Víctima del mal

1010 Palabras
Noviembre 2017 Alice se aferraba a la vida rodeada de médicos que intentaban ayudar en la sala de emergencias. Un doctor residente se ajustó la bata y comenzó a pasar el reporte al doctor encargado. La paciente, una mujer de veinticinco años, había ingresado con múltiples traumatismos y hemorragias que amenazaban su vida. Fuera del cuarto, su marido aguardaba con la mirada fija en el suelo del pasillo. Mientras cada segundo transcurría en angustia;no por el bienestar de Alice,sino para coronar su esfuerzo. A Carlos le valía un pepino y dos cacahuates la vida de su esposa. Un nerviosismo invadió su cuerpo y caminó de un lugar a otro,con el rostro lleno de tensión. Dentro de la sala, los médicos seguían luchando por salvar a Alice, inmóvil en la camilla. El más joven de ellos, aún inexperto pero decididamente apasionado por su trabajo, aplicaba una presión intensa sobre su pecho, tratando de reanimarla con todas sus fuerzas. — ¡Vamos, respira!— gritó, en un intento desesperado por alcanzar una respuesta en ese cuerpo moribundo. El doctor Andrés Ferrer, conocido por su excepcional dedicación, se negaba a rendirse ante el destino. Su rostro, marcado por la preocupación, se iluminó ligeramente cuando logró recuperar la frecuencia cardíaca de la paciente tras un intento violento de resucitación mediante descargas eléctricas. A pesar de la palidez extrema que cubría su rostro, Alice emanaba una belleza magnética que en ese momento contrastaba cruentamente con su estado. En el pasillo, Nicole aparecía como una visión provocativa, moviéndose con cierta ligereza entre las paredes del centro médico. Carlos, abatido y agotado, dejó escapar un suspiro profundo, hundiéndose en una silla con la cabeza entre las manos. La presencia de Nicole en su vida parecía ser un papel distractor, un intento fútil de mitigar la ansiedad que lo consumía. Mientras el bullicio de la sala médica proseguía, Carlos escuchó a Nicole murmurar que lo más probable sería que Alice no sobreviviera. Una sombra de alivio cruzó su rostro al considerar esa posibilidad. Los recuerdos de las noches tumultuosas y las inseguridades comenzaron a apoderarse de su mente, alimentando su deseo de liberarse de ataduras indeseadas. En su interior, la idea de un futuro sin ella comenzaba a despejarse. Los minutos pasaron y dos doctores salieron apresuradamente del área de emergencia. Finalmente, Alice fue trasladada a terapia intensiva, donde el clima de incertidumbre continuaba en aumento. Carlos interrogó al personal médico, buscando respuestas, pero sólo encontró miradas apagadas y palabras cargadas de pesimismo. Sin embargo, Andrés, decidido a luchar contra el pronóstico sombrío, expresó su compromiso con la vida, insistiendo en que aún había esperanzas. Aunque el doctor a cargo le advirtió sobre el delicado estado de la paciente, Andrés sintió cómo su convicción le obligaba a hacer lo posible por salvarla. Mientras tanto, la tranquilidad en el hospital no duró, pues Alice volvió a entrar en crisis. Su pulso, débil y vacilante, revelaba la cruel realidad de su condición. Al final del pasillo, el esposo de la mujer temía lo peor, aferrándose a Nicole. Esa mujer, bajo el manto de la confidencialidad, le ofreció una perspectiva extraña, sugerida casi como un anhelo: — Es posible que nadie sepa la verdad de lo ocurrido,mi león. El hombre esbozó una sonrisa y ambos compartieron una mirada cómplice. Nicole puso su mano en el hombro de Carlos,él cerró los ojos por largo rato. A simple vista era el consuelo a un amigo que pasa por la tragedia de tener a su esposa moribunda. Nadie que pasara por allí se atrevería a pensar mal de la pareja. Al poco rato, el diagnóstico fue devastador: Alice entró en coma, y la frialdad de Carlos sorprendió a quienes esperaban ver a un marido afligido. Se mostraba impasible, instintivamente preparado para firmar documentos relacionados con su muerte. Tan pronto estaban seguros de que las sombras de la culpa no los perseguirían. Mientras que Carlos se ocupaba de los asuntos formales, en otra parte de la mansión, se desataba la deslealtad. Nicole se daba golpes de pecho ante la sociedad, aparentaba ser la mejor amiga de Alice. Ahora celebraba en medio de la tragedia,sin ningún tipo de pena o remordimiento. Carlos y ella estaban conectados por un deseo prohibido, se entregaban a la pasión sensorial que nublaba su juicio. Las intenciones deshonestas eran vislumbradas a través de las acciones imprudentes. Brindis con champagne y risas por doquier,todo presenciado por Dominga,una de las criadas que, al descubrirlos, se marchó sin hacer ruido. Al salir de la residencia, lo único que se le ocurrió a la fiel Dominga fue buscar a Pablo Cienfuegos,buen amigo de la familia Sanders,ahora el apoderado de Carlos. Al ver a Pablo, la criada le reveló la traición que había presenciado, encendiendo una chispa de rabia y determinación en su interior. Pablo Cienfuegos, amigo leal de Alice desde su infancia, permanecía atónito mientras se enteraba de lo sucedido. Estimaba de corazón a Alice y en verdad le dolían las infamias de las que ella era la única víctima. La traición era imperdonable, pero Pablo sospechaba que algo más oscuro se cernía sobre su amiga. Con indignación creciente, decidió investigar más de cerca lo que sucedía en torno a ella. Así, tomó la iniciativa de buscar respuestas directamente del médico a cargo. En la sala de terapia intensiva, Alice yacía inmóvil, rodeada de máquinas que pitaban de forma intermitentes. Su rostro, aunque herido y lleno de moretones, aún irradiaba destellos de su antigua belleza. Fue entonces cuando abrió los ojos, aunque su lucidez estaba ausente. Un sentimiento de impotencia atravesó el corazón de Pablo al observar su lucha por comunicarse. El ardor dentro de Pablo se encendió al considerar la ambición de Carlos. Sabía que cualquier dolor que Alice estaba sufriendo podía ser el resultado de la ambición desenfrenada de su esposo. Decidido a protegerla, acarició su cabello con suavidad, susurrando palabras de apoyo. — No te esfuerces,Alice. Yo te prometo que ese maldito pagará lo que te hizo. Pablo sabía que, para el esposo de Alice, su bienestar nunca había sido una prioridad.
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