Intento quedarme con los ojos cerrados encima de mi cama, pero me es imposible. No puedo dejar de pensar en la muerte repentina de Rebecca, en Valeria, en el profesor Dawson... todo da vueltas en mi cabeza como si a alguien se le hubiera ocurrido jugar un partido de ping-pong con mis pensamientos. Cuando el reloj del viejo teléfono que me entregó mi padre marca las doce en punto, los golpes en mi ventana se hacen presentes, provocando que yo dé un enorme respingo en mi cama. Por la actitud de Zeus, puedo reparar que se trata de alguien que ambos conocemos. Me siento encima de la cama y me pongo una sudadera lo más rápido que puedo para dirigirme a abrir la ventana; del otro lado, Alice me entrega una mirada de pocos amigos, provocando que yo cierre los ojos rogando para que aquello que

