Siento una leve caricia en mi cadera. No quiero abrir mis ojos porque estoy demasiado cómoda cómo para moverme. —Em, despierta —me susurra al oído con su voz áspera y varonil, haciendo que mi piel se erice de inmediato. No quiero abrir mis ojos, no lo hago. En cambio, abrazo más el delgado cuerpo que desde anoche no he querido soltar a pesar de sus pataletas. —Mi amor… —lo oigo reír un poco—. Realmente desearía pasar el día así, pero tengo cosas que hacer, además son las diez de la mañana, y ese no es nuestro hijo a quien abrazas. Abro mis ojos con sorpresa, y al darme cuenta de a quien estoy abrazando, o mejor dicho, lo que estoy abrazando, volteo mi rostro y miro a Andrew en busca de una explicación. Se ríe, le parece divertido mi cara de confusión, porque hasta hace unas horas era e

