El chico rubio me empujó, sin delicadeza, hacia una puerta de servicio que conducía al interior de la mansión. Entré en el infierno organizado: la cocina de la madre de Alejo. El aire estaba cargado de vapor, estrés y el aroma intenso de cientos de platillos. El ritmo era frenético. Chefes con gorros blancos gritaban órdenes en francés. Me sentí como si hubiera pasado de una novela de terror a un reality show de cocina de alto nivel. —¡A limpiar platos usados y a traer los aperitivos fríos! —ordenó el chico rubio, empujándome hacia una pila de vajilla sucia que crecía a un ritmo alarmante. ¡De mesera a lavaplatos! Mi pasantía está yendo de mal en peor. Si esto fuera un currículum, diría: "Experta en crisis de labiales, agresión en ascensores, y saneamiento de vajilla de élite." El páni

