VALERIA Me temblaron las manos cuando vi la silueta de Leandro en la puerta. —¡¿Qué haces aquí?! —grité, apretando el vestido contra mi pecho. No se inmutó. Se quedó ahí, mirándome con esa maldita calma, como si entrar sin avisar a una habitación donde alguien está desnuda fuera lo más normal del mundo. Curvó los labios, esa sonrisa suya que mezcla burla y deseo. —No sé por qué te escondes —murmuró, avanzando como si no le importara nada—. Al fin y al cabo, estás jugando a ser mi prometida, ¿no? Por un segundo quise creer que no era real. Me pellizqué fuerte. Ardió. No, no era un mal sueño. Me rozó la cintura y sentí el corazón queriendo salirse por la boca. Cerré los ojos, esperando... no sé qué. Algo peor. Pero entonces se alejó. Cuando abrí los ojos, vi su brazo en alto. En el

