Llegó la bruja

1252 Palabras
VALERIA Tragué en seco. No me cabía en la cabeza lo que acababa de pasar: Leandro me cargó como si nada. Me quedó viendo con cara de ¿qué carajos?, parpadeando como si su cerebro no terminara de procesar que yo estaba ahí. —¿Qué carajo haces acá? —me dijo, mientras me bajaba y de golpe sentí que medía medio metro a su lado. —Yo… pues… —balbuceé como una tonta, sin tener ni una pizca de idea de qué decir. Su ceño se arrugó, y su mirada se volvió filosa. —Ni me avisaste, ni hablamos de esto. ¿Qué te pasa?—. Cruzó los brazos, marcando esos músculos que siempre escondía bajo sus trajes de oficina. Y ahí estaba él, en camiseta negra sin mangas y shorts blancos, sin la mínima pinta del ejecutivo serio de siempre. Una versión más real… y más letal. —Señor… puedo explicarlo —atiné a decir, con el corazón dándome brincos en el pecho, como queriendo escapar. —Vale, habla —levantó una ceja, esperando mi justificación. —Yo… —me atraganté de excusas. Nada salía. Era experta en mentir, pero esta vez mi mente se había ido al carajo y no queria cooperar. —Se me olvidó preguntarle qué archivo debía editar —dije al fin, cerrando los ojos con rabia contra mí misma. Menuda idiota. —¿Qué? ¡Te mandé dos! ¡Y te dije que los editaras los dos! —Me señaló con un movimiento de manos. —Sí… sí, lo sé. Se me pasó por alto. Y… vine porque sabía que te ibas a enojar, y preferí decírtelo en persona. No podía decírtelo por teléfono —mentí. Mejor dicho, me lucí. —Eso no te da derecho a entrar en mi casa. Nadie entra así como así. Ni mis socios, ni mis amigos, ni siquiera Claudia. ¿Te crees especial? —me miró como si yo fuera una mocosa haciendo berrinche. Y sí, lo entendí. Yo era una don nadie a su lado. —No solo viniste sin razón, sino que casi te matas escalando una estatua. ¿Qué te pasa, Valeria? —me espetó directo a la cara. Lo que yo misma me preguntaba desde hacía días. —Perdón —susurré, sabiendo que no tenía por dónde defenderme. —Siempre lo mismo —se burló, caminando de un lado al otro buscando una idea brillante sobre qué hacer conmigo. —¿Cómo entraste? —me preguntó después de unos segundos. “Como la vez que te encontré encuerado con tu novia”. Pero no lo dije. —La puerta estaba entreabierta. Pensé tocar apenas entrara, no te estoy mintiendo —mentí otra vez. —Incluso ya te iba a mandar un mensaje, solo faltaba apretar enviar —doble mentira. Para entonces ya era una experta. Él solo me miró. No dijo nada. Pero esa mirada era tenebrosa. —Bueno, ya sabes lo que tienes que hacer. Edita los dos archivos y no vuelvas a aparecer así. Que esta sea la primera y la última vez. A menos que te invite —remató. Directo al corazón. Segunda vez. Pero no iba a decírselo. —Sí, señor. Se lo prometo. Nunca más —le dije, intentando sonar firme. Ojalá me creyera. Y justo cuando pensaba que ya la había librado, que podía irme con dignidad… Leandro fijó la mirada en el sofá. Frunció los ojos. —¿Qué es eso? —se acercó, mirando un teléfono olvidado. Mierda. —Este celular… Es de Claudia. Me dijo que lo había dejado, pero… ¿por qué está en el sofá? —pensó en voz alta. —Quizas uno de tus guardias lo encontró afuera y lo trajo —me encogí de hombros. —Ellos no entrarían sin avisarme. A diferencia tuya, respetan los límites —me clavó otra vez. Cada palabra un golpe. —Tal vez Claudia pensó que lo había dejado aquí, pero se le cayó saliendo, y… —Me callé al notar cómo me observaba. Cada mentira me pesaba más que la anterior. Se me vino encima y, sin pensarlo, retrocedí un paso. Fue puro reflejo. Supuse que se frenaría al ver mi incomodidad tan obvia... pero no. Siguió avanzando como si nada. Me topé con la pared y ya no tuve a dónde ir. Cerré los ojos con fuerza, esperando lo peor. —¿Qué te hiciste en la frente? —me preguntó, agachándose para verme a los ojos. Abrí los párpados con un sobresalto. —¿Eh? —solté, medio aturdida. Me llevé la mano a la frente. —Ah... eso. Fue en la oficina, Claudia... No terminé la frase. Me quedé esperando a ver si él ataba cabos por su cuenta. —¿Te pusiste hielo? Está inflamada y se ve horrible. Te deja... olvídalo. —Negó con la cabeza descartando lo que iba a decir. ¿Horrible “más de lo normal”, o qué? —Todavía no. —Me encogí de hombros. —Y no es como que quisiera estar así. Si tu noviecita no me hubiese lanzado contra la puerta, estaría intacta—. Rodé los ojos. —Si no hubieras cruzado justo en ese segundo, no te habría empujado —dijo, sin una pizca de interés. Me atravesó el pecho. Pero era mi jefe, y tenía que tragarme las ganas de contestar con rabia. La lengua la tenía lista, eso sí. Si fuera cualquier, lo calcino ahí mismo con palabras. —Me voy a mi casa —murmuré, intentando sonar fuerte aunque la voz me temblaba. Siempre me pasaba: las emociones se me notaban hasta en la respiración. —Perfecto —respondió, encogiéndose de hombros. —Pero ni se te ocurra llegar tarde mañana. Y nada de entrar a casas ajenas. No quiero escándalos, ni chismes que manchen mi reputación. —Por si no sabías, no soy muy de salir. Entre la escuela y el trabajo, lo mío ha sido quedarme encerrada comiendo chocolate y viendo dibujos animados. Toda mi infancia resumida en eso —le dije, sincera y sarcástica. Me miró raro, con una sonrisita torcida. —Mira nada mas, no sabía eso de ti. —Hay muchas cosas que no sabes de mí, jef... —Señor —corregí con picardía. —Gracias por ese dato tan útil —me dijo, seco otra vez. Me dejó en blanco. —Oh... —y yo creyendo que había dicho algo de su interes. —No te olvides de corregir el archivo. Lo necesito listo para mañana antes del mediodía. Es tu segundo día y ya estás colgada —ordenó. Pensé en gritarle que eso no era trabajo real. Que no estaba en horario ni en lugar. Que no podía darme órdenes así porque sí. Pero me tragué el coraje. —Sí, señor, lo haré —asentí, forzando una sonrisa. Me quedé parada, esperando que se apartara. Nada. Ni un paso. Ni una palabra. —Bueno... creo que ya me voy —dije con una risa nerviosa. Estaba tan cerca que me cortaba la respiración. Me moví por instinto, sin pedir permiso. Pero al hacerlo, choqué con él. El impulso me hizo trastabillar. En un intento de no caer, estiré el brazo... y mi mano terminó justo ahí: en su m*****o. En shock. Paralizada. Literalmente lo tenía agarrado en todo su esplendor, que enooorme y mi cerebro no me daba la orden de soltarlo. Solo reaccioné cuando escuché una voz: —¿Leandro? Era ella. Claudia. La bruja maldita.
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