CAPITULO 5

1434 Palabras
Después de unos minutos que parecieron una eternidad, vio un coche acercarse. Diego salió del vehículo y corrió hacia ella, con una expresión de preocupación en su rostro. —Mariana, ¿qué pasó? ¿Por qué estás sola en este sitio, solitario? —preguntó, tomando sus manos. —Mi madrastra quiere casarme con un hombre que no conozco. Hui de casa. No puedo seguir viviendo así. Necesito tu ayuda para salir de esta situación y proteger a mis dos hermanos, los abandoné y posiblemente la pasen mal sin mí —dijo Mariana, con lágrimas corriendo por sus mejillas. Diego la miró con determinación y asintió. —No te preocupes, te ayudaré. Vamos, sube al coche. Encontraremos una solución juntos —dijo, guiándola hacia el vehículo. Diego no podía creer todo lo que la joven le confesaba en su desesperación y miedo. Mientras conducía, escuchaba atentamente cada palabra que Mariana decía, sintiendo una mezcla de incredulidad y compasión. No podía imaginar el sufrimiento que había soportado y la valentía que había demostrado al buscar su ayuda. —No te preocupes, Mariana. Te prometo que no permitiré que vuelvas a esa situación —dijo Diego, con determinación en su voz. Mariana, quien aún se encontraba temblando, asintió con gratitud. Sentía que, por primera vez en mucho tiempo, alguien realmente se preocupaba por ella y sus hermanos. Mientras el coche avanzaba por las calles oscuras, Diego comenzó a trazar un plan en su mente. Sabía que debía actuar rápidamente para asegurar la seguridad de Mariana y sus hermanos. A la vez no quería meterse en los líos legales porque la joven es menor de edad. —Primero, vamos a mi apartamento. Allí estarás a salvo y podremos pensar en los próximos pasos —dijo Diego, tratando de tranquilizarla. Al llegar al lujoso condominio, Diego ayudó a Mariana a salir del coche y la guio hacia su apartamento. Al entrar, Mariana quedó impresionada por la elegancia y el confort del lugar. Era un mundo completamente diferente al que ella conocía. —Siéntate, por favor. ¿Quieres algo de beber? —preguntó Diego, tratando de hacerla sentir cómoda. —Agua, por favor —respondió Mariana, con voz temblorosa. Diego le trajo un vaso de agua y se sentó frente a ella. —Cuéntame más sobre tu situación. Necesito saber todo para poder ayudarte mejor. ¿Ya comiste? —dijo, con una mirada seria. —No he comido nada —respondió Mariana, sintiendo la vergüenza apoderarse de ella. —Primero come —dijo Diego, levantándose para traerle algo de comida. Mariana se sentó con cuidado, tratando de no ensuciar los muebles. Cuando Diego regresó con un plato de comida, sus ojos se abrieron con sorpresa. No estaba acostumbrada a ver tanta comida y menos a tenerla solo para ella. Diego la animó a comer, y sin perder tiempo, Mariana comenzó a devorar la comida. Mientras lo hacía, las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas al pensar en sus hermanos, que probablemente estaban con hambre. Diego observó en silencio, comprendiendo el dolor y la desesperación que sentía Mariana. Sabía que debía actuar rápidamente para ayudarla y a sus hermanos. —No te preocupes, Mariana. Vamos a encontrar una solución para todo esto, en este país debe de haber leyes que los protejan —dijo Diego con voz suave, tratando de consolarla. —Las hay, pero eso sería separarme de ellos y no podré cuidarlos. —Comprendo, déjame, ver qué puedo hacer. Mariana asintió, agradecida por la comprensión y el apoyo de Diego. Mientras terminaba de comer, comenzó a contarle más detalles sobre su vida, la violencia de su padre, la crueldad de su madrastra y su desesperación por proteger a sus hermanos. Diego escuchaba atentamente, sintiendo una creciente determinación de hacer todo lo posible por ayudarla. —Lo primero que haremos es asegurarnos de que tus hermanos estén a salvo. Luego, encontraremos una manera de que puedas vivir libremente y sin miedo —dijo Diego, con una sonrisa tranquilizadora—. No te preocupes, Mariana. Tengo contactos y recursos que pueden ayudarnos a resolver esto. Mariana sintió una chispa de esperanza encenderse en su corazón. Por primera vez en mucho tiempo, sentía que no estaba sola en su lucha. Diego, percibiendo su alivio, decidió actuar de inmediato. —Vamos a empezar ahora mismo —dijo Diego, levantándose de la mesa—. Conozco a una organización que puede ofrecer refugio seguro para tus hermanos. Haremos una llamada y organizaremos todo. Mariana lo miró con gratitud, sus ojos llenos de lágrimas. Diego tomó su mano y le dio un apretón reconfortante. —Con tal que yo pueda estar con ellos no hay problema, yo trabajaré duro para sacarlos adelante. —Confía en mí, Mariana. No estás sola en esto. Juntos, encontraremos una salida. Diego sacó su teléfono y comenzó a marcar el número de la organización. Mientras esperaba que respondieran, miró a Mariana y le sonrió con confianza. —Todo va a estar bien —le aseguró—. Vamos a encontrar personas que ayuden. La llamada fue breve pero efectiva. La organización estaba dispuesta a recibirlos a los tres, ahora era sacar a los niños, no era tarea fácil. Diego le dio un celular para que grabara los maltratos de escondidas, de esa manera, si ellos no firman una carta poder sobre los tres, entonces usaría eso para amenazarlos. Ella asistía mientras él le explicaba cómo funcionaba el dispositivo, y rápido lo escondió en su ropa. Ella comió como nunca lo ha hecho. Diego la dejó a una distancia prudente de su casa para no levantar sospecha, eso sin imaginarse lo que presenciaría. Al acercarse la joven a la casa, miró cómo una mujer mayor la agarró del cabello y la tiró al suelo. También miró a sus dos hermanos correr hacia su hermana para ayudarla, pero ellos también eran castigados. Diego golpeó el timón del auto, que sus ojos presenciaran tanta crueldad, le heló la sangre. Al día siguiente, Diego se reunió personalmente con la organización. Le explicaron que, debido a la alta demanda y recursos limitados, solo podían ofrecer refugio temporal para los hermanos de Mariana. Esta noticia no era alentadora, pero Diego no estaba dispuesto a rendirse. —Entiendo la situación —dijo Diego, con una expresión seria—. Agradezco su ayuda, pero necesitamos encontrar una solución a largo plazo. ¿Hay alguna otra organización o recurso que pueda ayudarnos? El representante de la organización asintió, comprendiendo la urgencia del caso. —Podemos ponerte en contacto con otras organizaciones que podrían ofrecer ayuda a largo plazo. También te sugerimos buscar apoyo legal para asegurar la custodia de los niños. Diego tomó nota de las recomendaciones y agradeció al representante. Aunque era algo que no le dejaba buen sabor de boca; sin embargo, estaba decidido a hacer todo lo posible por Mariana y sus hermanos. Diego mandó a su asistente a vigilar la casa de Mariana, con instrucciones de reportar todo lo que sucediera y avisarle en cuanto la joven saliera. Fue avisado que la joven lo esperaba, y Diego se reunió con Mariana para informarle sobre la situación. —La organización solo puede ofrecer refugio temporal, pero no te preocupes. Ya estoy buscando otras opciones y apoyo legal para asegurar la custodia de tus hermanos —le dijo, tratando de infundirle confianza. Mariana asintió, aunque la preocupación era evidente en su rostro. Miró los hematomas en sus brazos y suspiró. —Gracias, Diego. Espero que encuentres una solución para nosotros —respondió, con una mezcla de gratitud y ansiedad. —Mariana, no estás sola. Vamos a encontrar una solución, juntos. Te prometo que no me iré del país hasta dejarte en buenas manos —dijo Diego, con determinación—. Ahora, más que nunca, necesitamos ser fuertes y seguir adelante. Mariana, conmovida por las palabras de Diego, le agarró ambas manos y se las besó en señal de agradecimiento. Diego, sintiéndose incómodo, pero también conmovido por el gesto sincero de la joven, la abrazó. —Todo estará bien —le aseguró, con voz suave. En ese momento, el teléfono de Diego sonó. Era su asistente, informándole que tenía una reunión y debía ir a cambiarse de ropa. —Mi asistente dice que tengo una reunión. Como sabrás, estoy en este país por negocios y debo cumplir con las reuniones. Todo está tranquilo por ahora. Vamos a aprovechar este momento para planear nuestros próximos pasos en otro momento. Mantén el celular cerca de ti siempre y me puedes llamar a cualquier hora. Te aseguro que en mí tienes un apoyo —dijo Diego, con una sonrisa tranquilizadora.
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