme sin que me agarraran. Al menos tenía mi tarjeta de empleada. Y si todo fallaba… improvisar.
Acomodé la bici en un rincón y la dejé apoyada contra una pared.
Miré la reja. Alta como mis problemas, más o menos. No tenía ni idea de cuánto medía, pero sí sabía que no iba a ser fácil pasarla. Me quedé ahí parada, respirando hondo, planeando cómo escalar ese maldito muro y no morir en el intento.
Cuando vi la reja, supe que era ahora o nunca. No era cualquier puertecita: tenía esas barras de fierro grueso, bien pulidas. Me aferré a los barrotes, clavé los pies donde pude y empecé a escalar como toda una profesional.
No tengo idea cuánto tardé, pero me sentí como si el tiempo se hubiera congelado. Llegué arriba temblando. Me di vuelta y pasé las piernas hacia el otro lado. El corazón me palpitaba como tambor. Me repetía: “no mires abajo, Valeria, no seas bruta”. Pero obvio, ahí fui. Miré. Y fue el peor error.
Me entró un vértigo que me sacudió entera. Grité sin pensarlo y, antes de poder reaccionar, mis manos traicioneras soltaron todo. Caí como costal y aterricé de nalga. El golpe fue seco. Sentí que el trasero se me volvió panqueque.
Pero no era momento para lloriqueos. Me puse de pie aunque me dolía hasta el alma. Tenía un objetivo y no iba a dejar que un trasero machucado me detuviera.
Entonces los perros empezaron a ladrar. Fuerte. A lo lejos, pero cada vez más cerca. Y con ellos, linternas. Me quería morir. ¿No que no había seguridad? Qué ingenua fui.
Me escabullí como pude, corriendo entre los árboles que bordeaban el camino. Me escondí detrás de unos arbustos bien pegada a la tierra, tragando saliva y con el corazón desbocado. Tenía que seguir moviéndome.
Me fui pegada a las sombras, sin hacer ruido, esquivando luces, escuchando pasos. Por suerte, no me vieron. Cuando por fin vi la casa principal, no me lo podía creer.
Treinta minutos estuve ahí, moviéndome como gata, hasta que se me dio la oportunidad. La puerta... abierta. No podía ser. Entré despacio, dudando si era suerte o trampa. Supuse que Leandro la dejaba así por emergencias. O quizás se creía tan intocable que ni se preocupaba.
Subí las escaleras sin hacer un pequeño ruido. Dos pisos más arriba, noté que el último tenía varias puertas. Pero el segundo piso... solo una. Grande. Importante. Fui directo.
La puerta cedió fácil, sin rechinar. Puerta cara, claro. Y lo que vi adentro me dejó sin aire. Esa habitación era una mansión dentro de otra. Tres veces más grande que mi departamento. El miedo se me subió por la nuca. Si me agarraban ahí, me iban a enterrar viva.
Aun así, mis ojos se adaptaron a la penumbra. Un par de lucecitas rojas iluminaban lo justo. En la cama, Leandro, medio desnudo, dormido como si no debiera nada. A su lado, una mujer tirada, sin ropa, como si nada. Me dieron náuseas.
Pero entonces vi el teléfono en la mesita. Ese era mi objetivo. Me acerqué sigilosa, lo agarré sin pensar y salí disparada. Como alma que escapa del infierno. La puerta seguía abierta. No lo pensé. Corrí.
En cuanto vi la bici donde la había dejado, me monté y pedaleé con apuro. No sé de dónde saqué energía, pero volé. Ya cuando estuve lejos, grité con toda la rabia que tenía:
—¡Chúpense esa, imbéciles!—. Claro, me esperé veinte minutos para eso.
Llegué a mi departamento con el cuerpo hecho trizas. Me tiré en la cama, saqué el celular... y ahí me congelé. Ese no era el teléfono n***o de Leandro. No, este era distinto. No puede ser.
Lo desbloqueé con el estómago revuelto. Y si. La pantalla me escupió la cara de una mujer que conocía demasiado bien.
Había robado el teléfono de Claudia Neri. Peor suerte no puedo cargar.