VALERIA
Apenas solté la enorme cosa de Leandro, sentí cómo el aire se me escapaba del pecho. Claudia clavó los ojos en mí, con la boca abierta, como si acabara de ver un crimen. Mis manos se fueron a la boca solas.
—¿Qué carajos pasa acá? —dijo, caminando hacia nosotros con esa forma suya de moverse.
—No es lo que estás pensando, te lo aseguro —solté entrecortado, más preocupada por cubrirle el trasero a Leandro que por mí. No quería meterlo en líos. Ni siquiera tenía claro qué rayos había hecho yo.
—Fue... fue sin pensarlo, no sé qué me pasó —intenté explicarme, pero ya me estaba dando cuenta de que no tenía cómo defenderme. Miré a Leandro buscando algún tipo de salvavidas. Nada. Quieto, inexpresivo. El muy cabrón ni siquiera intentó frenar el desastre.
Claudia ya estaba encima de mi. Retrocedí sin pensarlo, tragando en seco, esperando que me gritara, que me insultara, no sé… algo normal. Pero no. Me cruzó la cara con una bofetada tan seca que me dejó congelada. Me quedé ahí, sintiendo cómo la cara me ardia. Las manos se me fueron a la mejilla sin pedir permiso, tratando de calmar el ardor.
—¡Claudia! —Leandro por fin reaccionó, y sonó tan sorprendido como yo me sentía. Se metió entre las dos, mirándola como si recién la conociera. Por una vez, parecía realmente afectado. No por lo que hice, sino por lo que me hicieron.
—¿Estás loca? ¿Quién te dio derecho a pegarle? —le gritó, y eso sí que me sacó de onda. Nunca lo había visto perder los estribos así… por mí.
Sentí que me ahogaba, como si el aire del lugar me estuviera asfixiando. Y entonces salí disparada. Corrí sin mirar atrás, con las piernas moviéndose solas. Lo único que quería era llegar a casa, encerrarme y borrar esa noche de mi vida.
Al día siguiente, levantarme fue una tortura. Solo quería seguir dormida. Mejor aún: no despertar. Me quedé un rato mirando el techo hasta que agarré el celular para revisar si Leandro me había mandado algo de lo que solía pedirme que editara. Ya todo estaba hecho desde antes de ir a su casa.
Solté un gruñido, compartí los archivos y me obligué a salir de la cama. Me sentía vacía. Como si la noche anterior me hubiera dejado hueca por dentro. Me acerqué al espejo. La cara seguía marcada. Una línea roja atravesaba mi mejilla. Me iba a tocar tapar eso con capas de maquillaje.
Fui directo a la ducha. El agua me pegó en la cara. Salí rápido, me sequé sin ganas. Al vestirme, vi dos llamadas perdidas de Iván. Le escribí un mensaje para saber qué quería.
En cuanto salió el “entregado”, me llamó. Atendí sin ganas, poniendo el teléfono entre la oreja y el hombro mientras me miraba de nuevo en el espejo.
—¡Buen día, amor! —me dijo con alegría.
Rodé los ojos y salí del cuarto. Fui a buscar hielo. Seguro la cara me dolía más por no haberme puesto nada antes.
—¿Sabes qué me pasó hoy? —empezó con su drama habitual.
Abrí la refri, saqué una bolsa de hielo y una caja de leche.
—No, cuéntame.
—Tuve una pesadilla horrible. Me desperté temprano, y como no tenía nada más que hacer, me preparé para la universidad…
Volví al cuarto con el hielo, puse el altavoz y lo dejé al lado mientras me sentaba frente al espejo. El maquillaje iba a tener que hacer magia hoy. No tenía corrector decente hace meses. Le di con base de más y esperé que bastara.
—…y me pidió que sea su asistente personal. ¿Puedes creerlo? ¿No es genial?
Ya ni me acordaba que seguía hablando. Me había desconectado por completo.
—Sí, buenísimo —murmuré mientras me delineaba los ojos con rabia. Necesitaba esconderme detrás de esa cara pintada.
Cuando terminé, le corté sin decir nada. Si era tan importante, me lo iba a repetir después. Ahora no tenía energía ni para fingir interés.
*
Respiré profundo, tratando de no perder la cabeza. Tenía el pecho apretado desde anoche, con la escena repitiéndose en mi mente una y otra vez.
No sabía qué había pasado después de que me fui. ¿Leandro y Claudia habrían tenido una discusión por mi culpa?
Y aun así… había algo dentro de mí que se sentía bien. Como si, por primera vez, alguien se pusiera de mi lado sin dudar. Me acomodé un mechón detrás de la oreja sin pensarlo. Sentía las mejillas calientes. ¿En serio me estaba poniendo colorada?
No podía quedarme escondida ahí todo el día. Me armé de valor, agarré mi carpeta y entré a su oficina, con la excusa de empezar el día y ver cómo reaccionaba.
Arranqué con lo mío: mandar correos a clientes, agendar reuniones, mover citas. Todo rutina. Hasta que me topé con algo que me dejó sorprendida. Había que cancelar la cita con Claudia.
Ni pregunté. Solo escribí el mail y lo mandé. Punto.
Parecía que el reloj no avanzaba. Y yo repasaba cada tarea. Revisé tres veces todo lo que tenía en el escritorio, buscando errores que no podía darme el lujo de cometer.
Cuando ya estaba bastante segura de que no la había embarrado en nada, me paré para ir a hablar con Leandro. También quería ver si tenía los archivos corregidos. No sé por qué eso me importaba tanto… pero me importaba.
Y justo ahí, sonó mi celular. Lo había dejado con cuidado sobre la mesa. Era Iván. Puse los ojos en blanco.
—Iván, estoy en el trabajo. No es momento, ¿sí? Bájale un poco y respeta que no puedo hablar ahora.
Tenía que aguantarme las ganas de mandarlo al carajo. Todo lo que estaba pasando había arrancado por su maldito favorcito. A veces, de verdad, quería estamparle la cara contra una parrilla.
—Ya sé, ya sé. Pero es importante —insistió él, con esa voz angustiada—. ¿Te acuerdas lo que hablamos? Lo del outfit para ese lugar...
No entendía nada. Tragué saliva, tratando de no explotar. Si le pedía que me explicara de nuevo, iba a armar drama.
—¿Estás ahí, Valeria? —dijo, impaciente.
—Tengo que cortar, Iván —le solté, fría—. Mi jefe me necesita ya. Te llamo cuando pueda.
Le tiré un beso al aire, solo para salir del paso, y colgué.
Abrí la cámara del celular para ver mi cara, ya que en ese cuarto no había ni un espejo. Seguía con esa expresión hinchada, como si no hubiera dormido. Suspiré y dejé el teléfono donde estaba.
Me acerqué a la puerta del despacho de Leandro con intención de tocar, pero unas voces del otro lado me frenaron. Una era la de él. La otra… ni idea.
Me pegué a la puerta, tratando de entender. Y entonces lo escuché claro:
—...Así que sí, tomé la decisión de contratar a una nueva secretaria.
Y justo cuando esas palabras me apuñalaron el pecho, la puerta se abrió de golpe. Yo, que estaba apoyada contra ella, terminé cayendo dentro del despacho.
Leandro levantó la vista, sorprendido.
Y yo, una vez más, tragándome el orgullo y con la fatalidad clavada en la cara. ¿Por qué me tienen que pasar estas cosas?