El día caía suavemente sobre nosotros, tiñendo el cielo de tonos rosados y naranjas mientras nos sentábamos en la vieja banca del parque. Diego, con su mirada perdida en el horizonte, comenzó a desgranar los recuerdos de su vida, una existencia marcada por las sombras de una familia que no comprendía su anhelo de libertad. Su voz, aunque firme, no podía ocultar el temblor emocional que le provocaba hablar de su madre, esa figura autoritaria que había moldeado su destino con manos de hierro, favoreciendo siempre al primogénito, el heredero de los viejos prejuicios y ambiciones familiares. El hermano de Diego, un peón más en el ajedrez de la tradición, había urdido un plan para encadenar a Diego a un matrimonio sin amor, un contrato frío que llenaría las arcas familiares, pero vaciaría su a

