Capítulo 4. Francia

2085 Palabras
París. Nueve años después. Mía observó con nostalgia la foto que conservaba de sus padres, era lo único que le quedaba de ellos, eso y los recuerdos que nadie podría borrar jamás de su memoria y su corazón, pero la fotografía tenía un significado muy especial. Si no hubiese sido por Donovan quien amablemente se la había enviado cuando tenía apenas un mes de haber llegado, posiblemente nunca la hubiera tenido en sus manos de nuevo. Suspiró sin poder evitarlo, no había regresado a Estados Unidos desde que se había marchado, aunque ganas no le faltaban, siempre añoraba visitar la tumba de sus padres en Seattle. Pero había sido imposible para Donovan convencer «al diablo», para dejarla regresar, el hombre la odiaba y ella desconocía los motivos. Aunque ahora le importaba muy poco, porque el tipo era muy bien correspondido. —Debieron llamarte por cualquier otro nombre, ¿Por qué tuvieron que llamarte Angelo? Si eres tal cual tu apodo, un jodido diablo —gruñó, cada vez que se acordaba de aquel hombre frío y sin corazón, la sangre le hervía, lo odiaba tanto que más sería imposible. —¡Bonjour! —saludó la joven con voz cantarina rompiendo la calma en la habitación. —Buenos días, Charlotte —respondió guardando el cuadro con la foto, su amiga no era conocida por su discreción y respeto a la privacidad ajena, para muestra un botón. —¿Qué haces? ¿Qué has escondido de mí? ¿Es un chico guapo? —incordió con una ráfaga de preguntas. —Ninguno de tus cuestionamientos, mejor dime ¿Qué es lo que haces violando mi privacidad de nuevo? —preguntó con ojos acusatorios, se le daba bien intimidar a sus amigas con esa mirada verde musgo heredada de su madre. —¡No estoy violando nada! ¡Somos amigas, casi hermanas! —exclamó dejándose caer sin ceremonia sobre la cama delicadamente arreglada. —Esa no es ninguna excusa para irrumpir en mi habitación —dijo mirando a su amiga quien movía las manos desordenando sus sábanas como si fuera una niña pequeña. —Hoy habrá una fiesta y quiero que vengas, he invitado a Fiorella está encantada con la idea de escaparse de sus padres por unas horas —dijo con una sonrisa en los labios que no presagiaba nada bueno. —Me gustaría, pero esta noche no quiero salir —respondió, nadie sabía que era el aniversario luctuoso de sus padres y ella como todos los años guardaba ese día únicamente para pensar en ellos. —¡Qué aguafiestas eres! Habrá chicos, ¡muchos chicos! —insistió—. Arréglate bonita, primero iré por Fiorella y luego pasaremos por ti y no acepto excusas —agregó poniéndose de pie y saliendo de la habitación. Mía suspiró, pero no tuvo tiempo de hacer nada más, el sonido de su móvil captó su atención esta vez. —Aló —contestó con una ligera sonrisa que no pudo disimular. «¡Hola, bonita!» La voz que le contestó al otro lado de la línea se escuchó tan emocionada como lo estaba ella. —¡Louisa! —gritó Mía, aunque hablaban seguido, siempre era un alivio para su corazón recibir una llamada de alguien conocido y querido, como lo era la familia Montgomery, quienes con el paso de los años se habían ganado un espacio en su corazón. «La misma que viste y calza, ¿esperabas la llamada de alguien más?» Mía se echó a reír al escuchar las palabras de su amiga. —No, de hecho, estaba ansiosa por escucharte, sabes que hoy es un día difícil para mí —aceptó con tono melancólico. «Lo sé y es por eso que he decidido hacer algo al respecto, ¡¿podrías abrir la maldita puerta?!» —Una dama no debe maldecir… ¡Espera! ¡¿Qué has dicho?! —preguntó apretando el móvil con fuerza entre sus dedos. «¡Que habrás la maldita puerta!» Mía ya no escuchó el resto de lo que ella estaba diciendo, corrió con prisa hacia la puerta, para encontrarse a Louisa sonriendo con el móvil aun en la mano y… ¿Donovan? —Hola Mía —saludó el hombre al ver a la joven parpadear, como si no pudiera creer lo que veía. —¡Dios mío! —gritó emocionada al ver a los hermanos muy sonrientes. —Sí, todo muy bonito, pero el trasero se me está congelando aquí afuera —se quejó Louisa, haciendo que Mía saliera de su asombro. —Lo siento, por favor pasen —les indicó el camino, el piso era de su propiedad el regalo de O'Connor por su cumpleaños número veinte, una manera muy civilizada de pedirle que no volviera al país. Donovan y Louisa entraron y se acomodaron en la acogedora sala, mientras Mía les preparaba algo de beber. —¡Dios! ¡¿Por qué no me han dicho que vendrían?! —preguntó moviéndose por la pequeña, pero muy sofisticada cocina, mientras se escuchaba el sonido de la cafetera indicando que el café estaba listo. —Pues… las sorpresas no se dicen, bonita —sonrió Louisa ampliamente. —Tienes un punto —aceptó mientras dejaba la bandeja con las tazas para tres sobre la mesa de centro. —Lo sé —sonrió tomando un sorbo de su café —. Pero cuéntame de ti, no puedo creer que los años pasarán tan rápido —añadió. —Demasiado rápido para mi gusto, pero es claro que el tiempo no perdona. Hoy se cumplen nueve años de la muerte de mis padres y sigo sintiendo el mismo dolor que el día de su muerte. Mía luchó contra el nudo que se había formado en su garganta y las rebeldes lágrimas que amenazaban con derramarse de sus ojos, no quería parecer débil. Había sobrevivido muchos años y derrumbarse ahora solo haría que todo el dolor contenido saliera y no podía permitirlo, ella ya no era una niña. —Por eso estamos aquí Mía, Louisa no quería que pasaras este día sola. Mía sonrío ante las palabras de Donovan, siempre había sido amable, aunque pocas veces habían hablado después de su partida, sabía que era él quien estaba pendiente de cubrir todas sus necesidades financieras, pero ese pequeño detalle significaba mucho para ella, tanto como la amistad que había entablado con Louisa desde que se conocieron. —Gracias Donovan, gracias por traer a Luisa a mí —dijo mordiéndose el labio al ver al hombre sonreír. —No tienes nada que agradecer, así que… ¿A dónde nos llevarás? —preguntó mirándola fijamente. —¿Quiénes son ellos? —la voz de Charlotte se hizo escuchar, Mía se había olvidado por completo de su amiga. —Charlotte, déjame presentarte a Donovan y Louisa Montgomery —habló para presentar a sus visitantes. —¡Dios! ¡Es guapísimo! —exclamó Charlotte provocando que Louisa frunciera el ceño. —¡Charlotte, cierra la boca o te entrará algún bicho! —gritó Mía ante el comportamiento de su amiga. —Soy Charlotte Dupont, la mejor amiga de Mía. Encantado de conocerte. Mía puso los ojos en blanco, Charlotte era lo más parecido a una cabra loca, cuando de hombres guapos se trataba. —Estás teniendo un comportamiento grosero Charlotte, ignorando a Louisa —llamó la atención Mía. Charlotte cerró los ojos para no ver más a Donovan y dirigió su atención a Louisa. —Lo siento, me he emocionado un poco, tu hermano es atractivo y se roba todas las atenciones —respondió sin un ápice de vergüenza. —Lo sé, es una pena que él no sienta inclinación por chicas de tu edad —espetó molesta. Mía enarcó las cejas, le recordaba al día que se habían conocido. Louisa se había comportado de manera celosa, pero luego de tratarla se habían convertido en amigas, esperaba que sucediera lo mismo esta vez, las dos eran amigas suyas.  —Para el amor no hay edades —sonrió Charlotte como si la advertencia de Louisa no fuera importante. —Charlotte… —¿Los has invitado a venir esta noche a la fiesta? —la joven hizo caso omiso a la advertencia en la voz de Mía y continúo su parloteo sin descanso. —¿Fiesta? —el rostro de Louisa cambió al escuchar la pregunta de Charlotte. —¡Sí! Nada me haría más feliz que ustedes pudieran acompañarnos, sobre todo tu hermano —sonrió de nuevo la joven con descaro. Donovan por su parte tomó el asunto de Charlotte como irrelevante, él era un hombre de treinta y ocho años, soltero por elección y sin ningún interés en tener una aventura con una jovencita francesa. Sin embargo, se vieron arrastrados por esa chiquilla a una fiesta donde la mayoría de invitados eran jóvenes de su edad y él se sentía como un verdadero anciano, aun así lo disfrutó, bailó gran parte de la noche con Mía quien había venido a su rescate y apartado de las garras de Charlotte, y de alguna manera loca y temeraria se sintió complacido. Mía movía las caderas como si fuera una diosa del baile y él un mortal caído a sus pies.  Nueva York. El golpe secó sobre el escritorio de caoba, hizo dar un respingo al hombre frente a él. —¿Qué excusa me darás esta maldita vez? —preguntó con la ira bullendo desde su interior, Angelo pocas veces perdía la cordura, pero la traición era algo que él no podía perdonar, era el recuerdo latente del pasado, su confianza no se la ganaba cualquiera. —Escucha Angelo, no te ciegues —las palabras de Harry solo hicieron que su enojo creciera. —¡No, Harry! ¡No es la primera vez que trata de pasarse de listo! —gruñó poniéndose de pie y dirigiéndose como una bala hacia el hombre que temblaba de pies a cabezas. Harry optó por guardar silencio, conocía a Angelo y meterse en sus asuntos no era recomendable, pero tampoco le dejaría hacer una estupidez. Donovan no se lo perdonaría. —Lo siento señor, de verdad no fue mi intención, iba a devolver el dinero, solamente necesitaba pagar los gastos de hospital —dijo rápidamente el hombre que hasta hace pocos minutos había sido el encargado de llevar la contabilidad de El Inframundo. —¡Mientes! La primera vez te creí, confié en ti, ¡pero tus deudas de juego te han llevado a robarme no una, sino dos veces! —gritó tomándolo de las solapas enfrentando su mirada fría contra los ojos asustados del hombre. —Juro que iba a devolverlo señor O’Connor, no era mi intención quedarme con su dinero —expresó aceptando su culpa. —No tienes otra opción Ramsés, o devuelves el dinero hoy mismo o vas preso, aunque sinceramente no creo que puedas librarte de ir a prisión —sentenció soltando las solapas con brusquedad para que el hombre fuera dar de bruces al piso.  Angelo caminó de regreso hacia su escritorio, llamó a su secretaria para que ella se hiciera cargo de llamar a la policía. Maldecía a Donovan por decidir largarse cuando él más lo necesitaba, afortunadamente contaba con Harry que también era un excelente abogado, aun así, hubiese preferido al idiota de su mejor amigo. —Entonces… ¿Está decidido? —preguntó Harry después de ver cómo la policía se llevaba detenido al hombre. —No voy a permitir que quieran verme la cara de idiota, Ramsés me ha robado y no voy a dejarlo ir. La primera vez se lo perdoné porque dijo que era para pagar la cuenta del hospital donde se encontraba su hija, pero ni siquiera fue verdad —dijo bebiendo de la copa que recién se había servido. —Bien, haré todo lo que esté en mis manos para refundirlo en prisión, dudo mucho que necesitemos mayores pruebas, el desvío de dinero ni siquiera fue maquillado, lo hizo con plena conciencia y seguridad —alegó el abogado. —No me importa lo que tengas que hacer, simplemente has que no vuelva a cruzarse en mi camino —gruñó con enojo y culpaba a Donovan por eso, después de todo el muy cretino había preferido volar a Francia para complacer a Louisa y visitar a Mía Black. Parecía que esa muchachita sería una jodida maldición en su vida, a pesar de la distancia que los separaba siempre había sido el punto de discusión entre Donovan y él. —¡Maldita seas Mía Black! —gruñó con los dientes apretados.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR