Capítulo 2. Encerrada

1445 Palabras
El sonido metálico de la puerta al cerrarse aún resuena en mis oídos. Una semana. Siete días que se han arrastrado como caracoles por las paredes grises de esta celda. Amalfi, con sus aguas turquesas y sus atardeceres de acuarela, parece un sueño febril desde aquí. Me rio amargamente. “¿Quién diría que el paraíso escondía un infierno?” Me siento en el catre duro, mis manos manchadas de lo que antes era pintura ahora solo tienen la suciedad de este lugar. "Giulia Mastriani," me llaman. La prometida del difunto Andrea Rossellini. Una farsa, una identidad robada que me han forzado a vestir como un traje mal ajustado. —¡Eh, Giulia! —grita una voz áspera desde la celda de enfrente—. ¿Ya confesaste, niña rica? Cierro los ojos. No respondo. He aprendido que el silencio es mi única defensa aquí. Las paredes, pintadas de un gris que haría llorar a mis pinceles, se cierran un poco más cada día. Por la ventana enrejada, apenas un cuadrado de cielo se burla de mi libertad perdida. —No le hagas caso, Amber —susurra Lina, mi compañera de celda, acercándose. Su rostro, marcado por años duros, tiene una suavidad inesperada cuando me mira—. Ella no sabe lo que es vivir una mentira. Lina es mi único consuelo aquí. No sé por qué me cree, pero lo hace. Quizás es porque ella también ha sido forzada a ser alguien que no es. —¿Cómo lo haces, Lina? —le pregunto, mi voz un hilo tembloroso—. ¿Cómo soportas que todos te vean como... alguien más? Ella se sienta a mi lado, el colchón quejándose bajo nuestro peso. Afuera, el sol se pone, tiñendo nuestra celda de un naranja sucio que en mis lienzos habría sido glorioso. —Aprendí a verme a mí misma, bambina —dice, su italiano mezclado con algo más duro, más antiguo—. Cuando el mundo te fuerza a ser otra, tú te aferras a quien eres. Tú eres Amber, la pintora. No Giulia, la asesina. Asiento, pero las lágrimas amenazan. Ni siquiera llorar se me da bien aquí. Es como si mis emociones también estuvieran en tonos grises. —Ven, te mostraré algo —dice Lina, levantándose. Se acerca a la pared y, con una uña sucia, comienza a rascar el yeso. —¿Qué haces? —pregunto, alarmada. Aquí, cada acción puede ser castigada. —Mira —sonríe, y un poco de color aparece bajo la capa gris. Azul, verde, un toque de amarillo. Un fresco diminuto, escondido —¿Tú... tú pintaste esto? —jadeo. —No, bambina. Tú lo harás. Cada noche, un poco más. Tu Amalfi, aquí. Me quedo sin aliento. La idea de color, de crear, hace que mi corazón lata más rápido. Por un momento, olvido dónde estoy. —Pero no tengo pinturas, ni pinceles, ni... —Usarás lo que tengas —dice Lina, sus ojos brillando con una fiereza que me recuerda a los pescadores viejos de Amalfi—. La comida, la tierra del patio, tu sangre si es necesario. Los artistas siempre encuentran un camino. Esa noche, mientras las otras presas duermen, Lina hace guardia. Y yo, con un trozo de pan duro mojado en el jugo de mi cena, comienzo a pintar. Es difícil, frustrante. Pero poco a poco, bajo capas de gris, Amalfi comienza a emerger. —Eres Amber —murmura Lina, viendo cómo un pequeño barco de pesca toma forma bajo mis dedos—. No importa lo que digan los jueces, los guardias, o ese Vicenzo Rossellini. Aquí, en este muro, eres libre. Y por primera vez en una semana, sonrío. Porque aunque estoy rodeada de grises, dentro de mí, los colores empiezan a cantar de nuevo. El siguiente día, mientras intento mezclar el óxido de un tornillo viejo con saliva para obtener un tono rojizo, un guardia golpea los barrotes con su macana. —¡Mastriani! Visita. Me congelo, el tornillo cayendo de mis dedos manchados. “¿Visita? “ Aquí no conozco a nadie. Miro a Lina, quien frunce el ceño. —Ve, bambina. Pero recuerda quién eres. Asiento, pero mi estómago se revuelve. El pasillo es un túnel gris, cada paso resonando en el silencio. Las otras presas me miran, algunas con burla, otras con una curiosidad depredadora. —¿Quién vendría a ver a la asesina de un Rossellini? —escuchó sus murmurios La sala de visitas es un intento patético de humanidad: mesas de plástico bajo luces fluorescentes que zumban como moscas atrapadas. Y allí, destacando como joyas en el barro, veo a una pareja mayor. Elegantes, con esa aura de dinero viejo que casi puedo oler. La mujer, en sus sesenta, lleva un traje Chanel que grita "viuda rica". Su cabello plateado está impecablemente arreglado, pero sus ojos... son fríos, casi grises. El hombre a su lado, en un traje que probablemente cuesta más que mi apartamento en Nueva York, tiene un aire de cansancio, como si hubiera visto demasiado. Me acerco, dudosa. El italiano que he aprendido de Lina se siente torpe en mi boca. —Scusi... chi siete? —pregunto. ¿Quiénes son ustedes? La respuesta viene rápida y dura. La mano de la mujer se mueve como una serpiente, y antes de que pueda parpadear, mi mejilla arde. La bofetada resuena en la sala, silenciando incluso a los guardias. —¡Cómo te atreves! —sisea en un inglés perfecto, aristocrático—. ¿Es esta otra de tus actuaciones, Giulia? Me toco la mejilla, atónita. El sabor metálico del miedo inunda mi boca. —Yo... yo no soy Giulia —balbuceo en inglés—. No sé quiénes son ustedes. Por favor... —¡Basta! —estalla ella—. Soy Gioconda Mastriani, tu madre. Y él —señala al hombre— es tu padre, Carlo. ¿Cómo pudiste avergonzarnos así? ¿Matar a Andrea? ¡La idea era casarte con él, tonta! Hacernos con su imperio. Incluso pensé que te estaba gustando, ¿pero matarlo? Eres una desgracia. Las palabras caen sobre mí como golpes. Retrocedo, buscando apoyo en la pared fría. —No... no entiendo. Yo soy Amber. Amber Redmond. Soy pintora, de Nueva York. No maté a nadie, yo... Gioconda alza la mano de nuevo, ojos brillantes de furia. Pero Carlo la detiene, su agarre firme. —Calma, cara —dice, su voz baja, cansada—. Los médicos nos advirtieron sobre esto. Dicen que tiene lagunas mentales, que actúa... diferente. Se vuelve hacia mí, y por un momento, veo compasión en sus ojos. —Giulia, sabemos que estás actuando. Tal vez para lidiar con... lo que hiciste. Pero no tienes que fingir con nosotros. —Pero yo no soy... —intento de nuevo, lágrimas amenazando. —Basta ya, Giulia —corta Gioconda—. Regresaremos cuando dejes este... juego. Y reza para que los Rossellini no nos arruinen por tu locura. Se van, Gioconda echando humo, Carlo mirando atrás una vez, su expresión indescifrable. Me quedo allí, temblando, mi mejilla ardiendo no tanto por el golpe sino por la realidad que me golpea más fuerte que cualquier mano. No soy Giulia. No lo soy. Pero para el mundo, para la ley, lo soy. Y esa Giulia... “¿realmente mató a alguien? ¿Al heredero de Andrea Rossellini? ¿Y dónde está ella ahora, mientras yo pago por sus crímenes?” Regreso a la celda en un trance. Lina me mira, sus ojos se abren al ver mi mejilla. —Bambina... ¿qué pasó? Me desplomo en el catre, mis manos temblando. —Me llamaron Giulia, eran sus padres —susurro—. Me reprocharle el haber matado a alguien. Al Rossellini. Pero yo no... yo no soy ella, Lina. No lo soy. Lina se sienta a mi lado, su brazo rodeándome. Huele a jabón barato y a algo más, algo que me recuerda a casa. —Lo sé, Amber. Lo sé. —¿Pero por qué? ¿Por qué yo? Lina suspira, mirando nuestro pequeño fresco, donde un barco navega hacia un horizonte que ahora parece inalcanzable. —A veces, bambina, los poderosos necesitan un chivo expiatorio. Alguien a quien culpar cuando sus juegos salen mal. Asiento, entendiendo pero no aceptando. Me acerco al muro, tomo mi tornillo oxidado. Y allí, bajo la mirada vigilante de Lina, comienzo a pintar de nuevo. Esta vez, no es Amalfi. Es un autorretrato, no de Giulia Mastriani, sino de Amber Redmond. Porque aunque el mundo quiera borrarme, hacerme desaparecer bajo otro nombre, otro crimen, me niego a desvanecerme. Soy Amber. Y seguiré pintando hasta que todos lo vean.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR