CAPITULO 4

1333 Palabras
La madrastra la miró con desdén, pero no dijo nada más. Mariana se dirigió al dormitorio, sintiendo el peso de la noche sobre sus hombros. Al entrar, vio a sus hermanos dormidos en la pequeña cama. Se acercó a ellos y los observó por un momento, sintiendo una mezcla de amor y tristeza. «No sé qué hacer, si no traigo dinero, no la pasaremos bien, tengo que ver la manera de irnos», pensó con desesperación. Se acostó acurrucada junto a sus hermanos, buscando consuelo en su cercanía. Sacó la tarjeta de presentación del hombre que había salvado y la miró detenidamente. Repetía su nombre en voz baja, como si al hacerlo pudiera encontrar una solución a sus problemas. “Diego,” murmuró, sintiendo una extraña mezcla de esperanza y miedo. Mientras sostenía la tarjeta, su mente comenzó a divagar. ¿Podría realmente confiar en Diego? ¿Sería capaz de ayudarla a salir de esa situación? Mariana sabía que no podía seguir viviendo así, pero también temía las consecuencias de tomar decisiones precipitadas. Sus hermanos dependían de ella, y no podía permitirse cometer errores. El cansancio finalmente la venció, y se quedó dormida con la tarjeta aún en su mano. Soñó con un futuro mejor, donde ella y sus hermanos vivían en un lugar seguro y feliz, lejos de la violencia y el desprecio de su madrastra. En su sueño, Diego aparecía como un protector, alguien en quien podía confiar. A la mañana siguiente, Mariana se despertó con una nueva determinación. Tenía idea de que debía encontrar una manera de ponerse en contacto con Diego y solicitar su ayuda. No podía seguir viviendo con miedo y desesperación. Con cuidado, guardó la tarjeta en su bolsillo y se levantó, lista para enfrentar un nuevo día. Con el dinero que Diego le había dado, la madrastra no perdió tiempo en ir de compras. Mariana observó con impotencia cómo la mujer regresaba a casa cargada de bolsas llenas de ropa nueva para ella y sus hijos. Cada prenda que sacaba de las bolsas era un recordatorio doloroso de la injusticia que vivían. Mariana se mordió el labio, tratando de contener las lágrimas. Sabía que no podía hacer nada al respecto. La madrastra tenía el control y cualquier intento de confrontarla solo empeoraría las cosas. En su corazón, solo deseaba crecer y ser mayor de edad para poder escapar de esa vida y proteger a sus hermanos. —Mira, qué bonitas son estas ropas, te compré la mejor de la tienda —dijo la madrastra con una sonrisa de satisfacción, mostrando las nuevas prendas a sus hijos. Mariana se quedó en silencio, sintiendo una mezcla de rabia y tristeza. Sabía que ese dinero podría haber sido utilizado para comprar comida o cosas necesarias para sus hermanos, pero, en cambio, había sido gastado en caprichos de la madrastra. Esa noche, mientras sus hermanos dormían, Mariana se sentó en la pequeña mesa del dormitorio y sacó la tarjeta de Diego. La miró detenidamente, recordando su promesa de ayudarla si alguna vez lo necesitaba. Sabía que no podía seguir viviendo así, pero también temía las consecuencias de pedir ayuda y ser descubierta por su padre. Eso sería fatal para ella y sus hermanos. Finalmente, tomó una decisión. Guardó la tarjeta en su bolsillo y se prometió a sí misma que encontraría una manera de contactar a Diego. No podía seguir permitiendo que la madrastra controlara sus vidas. Debía luchar por un futuro mejor para ella y sus hermanos. —Mariana, ven, por favor —dijo la madrastra, con una voz dulce que era extraña en ella. Mariana se acercó con cautela, sintiendo que algo no estaba bien. —Dígame, señora —respondió, tratando de mantener la calma. —No seas tan tímida, siéntate, quiero que hablemos sobre tu futuro —dijo la madrastra, señalando una silla. —¡Mi futuro! —exclamó Mariana, sorprendida. —Sí, es que un hombre me ha pedido tu mano —dijo la madrastra con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. —¿Mi mano? ¿A qué se refiere? —preguntó Mariana, sintiendo un nudo en el estómago. —A un amigo mío, al parecer, le gustas. Él tiene un bar muy concurrido. Así que te convertirás en su mujer —dijo la madrastra, como si fuera la cosa más natural del mundo. —No, eso no lo acepto. Yo estoy trabajando para no ser una carga… —respondió Mariana, tratando de mantener la compostura. —Eso no es suficiente. Ese hombre nos dará un buen dinero, además tendrías la oportunidad de llevarte a tus hermanos. ¿No es eso lo que quieres? —dijo la madrastra, con una mirada calculadora. —No conozco a esa persona —protestó Mariana, sintiendo el pánico crecer en su interior. —Eso es lo de menos, ya verás que te irá bien —dijo la madrastra con malicia y segundas intenciones. Mariana sintió que el suelo se desmoronaba bajo sus pies. Sus padres, convencidos de que el dueño del bar local era el mejor pretendiente que ella podía tener, no entendían su deseo de libertad. Con una mochila al hombro y el corazón lleno de incertidumbre, decidió que era hora de tomar las riendas de su vida. Esa noche, mientras todos dormían, Mariana se levantó en silencio. Recogió sus pocas pertenencias y las metió en una mochila. Se acercó a la cama donde dormían sus hermanos y los observó por un momento, sintiendo una mezcla de amor y tristeza. Era consciente de que no podía llevarlos con ella en ese instante, pero prometió que regresaría por ellos. Con el corazón latiendo con fuerza, salió de la casa sin hacer ruido. La noche era oscura y silenciosa, y cada paso que daba la alejaba más de la vida que había conocido. No tenía idea de lo que le esperaba, pero estaba dispuesta a encontrar una forma de vivir libre y proteger a sus hermanos. Mientras caminaba por las calles desiertas, pensó en Diego y en la tarjeta que llevaba en su bolsillo. Sabía que debía encontrar una manera de contactarlo y pedir su ayuda. No podía seguir viviendo con miedo y desesperación. Con renovada determinación, se dirigió hacia un nuevo comienzo, sabiendo que el camino sería difícil, pero también lleno de posibilidades. Mariana se dirigió al parque cercano, con la esperanza de encontrar un teléfono público para contactar a Diego. Sin embargo, al llegar, se dio cuenta de que la mayoría de los teléfonos habían sido destruidos por los vagos del lugar. La frustración y la desesperación comenzaron a apoderarse de ella, pero no estaba dispuesta a rendirse. Caminó por el parque, buscando algún teléfono que aún funcionara. Finalmente, encontró uno en una esquina, medio oculto por la vegetación. Con manos temblorosas, sacó la tarjeta de Diego y marcó el número que aparecía en ella. Cada tono de llamada parecía durar una eternidad, y Mariana sentía que el corazón latía con fuerza en su pecho. Después de unos momentos, una voz masculina respondió al otro lado de la línea. —¿Hola? —dijo Diego, con un tono de sorpresa. —Hola, soy Mariana. La joven que te ayudó a llegar a la clínica el otro día —respondió ella, tratando de que él se acordara de ella. —¡Mariana, así te llamas! Me alegra saber de ti. ¿Estás bien? —preguntó Diego, con preocupación en su voz, por lo tarde que era. —No, no estoy bien. Necesito tu ayuda, tengo un problema grave —dijo Mariana, sintiendo que las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos. —Dime dónde estás y voy a buscarte —respondió Diego, sin dudarlo. Mariana le dio la dirección del parque y se sentó en un banco, esperando. Sentía una intensidad de miedo mientras miraba hacia todos los lados, el lugar estaba en silencio. Mientras meditaba, estaba tomando un gran riesgo al confiar en Diego. Sin embargo, no veía otra opción. Debía hacer todo lo posible por sobrevivir.
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