Capítulo 1. Señorita Mastriani

1302 Palabras
La pequeña ventana en mi celda era la única conexión con el mundo exterior, permitiéndome ver las horas pasar lentamente. No había probado bocado desde que me encerraron acá. Las lágrimas se deslizaban incesantes por mis mejillas mientras los terribles acontecimientos daban vueltas en mi mente. Ni siquiera me permitieron hacer una llamada para explicar mi situación. Me sentía completamente sola y perdida. El chirrido de la puerta abriéndose me sobresaltó. El mismo oficial que me había esposado entró con su acostumbrada mirada de desprecio. —Levántate —ordenó con brusquedad. —¿A dónde me llevas? —pregunté con voz temblorosa. Una risa seca y maliciosa brotó de sus labios. —A la silla eléctrica. Vamos, te esperan. Mi cabeza era un caos de confusión y miedo. “¿Silla eléctrica? ¿Por qué me estaba pasando esto?” Seguí al oficial en un aturdido silencio, sintiendo que mi cuerpo se movía por inercia. La habitación a la que me condujeron era pequeña y austera, con solo una lámpara molesta, dos sillas y una mesa. Sentado al otro lado, un hombre rubio y apuesto de ojos verdes me observaba fijamente. —Soy el detective Marco Rossi, a cargo de su caso, señorita Mastriani —se presentó, utilizando un apellido de las familias más influyentes de Italia—. Tome asiento. Colocó un par de objetos sobre la mesa mientras yo lo miraba con aprensión, sin comprender nada de lo que estaba sucediendo. “¿Caso? ¿Mastriani?” La confusión me abrumaba, dejándome paralizada ante este extraño giro de eventos. Con manos temblorosas, tomé asiento frente al detective Marco Rossi. Él me observaba fijamente, como evaluando mi reacción. —Muy bien, señorita Mastriani —comenzó a hablar con tono severo—. Tenemos pruebas contundentes de lo que usted hizo y el crimen cometido. Deslizó un sobre manila sobre la mesa. Al abrirlo, mi corazón dio un vuelco. Eran fotografías de la que parecía ser yo, vestida con esas ropas negras y desarregladas, en la escena de un crimen. —¡Yo no hice nada de eso! —exclamé horrorizada, negando frenéticamente con la cabeza—. ¡Esa no soy yo, debe haber un error! El detective frunció el ceño y empujó otro sobre hacia mí. —¿Y qué me dice de estos videos de las cámaras de seguridad? La muestran en el lugar del asesinato del magnate Andrea Rossellini D’Avalos. Abrí el sobre con manos temblorosas. Las imágenes eran espeluznantes, mostrando a una mujer idéntica a mí huyendo de la escena del crimen. Todo esto parece una pesadilla de la cual debe despertar. —¡No, no, no! ¡Yo nunca haría algo así! —las palabras salieron entrecortadas mientras las lágrimas de impotencia rodaban por mis mejillas—. No sé qué está pasando, pero juro que no cometí ningún asesinato. Rossi entrelazó los dedos sobre la mesa, su mirada se endureció. —Entonces explíqueme, señorita Mastriani, ¿cómo es que tenemos pruebas suyas en la escena del crimen donde Andrea Rossellini fue apuñalado la noche pasada? El aire abandonó mis pulmones ante esa acusación. El asesinato de un magnate italiano y yo como presunta asesina y ejecutora de tal monstruosidad. Era una completa locura. —Tienen que creerme... —supliqué entre lágrimas—. Yo estaba de vacaciones en Amalfi hasta hace unas horas, soy una pintora, no tengo dinero, ni lujos. No tengo nada que ver con ese asesinato. ¡Soy inocente! El detective me estudió en silencio unos instantes antes de alcanzar otro sobre. —Eso tendrá que demostrarlo en la corte... Las pruebas en su contra son abrumadoras. —¡Mi nombre es Amber Redmond, no señorita Mastriani! —exclamé desesperada—. ¡Hay un terrible malentendido! Yo no tengo nada que ver con la familia Rossellini ni con ningún asesinato, nunca los he visto siquiera. El detective Rossi me miró con recelo, como si mis palabras sólo sirvieran para enredarme más en esta locura. —Las pruebas son bastante claras, señorita. Su rostro, sus huellas, todo la señala como la asesina de Andrea Rossellini. —¡Pero yo soy Amber! ¡Una simple turista de vacaciones! —las lágrimas caían sin control por mi rostro—. Ni siquiera sé quién es ese hombre o por qué alguien querría matarlo. ¡Deben creerme! Hubo un brevísimo destello de duda en los ojos de Rossi ante mi desesperada negativa. Quizá una pequeña parte de él consideraba que podía estar diciendo la verdad. —Entonces explíqueme cómo es posible que todas las evidencias la incriminen directamente, si como dice, usted es sólo una turista —replicó con tono seco. Negué frenéticamente con la cabeza, mis manos temblaban. —No lo sé... No tengo ni idea de lo que está pasando. ¡Pero juro por mi vida que soy inocente! Anoche yo... Me detuve, los recuerdos de aquel extraño encuentro en el baño del aeropuerto asaltaron mi mente. “¿Podría estar relacionado?” —Anoche, en el baño del aeropuerto, vi a... a alguien idéntica a mí —balbuceé, consciente de lo descabellado que sonaba—. Luego perdí el conocimiento, porque ella me atacó, ustedes mismo curaron el golpe y cuando desperté estaba vestida con esas ropas y me arrestaron. Rossi enarcó una ceja, escépticamente. Abrió la boca para responder, pero lo interrumpí. —¡Tiene que creerme! Sé que suena una locura, pero esta situación no tiene sentido. ¡Estoy tan confundida como usted! El detective clavó sus ojos en los míos durante unos tensos segundos antes de soltar un suspiro cansado. —Muy bien, señorita...Amber. Cuénteme toda la historia desde el principio. Asentí frenéticamente, un pequeño rayo de esperanza, se abrió paso en mi pecho. Quizá, sólo quizá, él podría ayudarme a salir de esta pesadilla. Tomé una profunda bocanada de aire, preparándome para relatar mi descabellada historia una vez más cuando, de repente, la puerta se abrió de golpe. Una mujer de mediana edad, vestida con un sobrio traje sastre, irrumpió en la sala con un par de carpetas en las manos. —Detective Rossi, tenemos un problema —dijo con tono apremiante. El aludido frunció el ceño con preocupación. —¿Qué ocurre, Detective Fiore? La recién llegada lanzó una mirada casi compasiva en mi dirección antes de entregarle una de las carpetas a su compañero. —Los resultados de la tomografía computarizada. La señorita... ehh... tiene una pequeña contusión cerebral debido al golpe en la cabeza antes de su arresto. Rossi revisó los documentos con expresión grave. —¿Y eso qué significa, exactamente? Fiore se aclaró la garganta. —Significa que cualquier testimonio o declaración que nos dé podría no ser del todo... confiable. El traumatismo puede estar desvirtuando sus recuerdos, como el insistir en que no es la señora Rossellini. El peso de sus palabras cayó sobre mí como un balde de agua helada. El miedo esparció su gélido abrazo por todo mi ser. —¡No! ¡Tienen que creerme! —chillé desesperada, con lágrimas desbordando mis ojos—. ¡No estoy mintiendo ni nada anda mal con mis recuerdos! El detective Rossi me observó con expresión indescifrable mientras su compañera negaba con la cabeza. —Lo siento, pero ese golpe pudo causarle una contusión que altere su percepción de la realidad. Por ahora no podemos fiarnos de nada de lo que diga. —¡No! ¡Por favor! —supliqué entre sollozos—. ¡Soy inocente, lo juro! ¡Tienen que creerme! Pero mis ruegos sonaron casi inaudibles cuando los dos detectives salieron de la sala, dejándome sola con mi angustia. Las paredes parecían cerrarse a mi alrededor mientras un frío aterrador se apoderaba de mi cuerpo. Si no confiaban en mi versión “ ¿cómo podría probar mi inocencia?”
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