El ataque era brutal e instantáneo. La vieja táctica de la culpa. Y, ¿qué más podía esperar de ella? Lucía siempre había usado el argumento de la adopción como un arma. —Lo siento —dije, bebiendo lentamente mi jugo de manzana que estaba al lado, forzando la calma—. No puedo hablar contigo. Voy a dormir. Ella quiere amargarme la mañana, pero no se lo voy a permitir... Ha pasado tanto tiempo y ahora ¿qué? ¡¿Quieren verme?! —¡¿Qué?! —soltó un grito que debió haber resonado en el teléfono, lleno de indignación. —Sí —respondí, al mismo tiempo que me bebía el resto de mi jugo de manzana y me levantaba. Me dirigí hacia la casa, mi paso era lento y deliberado, disfrutando de cada paso del mármol frío bajo mis pies. Mientras caminaba, decidí que esto se acababa aquí. —Suficiente —dije, con un

