CAPÍTULO 6

2001 Palabras
El sol por fin iluminó las calles de Nueva York, esas que nunca se detienen y donde nunca hay silencio. El bullicio de la ciudad, el ruido de los autos, las bocinas, la gente apurada, todo seguía su curso, mientras yo caminaba como un espectro entre la multitud. Sin un rumbo claro me perdí en esas calles. Tenía un vacío en el pecho que no sabía cómo llenar, algo de dinero y una mochila. No sabía a dónde ir, ni quién era. Lo único que tenía claro era que la ciudad parecía una cárcel y, al mismo tiempo, un refugio. Había algo en la multitud que me hacía sentir invisible, y en el aire algo me susurraba que debía irme. Entonces le hice caso. La despedida fue muda. Nadie me vio irme. Las últimas palabras las había dado la noche anterior y me dirigí hacia el sur, dejando atrás la ciudad que nunca perdona. Una moto vieja fue mi única compañera. La había encontrado en un taller de segunda mano en las afueras de Nueva Jersey, un modelo algo oxidado, pero lo suficientemente fiable para lo que quería hacer. Era una Harley Davidson antigua que, a pesar de su desgaste, tenía alma. Los primeros kilómetros fueron un escape, una fuga. El viento en mi cara, el rugir del motor, la sensación de velocidad, todo me envolvía y me hacía sentir por un momento que podía ser alguien más. Alguien lejos de las sombras que me perseguían. A veces, solo el sonido de la carretera era lo único que me mantenía cuerdo. La autopista era interminable. Se extendía frente a mí como un mar de asfalto. El horizonte era lejano, incierto, pero eso no importaba. Solo importaba estar en movimiento. Todo lo demás era solo ruido, ruido de mi cabeza, de los recuerdos que se apoderaban de mí. Pasé un tiempo sin saber de mi familia. No pude deshacerme del teléfono, aunque mantuvo todo el tiempo en modo avión, o apagado. Para lo único que lo usaba era para ver de vez en cuando las fotos y videos de Lucy y Ant para no olvidar el por qué necesitaba reencontrarme. Había recorrido ya siete estados del país y estaba viajando rumbo al octavo. Cuando llegué a Knoxville, en el estado de Tennessee, el cielo estaba gris y la tierra empapada por la tormenta. Había manejado ya varias horas y mi cuerpo empezaba a sentir el peso del viaje. La moto crujía y su motor, un poco cansado, apenas se mantenía; ya la había tenido que reparar en tres ocasiones. Necesitaba descansar, por lo que decidí detenerme debajo de un puente. Miré hacia un lado y vi un bulto cubierto por cajas de cartón y, al lado de este, había una silla de ruedas con bolsas reciclables intentando ocultarla de la lluvia. Me acerqué a ver qué era lo que cubrían las cajas y dentro estaba un hombre de edad avanzada, con la piel curtida por el sol. Llevaba una camisa a cuadros y un pantalón beige desgastado. Su cara estaba arrugada por los años y no tenía una de sus piernas. —¿Buscas algo, hijo? —dijo con voz rasposa. Me sorprendió que no se asustara al verme invadir su privacidad, aunque parecía más acostumbrado a las visitas inesperadas que yo a las conocidas. Me quedé parado con el casco en la mano y, por un momento, me sentí llamado a saber su historia. —¿Te puedo ayudar en algo? —preguntó de nuevo. El hombre me miró un momento, se sentó y, como si pudiera leer mi mente, sonrió. —Supongo que te interesa saber qué ocurrió. Yo Afirmé. Con la tormenta llenando la ciudad y el motor viejo descansando, no tenía mucho que hacer, así que me senté a su lado y dejé la mochila sobre el suelo. El sonido de la lluvia golpear todo a su paso emanaba algo de calma. El hombre, a pesar de la edad y su pierna perdida, parecía sereno, como si hubiera hecho las paces con lo que le había tocado vivir. —¿De dónde vienes? —me preguntó sin mirarme directamente, como si ya supiera que la respuesta no era simple. —De... de ningún lugar. —No supe cómo responder. No sabía si quería contarle mi historia—. Solo estoy andando. Necesitaba alejarme de todo. El hombre asintió lentamente. Su mirada era intensa, como si hubiera visto demasiado, como si hubiera caminado por un abismo similar al que yo me encontraba. —Perdí la pierna en algún lugar del desierto, mientras ayudaba a una familia a reubicarse en Bagdad ––lo dijo como si no fuera un gran asunto. Como si el dolor ya no fuera algo que lo definiera—. También perdí mi razón, mi vida, mi familia y muchos de mis amigos. Pero eso último no me lo quitó una bala, fue por mi propia cabeza, hijo. Lo peor que te llevas de ser un soldado no son las heridas, es lo que te queda dentro. Lo que jamás olvidas. Sus palabras me golpearon con fuerza. No pude evitar pensar que tal vez este hombre entendía algo que yo había estado evitando. —¿Cómo lo manejas? —pregunté sin pensar. El hombre sonrió, pero no era una sonrisa de consuelo, sino de comprensión. —Primero que nada, me gustaría saber tu nombre. —Miles, Miles Milligan. —Mucho gusto, Miles. Yo soy Noah Harris. Respondiendo a tu pregunta, a veces no lo hago. A veces simplemente no tengo ganas de nada, o busco ocuparme en lo que sea para poder conseguir algo de comer. Lo que me pasó, lo que vi, lo que perdí, eso no se va a ir, hijo. Lo único importante es cómo decides vivir después. Nadie puede hacerlo por ti. Yo siempre viviré arrepentido de haber abandonado a mi familia. Me alejé tanto que después no pude volver. Ya ni recuerdo sus rostros, sus direcciones. No sé si mis hijos tendrán familia o si su madre hizo su vida, o si sigue viva. No sé nada. —¿Qué tal si vamos hasta ese restaurante de comida rápida y seguimos conversando? —propuse, viendo que la lluvia había cesado casi por completo. Mientras él se ubicaba en su silla de ruedas, yo rodeé en la salida más cercana hasta verlo afuera del restaurante esperando por mí. Pedimos un combo cada uno y, mientras comíamos, hablamos un poco sobre mí y mis razones para irme lejos de mi familia, y él pareció no juzgarme. Solo me dio la razón y me dijo que estaba joven y que no dejara que mis miedos me dominaran. —¿Por qué no pediste ayuda? Me imagino que debió haber quien se acercara para ayudarte. —comenté cuando él me contó más sobre su historia. —Eres muy ingenuo, Miles. ¿Quién se va a acercar a mí? Soy un hombre viejo, sucio y sin una pierna. Asusto a los niños con solo verme sentado, pidiendo un par de centavos para poder comprar algo de comida dentro de la gasolinera. —Su situación era lamentable. Algo dentro de mí me decía que no debía darle la espalda, que lo ayudara. —¿Y dónde duerme, normalmente? —pregunté. —Donde me agarre la noche. Los mejores lugares para dormir son cerca de los basureros de las comidas rápidas o restaurantes. Algunos de los jóvenes que trabajan por aquí cerca me dan algo sin ese detestable detergente que le colocan a la comida que les sobra y tiran a la basura —comentó, balbuceando con la boca llena. —Bueno, parece que hoy tendré compañero en mi habitación de hotel —dije y se atragantó con su soda. —¿Dejarás a un indigente entrar a tu habitación de hotel? —preguntó con algo de incredulidad. —Sí, es como cuando nos tocaba compartir la habitación con los demás soldados. —¿No tienes miedo a que robé tus cosas? —preguntó y negué. —No, porque algo que aprendimos muy bien en la milicia es a no tocar lo de nuestro compañero, ¿no es así? —Sus ojos brillaron, se empezaron a llenar de agua y movió su cabeza en afirmación. No dijimos nada más, nos concentramos en nuestra comida. Al terminar caminamos a una tienda de conveniencia y compramos algunas cosas para él. Las personas se nos quedaban viendo, más a él que a mí y, al momento de pagar, la señora que nos atendió, nos regaló una sonrisa. —Iré al baño —dijo en lo que estaba pagando las cosas. —Estás haciendo una muy bonita labor muchacho. Tu familia debe sentirse muy orgullosa —dijo la señora. Sus palabras fueron como espinas punzando mi corazón. Mi familia no sabía nada de mí desde hace más de tres meses. Algo dentro de mí se desmoronó. Estuve huyendo, buscando respuestas en todas partes, pero la verdad era simple: No podía seguir corriendo. Debía volver y enfrentarme a mi nueva normalidad. Al salir del restaurante caminamos hasta el hotel más cercano y me di cuenta de que era uno de estancia a largo plazo. Por lo que, mientras Noah se daba un baño, bajé a la recepción y pagué con una de mis tarjetas la estancia para tres meses. La reservación quedó a nombre de Noah, bajo mi responsabilidad. Volví a la habitación y nos quedamos horas hablando sobre varios temas. —¿Te quedarás? —preguntó y negué de inmediato. —No puedo quedarme. Tengo que volver. —dije con voz firme. Había entendido que, de haber seguido por el camino que iba, iba a perder a mi familia. Tomé mi teléfono, lo encendí, quité el modo avión del aparato y, por primera vez en mucho tiempo, mi teléfono volvió a sonar con fuerza. Uno a uno fue llegando cada mensaje de voz, mensaje de texto y notificaciones de otras aplicaciones. Tenía miles de mensajes de Lucy, mi madre, Lucas. La lista era interminable. Sin embargo, al abrir el último mensaje de mi madre, caí de rodillas al suelo. Era una fotografía que fue como una bofetada a la realidad. Mi respiración se agitó y la impotencia me comenzó a llenar. Yo había sido el que había elegido marcharse, el que creyó que todo iría mejor si no estaba. Pero esa foto lo cambiaba todo. «Tu esposa, celebrando su cumpleaños con tus dos hijos». Decía el mensaje junto a la fotografía. —¿Estas bien, muchacho? —preguntó Noah. —Tengo que volver a casa, ahora —dije y él sonrió. —Esa es la actitud. Bajo la atenta mirada de Noah, aproveché el momento para comprar un vuelo directo al John F. Kennedy con salida desde el aeropuerto más cercano, lo más pronto posible. —Pagué una estancia para ti por tres meses ––dije mientras buscaba el vuelo. Noah se había estado preparando para volver a la calle––. Puedes quedarte tranquilo. La estancia cubre los tres tiempos de comida y vendrán a ayudarte con la limpieza. Además, solo necesito que me des tus datos para poder ayudarte a buscar a tu familia. Por lo pronto, este es mi número de teléfono, llámame cuando quieras. Noah se quedó sin palabras por un momento y unas pocas lágrimas corrieron de sus ojos. —La vida sabrá premiarte esto que estás haciendo por mí, hijo. No te dejes ganar por los episodios de dolor, aprende a vivir con ellos. El pasado no se olvida, pero se puede aprender a vivir con él. Estreché mi mano con la suya en agradecimiento, le dejé los documentos, el casco y las llaves de la moto para que la vendiera y eso le dejara algo de efectivo. Salí de ese lugar con la misma desesperación con la que había dejado mi casa, esa a la que me moría por regresar y a la que posiblemente no se me permitiría volver a entrar.
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