El hospital donde la doctora Samanta atendía quedaba a sólo veinte minutos de casa, pero para Angelo aquellos veinte minutos se convirtieron en los más largos de la historia. Estaba nervioso y las manos le temblaban al ver a Mía apretar los labios con fuerza. —Tranquila cariño, respira, respira ¡respira! —gritó, mientras pisaba el acelerador. Mía lo observó con una ceja elevada, no iba a negar que le dolía como el infierno, pero ella no estaba gritando, trataba de hacer los ejercicios que Samanta le había aconsejado. —Angelo, ve con más cuidado, las contracciones aún son tolerables —pidió poniendo una mano sobre el brazo de Angelo para calmarlo. —Dios, debo ser yo quien trate de calmarte y no al revés —dijo con una ligera sonrisa. Angelo sentía que el corazón se le salía del pecho, te

