Durante la mayor parte del camino a casa, mi tía no dejó de repetirme que no debía faltarle el respeto a mi relación con John ni a él mismo. Aunque sabía que tenía razón, no podía dejar de pensar en Alfredo y en las emociones contradictorias que me provocaba. —Aisa, debes ser consciente de tus compromisos. John es un buen hombre y te ama. No puedes jugar con los sentimientos de nadie —insistió mi tía Marisela, su tono firme y lleno de preocupación. —Lo sé, tía. Solo es complicado —respondí con un suspiro, mirando por la ventana del coche mientras mis pensamientos volvían una y otra vez a Alfredo. Finalmente, llegamos a casa y, al entrar, me encontré no solo con John sino también con mi fastidiosa prima Alicia. Fingí una sonrisa al verla, aunque en realidad no la soportaba. Entendía que

