Capítulo 3. ¡No tienes corazón!

1862 Palabras
Mía abrió los ojos asustada al darse cuenta de que estaba en una habitación que no era la suya. Se puso de pie con lentitud, su cabeza dolía y sus ojos estaban hinchados, aun así, no pudo evitar derramar nuevas lágrimas al recordar que había perdido a sus padres apenas unos días atrás y que ahora estaba sola en el mundo. Recorrió la habitación sin atreverse a salir de ella, las voces se escuchaban y era evidente que estaban discutiendo sobre algo o quizá sobre alguien, se acercó para escuchar, pero le era difícil, se sentía aturdida por el dolor. —¿Entonces te harás cargo de ella? Donovan miró a su amigo con seriedad, podía negarse, podía dejarlo solo con el asunto de la custodia de la pequeña, pero… ¿Qué futuro le esperaba a su lado?, la verdad sea dicha, Angelo llevaba un ritmo de vida desenfrenado, desde que lo conocía no había noche que no terminara enredado entre las piernas de alguna mujer y difícilmente él cambiaría su vida, para tomar la responsabilidad que le había sido encomendada por nada más y nada menos que su ex mejor amigo y su exnovia. —Le pediré a Louisa que le haga compañía mientras se realizan los trámites que se necesita para que puedas cogerla bajo tu responsabilidad y sobre todo para que puedas enviarla al extranjero. Angelo asintió, no quería saber nada de la pequeña, era el recuerdo constante de la humillación sufrida por quienes amó en el pasado y los responsables de que jamás volviera a creer en el amor. —Ya el avión está listo, debemos marcharnos y dejar todo esto en el olvido —habló sin ninguna emoción en su rostro y en su voz. Estaba lo suficientemente molesto como para mostrar otra cosa. —Iré por ella —avisó Donovan, pero Angelo ya estaba saliendo, había contratado otro auto para no viajar junto a ella. Era un comportamiento estúpido y egoísta, pero era todo lo que quedaba de él. El trayecto hacia el aeropuerto había sido en completo silencio. Mía observaba por la ventana, no había hecho comentario alguno cuando el hombre quien se había presentado como Donovan le indicó que tenían que viajar, ella no tenía manera de escapar, además si sus padres habían confiado en ese tipo arrogante y frío, era porque quizá en el fondo no fuera lo que aparentaba ser. Quería y necesitaba pensar que era así. Una hora después abordaron el avión, Angelo le indicó a Donovan llevar a Mía a la habitación incorporada en su avión privado, asumió que necesitaba descansar y si no era así le daba igual, solo quería evitar verla y el vuelo duraría seis horas aproximadamente si el clima estaba a su favor. Para Angelo había sido el viaje más largo y cansado que había realizado en su vida, no había podido dormir, porque sus sueños habían sido perturbados con imágenes del pasado. Culpaba a los Black por el desastre en el que habían convertido su vida de nuevo. Apenas el capitán anunció que habían aterrizado sin problema, Angelo abandonó el avión y subió a su auto marchándose como si miles de demonios fueran tras él, dejando a Donovan con una responsabilidad que era suya y lo sabía. Sin embargo, eso no cambiaba los sentimientos mezquinos que nacían en su corazón. —¿Se ha marchado? —preguntó Mía mientras bajaba del avión, sus ojos seguían irritados, pero había logrado dormir durante todo el viaje. —Sí, Angelo no es malo, es solo que… —No me quiere —interrumpió Mía con lágrimas en los ojos. Donovan sabía que aquello no era una pregunta sino la certeza que ella tenía con respecto a Angelo. —No te conoce —susurró sintiéndose impotente ante las lágrimas de la pequeña. —Tampoco está interesado, siento que él me odia y no sé la razón —gimoteo. —No te hagas ideas Mía, te llevaré a mi casa y te presentaré a mi hermana menor, te aseguro que es la mejor compañía que puedas tener —le sonrió para darle un poco de tranquilidad. Mía asintió y no volvió a responder. Estaba en una ciudad que no conocía, con gente que no la quería. El viaje se hizo en completo silencio tanto el hombre como la pequeña se sumergieron en sus propios pensamientos. Una hora más tarde bajaron del auto y la casa le pareció a Mía lo más cercano a un palacio, era preciosa, pero no era su casa. —Ven conmigo… —instó tendiéndole la mano para caminar hacia el interior. Mía sintió su pequeño cuerpo temblar, no sabía en lo que sus padres habían estado pensando para dejarla en manos de un extraño que se había deshecho de ella pasándole la responsabilidad a otro hombre.  —¡Donovan! —gritó la joven desde lo alto de las escaleras al verlo entrar a la casa. Bajó corriendo para darle la bienvenida, pero se detuvo abruptamente al ver que su hermano no venía solo. —¿Quién es ella? —preguntó arrugando el ceño. —Louisa, te presento a Mía, se quedará unos días con nosotros, espero puedas cuidar de ella —pidió Donovan. —¿Por qué? —cuestionó la joven acostumbrada a ser la única mujer joven de la casa. Donovan pidió a una de las empleadas llevarse a Mía a una de las habitaciones de huéspedes mientras le hacía señas a su hermana para que lo acompañara al despacho donde le explicó lo sucedido con Mía y también le aclaró que solo sería cuestión de días la presencia de la pequeña en su casa. Louisa se sintió tonta, había sentido celos al verla de la mano de su hermano. —No te preocupes, haré que estos días aquí sean llevaderos para ella, pero… ¿No hay maletas? —preguntó de repente. Donovan fue consciente que con las prisas ni siquiera se habían molestado por conseguir la ropa de Mía. —Me temo que no —dijo en tono avergonzado por su descuido. —¡Hombres, nunca se preocupan de nada! —dijo en tono exasperado, mientras extendía la mano en su dirección. —¿Qué? —preguntó desconcertado al verla fruncir el ceño nuevamente. —Tu tarjeta de crédito, Mía necesitará ropa, un guardarropa completo si piensas enviarla lejos. Donovan suspiró mientras extendía la tarjeta de crédito que tenía reservada para su hermana cada vez que necesitaba de ella un favor. —No excedas el límite esta vez —pidió mientras la veía salir. Donovan se mesó el cabello con frustración, tenía mucho trabajo por delante y poco tiempo para hacerlo. Louisa pidió a su ama de llaves la acompañará a la boutique más próxima, para comprar todo lo que Mía necesitaba, su malestar inicial había desaparecido y en su lugar sentía pena por ella y solo pudo más que solidarizarse porque ella también era huérfana, si no fuera por Donovan su vida habría sido terrible. Mientras tanto Angelo se preparó para visitar el Inframundo; esa noche necesitaba olvidarse de las últimas treinta y ocho horas de su vida, necesitaba sentirse en su ambiente, donde él era el rey, el diablo de su propio infierno y así lo hizo. Las siguientes dos semanas no paró en su penthouse, estuvo de fiesta en fiesta y de cama en cama, pero nada podía borrar aquellos ojos verdes musgo que lo perseguían por las noches cuando podía conciliar el sueño. ¿Cómo se atrevía a mirarlo con reproche? «Quizá porque esperaba mucho más de ti» le incordió su conciencia. —¡Maldición, no podía esperar nada de mí! —gritó furioso despertando a la mujer que yacía a su lado en la cama de un hotel, ni siquiera había llegado a su penthouse. —¡¿Qué demonios…?! —¡Vete! —la mujer fue interrumpida abruptamente por Angelo sin contemplaciones. —¿Qué? —preguntó incrédula, no podía creer que después de pasar una noche increíblemente salvaje la echara como si nada. —Ya me has escuchado, no volveré a repetirlo dos veces —espetó saliendo de la cama sin molestarse en cubrir su perfecta anatomía, ignorando los ojos fieros de la mujer. —¡Eres un patán, un miserable! —gritó la pelinegra levantándose de la cama mientras cubría su desnudez con las sábanas. —¿Has terminado? —preguntó Angelo mientras se giraba para coger sus pantalones y colocarlos con rapidez. —Eres un miserable, ¡No tienes corazón! —gritó con lágrimas en los ojos. —No, no lo tengo —respondió girándose con la mirada encendida, caminó hasta la mujer para que viera lo que verdaderamente era. —Creía que… —Conmigo es mejor no creer nada, no te molestes en volver a llamar —dijo saliendo de la habitación con el torso desnudo, elevó su mano para ver la hora en su reloj y volvió a maldecir.  Mientras tanto Mía sonrió a Louisa, gracias a ella esas dos últimas semanas habían sido llevaderas. —Gracias por todo Louisa —dijo con sinceridad sin poder evitar que algunas lágrimas se derramaran de sus ojos. —No tienes nada que agradecer Mía, siempre que necesites una amiga, solo tienes que llamar —respondió la joven con sinceridad. Mía había aceptado su destino en el mismo momento que Donovan le explicó la situación, sabía que no tenía oportunidad de rebatir, ya que su tutor legal lo había decidido así y con la intención de prepararse y ser alguien en la vida, había aceptado no por «El diablo» sino en memoria de sus padres, se los debía a ellos y nada más. —¿Estás lista? —preguntó Donovan mientras se acercaba con los boletos de avión en mano. —No, pero supongo que él me enviará esté lista o no —le respondió con un suspiro de resignación. Donovan sonrió, porque en verdad no había otra opción, una vez Angelo tomó la decisión nada le hizo cambiar de opinión. —Estaré disponible para ti, cualquier cosa que necesites puedes pedirlo a tus maestros o llamarme, no importa la hora —le indicó con sinceridad, Mía era una niña muy inteligente y fácil de querer. —Gracias Donovan, gracias por lo que has hecho por mí, siendo que no soy tu responsabilidad. Tomó su pequeña maleta de mano que Louisa le había obsequiado y se encaminó a la zona de abordaje con un suspiro y lágrimas en sus ojos. Elevó una plegaria al cielo por sus padres fallecidos y por ella, porque su nueva vida no fuera tan terrorífica como la que dejaba atrás. No tenía idea de cuánto tiempo estaría fuera o siquiera si tendría la oportunidad de volver, cerró los ojos para no ver el momento que abandonaba su país. Angelo observó el avión desde la distancia, sabía que en ese avión se marchaba lo último que quedaba de Maya, se sintió tranquilo y liberado. Él no podía cuidarla, pero se aseguraría de que tuviese una buena vida, una educación y una carrera que le permitiera tener un buen futuro. Él le había puesto todo sobre la mesa, el resto dependía de Mía Black.
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