Capítulo 12. Reglas

1412 Palabras

El corazón me latía con fuerza mientras seguía a Vicenzo por los pasillos de la mansión. La idea de quedarme a solas con él me hacía sudar frío y temblar de miedo. Parecía uno de los jinetes del Apocalipsis, trayendo consigo la desgracia y la destrucción. Cuando entramos a la que sería nuestra habitación, me quedé boquiabierta. Era más grande que mi apartamento en Nueva York, todo rebosante de lujo y opulencia. Los muebles de caoba pulida, las cortinas de seda y las lámparas de cristal gritaban riqueza por cada rincón. Vicenzo se giró hacia mí, su rostro una máscara de desprecio apenas contenido. —Tú dormirás por allá —dijo, señalando una puerta que daba a una habitación contigua—. Se habilitó para que duermas decentemente. Que no se diga que sigues en el reclusorio, aunque eso me tiene

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