La mala suerte me persigue

1677 Palabras
VALERIA Me senté en la cama pensando en que hacer ahora. Tenía un lío serio. No era cualquier cosa: en mis manos estaba el celular de una de las mujeres más influyentes de esta ciudad. No sé cómo acabé con él, pero lo tenía. Y aunque era un simple celular, sabia que esto solo me materia en mas problemas de los que ya tenia. Me tapé la cara y me rasqué la cabeza con desesperación. Solo conseguí despeinarme más. Me vi a mí misma entrando a la tienda, despeinada como siempre, con esa camisa que nunca conoció una plancha y un moño que parecía mas ridiculo que lo que se miraba. Qué pinta la mía. Me quedé ahí, sentada, sin poder pegar un ojo. Igual esa angustia duró como cinco minutos, porque al final cerré los ojos y dejé que el aire fresco de la ventana me adormeciera. * El despertador empezó a colarse en mi sueño, donde Leandro me miraba con la furia contenida de siempre, esos músculos apretados bajo su traje caro. En el sueño, él tocaba una campana como un loco y me gritaba: "¡Estás despedida!" una y otra vez. Qué ridículo. La campana era mi despertador. Abrí los ojos, medio pegados, y apagué ese aparato viejo que sonaba como si lo estuvieran torturando. Me lo había regalado la empresa en Navidad. Un detalle, decían. Para mí, era un recordatorio irónico de que no importaba cuánto corriera, igual iba tarde. No sabía si tenía sentido bañarme, pero al final me metí a la ducha. Una parte de mí se negaba a ir a ese entierro laboral. Me até el pelo en una coleta. Metí la camisa azul cielo dentro de la falda azul marino, me miré al espejo, limpié un poco las pecas del rostro y pensé: Bueno, para estar a punto de ser echada, no me veo tan mal. Solté un suspiro, agarré mi bolso turquesa, demasiado alegre para mi ánimo, y salí rumbo al trabajo. Quería estar presentable. No por dignidad, sino porque si me veía llorando al volver, al menos que pensaran que era por orgullo herido, no porque estaba arrastrándome como una cualquiera. Me prometí comprarme un sándwich en el camino. Necesitaba algo en el estómago antes del colapso. * Ya en la oficina, mi escritorio estaba más ordenado que mi vida. Me senté como quien espera su sentencia. Justo ahí sonó el teléfono. Iván. Atendí y lo primero que hizo fue gritar mi nombre. —¡Valeria! Dios, pensé en ir a buscarte, de verdad, no quería hacerte sentir mal, fue solo que necesitaba bajarle dos rayitas a las hormonas—. Bla, bla, bla. Ni lo escuchaba. —Ya, Iván. Este no es momento. Estoy al borde del abismo—, le dije, sin rodeos. —¿Qué carajo? ¿Qué pasó?—, saltó él. —Prepara un baño, busca helado, palomitas... y dos cocos grandes—, le dije sin darle tiempo a entender nada. —¿Cocos? Pero si los odias, te hacen toser como si te estuvieras ahogando—, respondió. —No son para mí, son para ti—, le dije de forma seca. —¿Qué? ¿Para qué?—, dijo, ya medio confundido. —Para arrojártelos, Iván. Necesito descargar mi rabia y tu eres blanco fácil—. No alcancé a decir más porque en ese instante escuché su voz: Leandro. Me llamó con ese tono entre frío y espeluznante que usaba cuando iba a cortarte la cabeza. —Nos vemos en una hora—, le dije a Iván antes de cortar. Tragué saliva. Se venía el final. Mi ego en ruinas. Me levanté del asiento con las piernas de gelatina y caminé a su oficina con el corazón pateándome el pecho. Entré sin mirar. Cerré la puerta con cuidado. Caminé hasta su escritorio sintiendo que el aire me pesaba, y ahí me planté, tiesa, sin saber si él me miraba… o peor, si ya había visto la foto. ¿Y si salí hecha un desastre? No me había depilado en medio año. Qué asco. Qué vergüenza. —¿Leíste el mensaje que te mandé ayer? —me dije de una vez. Levanté la mirada. Me temblaban las pestañas, literal. Leandro me veía raro, medio confundido. Yo solo apretaba los labios, tratando de no llorar. —Sí... sí lo vi —balbuceé. Parecía que se me estaba yendo el aire, como si mis pulmones se hubieran rendido. Me tambaleé, sin fuerzas ni para sostenerme. —¿Y revisaste el correo? —siguió él, analizándome con la mirada. —No... no pude —cerré los ojos con rabia, intentando contener la tormenta, pero ya estaba rota. Las lágrimas salieron sin permiso. —Mire, no quería fallar. No era mi intención. Esto... esto me está matando. Sé que suena patético, pero no tengo nada más que perder. Solo le pido... no me eche, por favor —se me quebró la voz, se me desbordó todo. Él se suavizó un poco. Lo noté. Por primera vez no sonaba como un ogro. —¿Estás bien? —dijo bajito, casi como un ser humano normal. No supe qué responder. Me limpié los mocos con la manga. Ya qué. —Es la primera vez que pareces arrepentida de verdad —dijo, mirándome raro—. Está bien. Agarró su celular de un cajón como si nada. —No te mandé el segundo archivo porque se me descargó el celular. Por eso te llamé. Toma, cargalo y empieza a editar el primero. ¿¡Qué!? ¿Esto era real? ¿No había visto la foto? ¿Y me estaba dando su celular así, de lo más tranquilo? Sonreí. Me sequé las lágrimas con la mano, riéndome de la situación. —Gracias... de verdad. Gracias por no despedirme por la estupidez del archivo —le dije, con un poquito de risa nerviosa—. Me pongo a eso ya mismo. Me miró como si yo fuera una criatura rara, de otro planeta. Negó con la cabeza, resignado. Me di media vuelta y caminé hacia la puerta. Justo cuando iba a abrir… Alguien del otro lado la empujó y me estampó contra la pared. —¡Mierda, carajo! —grité agarrándome la frente con una mano y el celular con la otra. Era Claudia Neri. Entró como si nada, y tanto ella como Leandro me miraron como si yo fuera invisible. Leandro ni se inmutó. La miró y le dijo: —¿Claudia? No sabía que venías. —No pensaba venir. —Entró toda diva, taconeando como si estuviera en pasarela. Leandro se paró y fue a abrazarla. ¿En serio? Rodé los ojos, me sobé la frente otra vez y me dispuse a irme. Ya daba igual. —Creo que dejé mi celular en tu casa. Voy a pasar por él a eso de las diez —le dijo ella, casual. Casi dejo caer su teléfono. Tragué duro. Cerré la puerta detrás de mí con cuidado. Tenía que devolverle el celular antes de que ella llegara. El trabajo acababa a las siete. Si corría a casa, me cambiaba y volvía a lo de Leandro, quizás me alcanzaba. Suspiré, tratando de tranquilizarme. Me dije a mí misma, bajito: —Relájate, parece que la mayoría de problemas que te imaginas, nunca pasan. * Solté un suspiro, me dejé caer en la silla y conecté el teléfono de Leandro. Ni lo pensé: lo encendí al instante. El primer pitido fue un mensaje mío. Lo abrí, lo borré de una vez y respiré más tranquila. Me dolía la cabeza todavía, culpa del porrazo contra la puerta. Me reí sola, irónica. Bien hecho, Claudia. ¡No tienes ni media pinta de santa, perra! Busqué mi celular y marqué a Iván. Me atendió al primer timbre. —Hola, mi amor... olvida lo que te dije. Estoy feliz —me salió con una voz tan tranquila que me dio risa. —¿Qué carajos pasa? —me dijo, con tono molesto. Yo solo solté una risa. —Después te cuento, relájate —le dije con mi sonrisa pintada en la cara. —Bueno, bueno... después será. Me voy al U —me avisó, y asentí sin pensar. Las maravillas de salir con alguien que todavía está en la universidad. —Adiós —dije sin emoción, y le corté. Volví a lo mío. * Andaba con un nudo en el pecho mientras me ponía la sudadera roja. Agarré el gorro a juego, pantalones negros y las Converse de siempre. Ni me bañé ni comí. Solo cambié el uniforme por esa pinta y salí volando. Necesito urgente un aumento para dejar de vivir como rata sin coche. Eran pasaditas las nueve cuando llegué a la casa de Leandro. Respiré hondo. Todo iba a salir como lo planeé. Esta vez, ni pensaba subir a su cuarto. Lo iba a dejar tirado en la sala. Listo. La puerta estaba abierta. De par en par. Me extrañó. ¿No que el tipo era paranoico con la seguridad? quizás era solo medio antisocial, no paranoico. Ni lo dudé, me metí con paso firme. La puerta principal cedió sin problema. Casi hago un pasito de victoria. No había alma alguna por acá. Ni ruido. ¿Y si el edificio entero estaba vacío? Dejé su celular bien acomodado en uno de esos sillones blancos gigantescos. Saqué el mío y me grabé. Sabía que Iván se iba a volver loco cuando lo viera. Me llamó la atención esa estatua de caballo blanco cerca de las escaleras. Subí hasta quedar a una altura cómoda, me monté y empecé a grabar. —¡Mira, Iván, la locura de los ricachones! —me reí, pero fue un segundo. Mi pierna se resbaló y solté un grito. Cerré los ojos con fuerza, esperando el crac de mis huesos contra el piso. El impacto. Pero no pasó nada. Abrí los ojos de a poco... y ahí estaba. La cara de Leandro. Me había agarrado justo a tiempo. —Valeria, ¿qué carajo haces acá?
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