CAPITULO 1.- LAS PREGUNTAS QUE NO SE HACEN EN VOZ ALTA
Tengo 27 años. No puedo seguir viviendo con miedo. Estoy casada con el hombre que amo, en la casa de mis sueños. Nuestras familias se llevan de maravilla, y cada vez que podemos, nos vamos de viaje. A veces, siento que mi vida está completa.
Hace unas semanas salió el tema de tener un bebé. Es algo que siempre estuvo rondando mi cabeza, pero que nunca se atrevió a salir de su escondite. Recuerdo que estábamos desayunando en el jardín, y de pronto, sin avisar, me dijo:
—¿Sabes? Siempre he tenido el sueño de tener un hijo… No lo sé, creo que ya es momento.
Desde entonces, he tenido el mismo sueño varias noches. Un jardín hermoso, con hojas cayendo como si fuera otoño. El clima es cálido, hay una suave brisa, y en el fondo, entre los árboles, hay una cuna. Dentro, un bebé. Solo que… nunca puedo ver su cara. Cada vez que intento acercarme, él se aleja más. Es como si quisiera decirme algo, pero no logra hacerlo.
Él dejó de hablar justo cuando llegó su amigo Gandi a recogerlo. Son socios en una corporación de alimentos, y a Mathias le encanta que lo lleven al trabajo. Sentí su beso cálido en la mejilla antes de irse, pero no dije nada. Me quedé imaginando esas escenas en mi cabeza.
Cuando era adolescente, me detectaron quistes. El médico me dijo que tenía un alto índice de infertilidad. Tal vez por eso la idea de ser madre siempre estuvo en mi cabeza, pero nunca la traté a fondo. El miedo… ya saben. Miedo a que sí, miedo a que no. Me da risa pensar que al principio dije que no debía tener miedo, cuando en realidad soy una de las personas más miedosas si se trata de empezar algo nuevo.
Es como cuando comencé con mi empresa. Soy ingeniera agroindustrial, pero no ejercí hasta tres años después. El miedo a emprender y fracasar me paralizaba. Y ahora, gracias a que un día me animé, Mathias se encarga de nuestra empresa. Empezamos con algo pequeño… y se convirtió en una corporación.
Cierto, qué maleducada. Les he contado ya una parte de mi vida, y todavía no me he presentado. Me llamo Geraldine. Nada más. Siento que decir los apellidos es demasiado formal. No me gusta. Es como dejarle a alguien la puerta abierta para que entre a conocer tu familia… pero no a ti.
La vida era bella. O al menos así la sentía. Yo creía que por fin estaba recibiendo el amor que siempre había buscado. Me sentía amada. Siempre he tenido claro que si no estás obsesionada con tu pareja, entonces tal vez estás saliendo con la pareja de alguien más. Con Mathias, yo me sentía en el cielo. Me sentía la mujer más enamorada, porque él me hacía sentir así.
Aunque, lo admito, siempre he sido un mar de dudas. Me ahogo en un vaso de agua. Pero él… él siempre encontraba la forma de hacerme sentir en paz.
Y amada.
Pero últimamente, cuando Mathias se duerme primero y la casa se queda en silencio, me descubro mirando el techo, haciéndome preguntas que nunca me atrevo a decir en voz alta.
¿Me ama de verdad, o solo le gusta cómo lo amo yo?
¿Y si el amor que me da… es solo una versión reciclada de lo que alguna vez sintió por otra?
Sé que no debería pensar así, que tenemos una vida bonita, que me eligió a mí… pero esas preguntas, aunque me las trague una y otra vez, siguen ahí.
No gritan.
No susurran.
Solo existen. Y eso, a veces, es suficiente para hacer ruido en el alma.