—Vamos, Luna. No puedo vivir sin ti. No puedo vivir sabiendo que tienes que racionar el agua por mí. Iba a hablar, a replicar sobre la independencia, sobre Ruby... pero el agua, caliente y constante, caía sobre nosotros. Y entonces, el argumento se perdió en el tacto. El ambiente se encendió de nuevo. Alejo me besó bajo el chorro de agua, un beso posesivo que ahogó mi protesta. La urgencia del reencuentro no había desaparecido. Se había transformado en una necesidad desesperada de confirmación. Nuestras bocas se encontraron con fiereza, el agua caliente actuando como un lubricante y un conductor de la pasión. Sus manos recorrieron mi cuerpo con una intensidad renovada, cada caricia era una afirmación de que yo le pertenecía y que él me protegería. Mis gemidos eran absorbidos por el son

