El sol comenzaba a esconderse detrás de las colinas cuando llegué a Bronxville, el lugar que alguna vez llamé hogar. La ciudad estaba más quieta de lo que la recordaba, la misma calma que solía sentir cuando salía a caminar por la tarde con Lucy, cuando las luces de las casas se reflejaban en las calles mojadas por la lluvia. Pero al regresar, algo había cambiado. El aire olía diferente y el silencio tenía un peso que no podía ignorar.
Mis pasos resonaron en la acera como un eco distante mientras me acercaba a la casa, la casa que había compartido con Lucy y Anto; la casa que había dejado atrás sin una palabra, sin despedida, solo con una nota escrita a mano.
Cuando llegué a la puerta, la vi cerrada, tranquila, como si todo estuviera en su lugar. Sin embargo, no lo estaba. La pesadez de lo no dicho flotaba en el aire. Toqué el timbre y, antes de que el sonido pudiera desvanecerse, Lucas abrió la puerta.
No era como lo recordaba. La preocupación y el cansancio marcaban sus ojos. Sus hombros estaban tensos, su rostro más endurecido que la última vez que nos vimos. Nos miramos en silencio por un largo momento, ninguno de los dos sabía qué decir. Finalmente, Lucas fue el primero en hablar.
—¿Qué haces aquí, Miles? —su voz era baja, pero contenía una rabia palpable. Yo solo lo miré sin saber qué decir. Todo lo que pensaba estaba atrapado en mi garganta y, al final, lo único que pude hacer fue balbucear.
—Vine a ver a Lucy y a Antonio.
Lucas resopló. Su gesto era de alguien que ya sabía a lo que venía, alguien que había visto esa escena mucho antes de que yo decidiera regresar.
—¿De verdad? —su tono cambió—. ¿Eso es todo? ¿Después de todo lo que pasó, eso es lo que tienes para decir?
Me quedé en el umbral de la puerta, sintiendo su mirada, sin saber cómo continuar.
––Lucas, Yo... —traté de explicarme, pero las palabras se me enredaron—. Lo siento. He estado perdido. No sabía cómo enfrentarme a todo lo que me había pasado.
Lucas no dijo nada durante un rato. Solo me miró y sentí sus ojos perforando mi alma. Luego suspiró y dio un paso atrás.
Dentro de la casa, el ambiente estaba frío, más de lo que recordaba. No había risas, no había la calidez de antes. Lucy estaba sentada en el sofá, pero su mirada ya no era la misma. Había una distancia en sus ojos, un muro que parecía invisible, pero que resaltaba por todo el lugar.
—¿Qué estás haciendo aquí, Miles? —aunque no me gritó, sus palabras me golpearon como un látigo.
—Lucy, lo siento... —traté de acercarme, pero algo en su postura me detuvo. Ella me miraba como si fuera un extraño, como si no me conociera. Antes de que pudiera decir algo más, Lucas intervino.
—Seguro no tienes ni idea de lo que le hiciste, ¿no es así, Miles? —dijo, su voz cargaba ira.
Me quedé en silencio, incapaz de defenderme. No sabía qué había ocurrido, pero sabía que yo tenía la culpa. Mi ausencia había dejado una herida en ella, algo que no podría borrar ni dando mi vida a cambio. Lucas se acercó más, su expresión era cada vez más dura.
—¿Cómo puedes mirar a Lucy y decir únicamente «lo siento»? —preguntó—. ¿Cómo puedes ser tan egoísta, Miles?
—No soy el hombre que crees que soy —esas palabras salieron de mi boca sin pensarlas. Lucas negó con la cabeza, frustrado, y se dio la vuelta para caminar hacia la ventana. El aire entre los tres se volvió más denso, entonces Lucas habló nuevamente, con una calma que me heló.
—Miles, lo que le hiciste a Lucy no tiene perdón. Y no hablo solo de irte sin decir nada, de desaparecer, de dejarla…, hablo de lo que le hiciste a ella cada vez que volviste a ser esa persona, ese hombre roto que se refugia en sus propios demonios.
Me sentí como si me hubieran golpeado. Sus palabras fueron tan duras, tan reales, que se me quedaron clavadas en el pecho.
—Y lo peor es que ella te ama. A pesar de todo, a pesar de lo que has hecho. Pero tú... tú no eres bueno para ella, Miles. Y si no lo entiendes, si no lo ves, entonces tienes que dejarla ir.
Mi respiración se aceleró. No sabía cómo reaccionar ante eso. Lucas, mi amigo de toda la vida, mi hermano en todo, menos por sangre, me estaba dando un ultimátum.
—¿Qué estás diciendo? —musité con voz rota.
—Estoy diciendo que, si no puedes buscar ayuda, si no puedes enfrentarte a tu pasado y a tus demonios, entonces tienes que dejarla ir. —Lucas me miró directamente, sin ningún rastro de piedad en su mirada—. El amor también es dejar ir, Miles. Es dejar ir para que ella pueda ser feliz, aunque eso signifique que no seas tú quien la haga feliz.
Me quedé sin palabras. Los recuerdos de la guerra, de la explosión, de las noches sin dormir, de las caras de mis amigos muertos… todo eso se entrelazaba en mi cabeza, haciéndome sentir como si fuera incapaz de hacer algo, de ser algo más que un hombre roto. Lucy me miraba desde el sofá, con los ojos llenos de lágrimas. El tiempo que había pasado me había cambiado más de lo que pensaba. Lucas dio un paso hacia mí y puso una mano en mi hombro, como un gesto de despedida.
—Si realmente la amas, Miles, haz lo que tienes que hacer. Busca ayuda. Pero si no lo haces, si no eres capaz de ser el hombre que ella necesita, entonces déjala ir. Déjala ser feliz.
Las palabras de Lucas retumbaron en mi mente de nuevo mientras él se giraba y salía de la habitación, dejando el espacio entre Lucy y yo aún más grande. La distancia entre nosotros era ahora un abismo que ni el amor, ni el tiempo, iba a poder salvar. Me quedé allí, de pie, sintiendo que el último hilo de esperanza que había tenido se deslizaba entre mis dedos. Las palabras de Lucas fueron solo la confirmación a mis pensamientos.
—Es mejor que te vayas, Miles ––dijo Lucy entre suspiros––. No quiero que Ant vuelva de donde mis padres y te vea aquí. Ya escuchaste a Lucas. No estoy segura de qué fue lo que te hizo volver, y espero que no haya sido la noticia de mi embarazo, pero Lucas tiene razón.
Me acerqué a ella, pero elevó su mano.
—Lo siento, Lucy, no debí haberme ido de esa manera, pero… entiéndeme.
—Te entendía, Miles. Lo hacía. Por eso te di tu espacio cuando me aconsejaban que eso debía hacer y estuve cerca cuando me dejabas estar cerca. Intenté que mi amor fuera suficiente para ayudarte a superar tu trastorno, sin embargo, entendí que no era yo la que necesitaba pedir o buscar ayuda por ti. Asumí una responsabilidad que no me correspondía. Me dolía cada vez que dejabas tu tratamiento sin pensar en nosotros o en las consecuencias que eso podría traer, pero ya no puedo seguir asumiendo la responsabilidad por ti, así que te pido que mientras no aceptes volver a tus terapias, no vuelvas aquí. Ant necesita a su padre, pero también necesito que su padre sea capaz de enseñarle que los problemas se deben afrontar.
Me lastimó verla en ese estado. Un estado que posiblemente la había acompañado todo ese tiempo, y no me pude resistir. Me acerqué a ella y me senté a su lado. Intenté abrazarla, pero ella no me lo permitió. pero no fue correspondido, y eso solo hizo más grande la herida.
—Iré a terapia, amor. Juro que sin importar lo difícil que sea, lo haré y lograré volver a ser merecedor de ustedes.
—No lo digas, hazlo. Por lo pronto creo que tu madre podría recibirte en su casa —dijo y se puso de pie. Caminó hasta la puerta y la abrió para que yo saliera.