Alaia Klein El silencio de la mansión Klein ya no se sentía como un vacío, sino como un lienzo en blanco. Durante días, después de nuestro regreso de Suiza, me dediqué a caminar por los pasillos de esta estructura imponente que, hasta hace poco, me resultaba ajena y fría. Esta era la fortaleza de Autum, el santuario de un linaje construido sobre el poder y la discreción. Aquí no había retratos de mis padres, ni ecos de mi infancia robada; no había nada que me recordara quién fui, pero tampoco nada que gritara quién era yo ahora. Decidí que eso debía cambiar. Si iba a criar a mi hijo aquí, si iba a convertir este lugar en un hogar y no solo en una base de operaciones, necesitaba imprimir mi esencia en cada rincón. La primera decisión fue la más drástica, pero también la más liberador

