CAPITULO 6

1236 Palabras
Una tarde, donde Mariana no pudo llevar dinero a casa, la pasaron muy mal. Ella, por guardar la seguridad de sus hermanos, sufrió sola los castigos de su padre en estado de ebriedad; en ese estado era más fácil que la madrastra lo manipulara. Diego, con el corazón acelerado, se dirigió hacia la casa de la joven. El abogado, un hombre de mediana edad con una expresión seria, lo acompañaba. Al llegar, escucharon los gritos del padre de la joven, que resonaban en la noche tranquila. Diego apretó el documento en sus manos, sintiendo la tensión en el aire. Antes de tocar la puerta, escuchó a una mujer decir que el hombre del bar estaba dispuesto a pagar cien dólares por la joven. Diego sintió una oleada de ira y apretó los puños con fuerza. Respiró hondo y golpeó la puerta con determinación. Una mujer abrió la puerta, mirándolo con desconfianza de arriba abajo. —¿Quién es usted? ¿Qué desea? —preguntó con voz áspera. —Escuché que ustedes están vendiendo a una joven, y estoy aquí para ofrecer dinero —respondió Diego, tratando de mantener la calma. La mujer lo miró con recelo, notando su ropa sencilla. —Usted viste tan corriente. ¿Dónde está la policía? —dijo, mirando hacia la calle con nerviosismo. —¿De qué habla? —preguntó Diego, confundido. —De seguro me está poniendo una trampa. Yo nunca vendería a mi hijastra, yo los amo como a mis hijos —respondió la mujer, aunque sus ojos delataban una mezcla de miedo y avaricia. Diego sacó un fajo de billetes de su bolsillo y lo mostró a la mujer. —Traigo conmigo veinte mil dólares. Usted tiene la última palabra. Si no quiere, en este momento me voy. Los ojos de la mujer se abrieron con sorpresa y codicia. —¡Veinte mil dólares! Eso es posible —dijo, cambiando su tono a uno más amable y haciéndolo pasar. Diego entró en la casa, observando el entorno. No era una casa pobre, pero estaba claro que la joven trabajaba duro. El abogado se quedó cerca de la puerta, observando con cautela. —¿Dónde está la joven? —preguntó Diego, mirando a la mujer. —Está en su habitación, descansando —respondió la mujer, señalando una puerta al fondo del pasillo. Diego asintió y se dirigió hacia la puerta, sintiendo una mezcla de alivio y preocupación. Sabía que estaba a punto de cambiar la vida de la joven para siempre, y esperaba que fuera para mejor. Al abrir la puerta, miró una pequeña cama donde tres delgadas personas dormían con dificultad. Diego tragó grueso, pero ocultó su pesar. Con pasos silenciosos, se acercó a la cama y observó a las tres figuras. La joven, apenas reconocible por su delgadez, estaba en el centro, con su rostro pálido y ojeras profundas. A su lado, dos niños pequeños, probablemente sus hermanos, se acurrucaban en busca de calor. Diego sintió una punzada en el corazón al ver la miseria en la que vivían. La joven abrió los ojos lentamente, despertada por la presencia de Diego. Al verlo, sus ojos se llenaron de sorpresa y miedo. Diego se arrodilló junto a la cama y le habló en voz baja. —No temas, estoy aquí para ayudarte —dijo, tratando de transmitir calma y seguridad. La joven lo miró con confianza, asintió levemente. Diego sacó el documento y el dinero, mostrándoselos. —Voy a sacarte de aquí. Este es el dinero que he traído para tu libertad. No tendrás que volver a sufrir así —dijo con determinación. La joven miró el dinero con incredulidad, y luego a Diego. Sus ojos se llenaron de lágrimas, y por primera vez en mucho tiempo, una chispa de esperanza brilló en su mirada. Diego se levantó y se dirigió a la mujer que los había dejado entrar. —Aquí está el dinero. Quiero que el padre firme esta carta de poder, porque me los llevaré a los tres. Si no, no hay dinero —dijo con firmeza. —¡Los tres, imposibles! —Son veinte mil dólares, como le dije antes, usted tiene la última palabra. La mujer se quedó meditando, mirando hacia lo lejos, observando a su esposo tirado en el sofá por la borrachera. Tomó el dinero con avidez, contando los billetes rápidamente. Luego, tomó el documento y se dirigió hacia su esposo, quien murmuraba levemente. Ella le dijo unas palabras, y el hombre apenas abrió los ojos. La mujer le dio la pluma y él, con dificultad, firmó el documento. La sonrisa de la mujer se amplió. Asintió y se apartó, permitiendo que Diego, la joven y los dos adormitados niños salieran de la casa. Mientras caminaban hacia la libertad, Diego sintió una mezcla de alivio y responsabilidad. Estaba decidido a hacer todo lo posible para darle a la joven una vida mejor. Diego y la joven caminaron en silencio por las calles oscuras, alejándose de la casa que había sido una prisión para ella. La joven, aún incrédula, miraba a su alrededor con ojos llenos de asombro y esperanza. Diego la observó de reojo, notando la fragilidad en su andar y la determinación en su mirada. —¿Cómo te llamas? —preguntó Diego suavemente, rompiendo el silencio. —Carlos —respondió el varoncito con voz tímida. —Carlos, te prometo que, a partir de ahora, tu vida será diferente. No más sufrimiento, no más miedo —dijo Diego con convicción. Mientras, Isabella se ha dormido en los brazos de Mariana. Diego los llevó a su apartamento, un lugar espacioso y lleno de comodidades que los niños nunca habían visto antes. Al llegar, el niño más pequeño comenzó a explorar el sitio con ojos llenos de asombro. Nunca en su corta vida había visto tanto lujo. Cada objeto que miraba le parecía un tesoro, pero también le daba miedo ensuciarlo, así que trató de mantenerse alejado, observando con admiración desde la distancia. Diego los condujo a un dormitorio extra que tenía en su apartamento. Era una habitación acogedora, con camas cómodas y sábanas limpias. Les dijo que descansaran, pero no sin antes darles de comer. Preparó una comida sencilla pero nutritiva, y los niños comieron con avidez, agradecidos por el alimento. La joven despertó a Isabella, la más pequeña, para que comiera. Isabella, al ver que ya no estaban en su sucio y pequeño dormitorio, sonrió y abrazó a su hermana mayor con fuerza. La alegría y el alivio eran palpables en el aire. Diego observó la escena con una mezcla de satisfacción y determinación. Sabía que había hecho lo correcto al rescatarlos. Estaba decidido a brindarles un hogar seguro y lleno de amor, donde pudieran sanar y construir un futuro mejor. —Descansen bien. Mañana será un nuevo día y empezaremos a planear su futuro —dijo Diego con una sonrisa cálida. Mariana y los niños asintieron, sintiéndose por primera vez en mucho tiempo seguros y esperanzados. Mientras se acomodaban en sus nuevas camas, Diego cerró la puerta suavemente, dejando que el silencio y la paz llenaran la habitación. Los pequeños, al verse solos en su nuevo hogar, abrazaron a su hermana, dándole las gracias y comentando lo delicioso que había sido la comida. —Ya no más hambre, ahora viviremos bien —les dijo la joven con lágrimas en los ojos, finalmente viendo la luz al final del oscuro túnel.
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