28
–Bueno, Alberto, supongamos que yo soy una gringa con mucho dinero y me acabo de bajar del taxi que me trae del aeropuerto. ¿Tú qué dirías para recibirme en la puerta del resort?
El muchacho de piel bronceada y tímida sonrisa la miró por un par de segundos antes de responder:
–Welcome to Arenas Blancas, miss, please let me help you with your lugagge.
–¡Perfecto! Pero si la vas a llamar miss, te tienes que asegurar que sí sea una señorita –la forma como Carrie lo dijo, elaborando una expresión de duda en su rostro, produjo las risas de las diez personas que asistían a su clase del horario de la tarde. Había dictado la clase de la mañana, prefiriendo después regresar a su bungaló para almorzar, tomar una refrescante ducha, descansar un rato leyendo la novela encontrada en el avión, pero sobre todo pensando en que al final de la jornada solo tendría dos días más para preocuparse por la presencia del juez Carver. Antes de empezar la clase había sido abordada por Amanda, quien le había pedido que la acompañara al centro de la cuidad a hacer unas compras. Le pareció una buena oportunidad para seguir conociendo, al mismo tiempo que la alejaría del encierro en su bungaló y de la amenaza del fastidioso juez. Escasos minutos después de las cinco de la tarde se encontraron en el estacionamiento y partieron rumbo a la ciudad a bordo del pequeño auto de la subgerente. Treinta minutos después caminaban entre el desorden del congestionado comercio callejero de la calle quinta, repleta de puestos ambulantes en los que se ofrecía todo tipo de mercancías a precios que a Carrie le parecieron supremamente bajos. Seguía sorprendida por el uso de pantalones largos por parte de la mayoría de los hombres e incluso de algunas de las mujeres. Ella, con una mini falda azul de material liviano, una blusa strapless, y obligada por su amiga a llevar sandalias debido a la suciedad del suelo de aquella zona, sabía que no resistiría un día llevando pantalón largo en aquel clima. Entraron a un almacén en donde la joven subgerente compró un juego de vasos de cristal y un recipiente para el azúcar para luego dirigirse a un almacén bastante grande, lo que a ella le pareció la versión colombiana de un Wal –Mart, o tienda por departamentos. El aire acondicionado del lugar le llegó como el refresco que había estado esperando después de haber caminado las primeras dos cuadras de aquella congestionada y calurosa avenida. Amanda agarró un par de toallas para el baño y unas esponjas para lavar los platos antes de que Carrie sugiriera que tomaran un refresco en la cafetería del lugar. La joven instructora de inglés, obedeciendo a la sugerencia de su amiga, decidió pedir un salpicón, jugo compuesto por trocitos de frutas como sandía, papaya, piña y banano, el cual le pareció espectacular no más haber tomado el primer sorbo.
–No tenemos algo así de bueno en mi país –le dijo a su amiga mientras ordenaba un segundo vaso.
–Hay muchas cosas buenas que nunca vas a encontrar en tu país, pero así mismo, encontrarás muchas cosas malas que tampoco nunca verás en tu país.
–Lo sé, pero bueno, creo que todo lo que he vivido hasta ahora ha sido de lo más lindo de mi vida… excepto por una cosa… –Carrie sentía la necesidad de desahogarse con alguien, de contarle a alguna amiga acerca de la inesperada aparición del juez, de lo que en realidad había sido su vida durante el último año, de la verdadera razón por la que se había frustrado su primera salida con Santiago.
–¿Qué cosa? –preguntó Amanda mientras disfrutaba de su jugo de borojó.
–Si yo te contara… esa cosa, ¿tú me puedes prometer que no se lo dirás a nadie?
Amanda la miró de manera comprensiva, adhiriéndole a su expresión una linda sonrisa.
–Te lo prometo, puedes confiar en mí, pero sabes qué… ¿por qué no vamos al Rodadero, cenamos por ahí en algún lado más calladito –dijo Amanda mirando hacia la congestión de los alrededores–, y me cuentas todo lo que quieras?
La joven subgerente compró un par de cosas más, y antes de las siete de la noche se encontraron conduciendo hacia El Rodadero. Estacionaron en una de las calles cercanas al malecón de la playa, y Carrie, recordando su costumbre adquirida, dejó sus sandalias en el carro antes de bajarse. Caminaron por los alrededores hasta encontrar un atractivo restaurante con unos papagayos multicolores, elaborados en tela, colgando encima de su entrada. Sus altos techos, sumados a los ventiladores o abanicos eléctricos proporcionaban al lugar la frescura necesaria para que las dos amigas se sintieran confortables. Las dos ordenaron caldo de pescado para la entrada y Carrie prefirió filete de pez cierra mientras su amiga se fue por la mojarra frita.
–Sabes que me encanta esto… –dijo Carrie mirando a su alrededor.
–Es un sitio bonito y no es costoso.
–No me refiero únicamente a este restaurante, hablo de todo: el poder andar siempre en verano, sintiendo la brisa, mirando la sierra, con el mar a tus pies…
–Más bien dirás que con todo a tus pies –la interrumpió Amanda–, porque casi siempre andas descalza.
–Pues por eso, ¿es que dónde más podría disfrutar de todo esto?
–Me imagino que Nueva Jersey es muy diferente…
–Sí, allá no tenemos estas montañas, ni un mar con agua tibia como la de aquí, y si te quieres tomar una cerveza tienes que tener diecinueve años…
–¿Te gustaría quedarte aquí toda la vida? –la pregunta de Amanda llegó al mismo tiempo que el caldo de pescado, traído por el mesero.
–Amanda –dijo Carrie mirándola directo a los ojos y sin prestar atención a su taza de caldo–, yo no tengo absolutamente nada a que volver a los Estados Unidos, te juro que quisiera quedarme aquí toda mi vida.
Amanda ladeó la cabeza con expresión de extrañeza en su linda cara. Cogió la cuchara, tomó un sorbo de su caldo, le dejó saber, a través de su mirada, la espectacularidad del sabor del caldo, y esperó un par de segundos antes de volver a hablar.
–Niña, tú apenas tienes diecisiete años… ¿Cómo diablos me vas a decir que a esa edad no tienes nada que hacer en tu país?
–¿Tú me prometes que si te cuento lo que te quería contar, cuando estábamos en aquel almacén, no se lo vas a decir a nadie?
–Puedes confiar en mí, ya te lo he dicho.
–¿Y me prometes que aunque seas mi jefe, no me vas a echar de mi puesto?
Amanda arrugó levemente los labios antes de contestar.
–Si no es alguna falta grave que hayas cometido en contra de las reglas del resort, no vería la razón por la que podría hacer que el señor Ramírez te echara.
–No, esto no tiene que ver con Arenas Blancas, es algo que me pasó en mi país.
–Entonces no veo ningún problema, y creo que me puedes considerar tu amiga y contarme todo lo que quieras.
Carrie no sabía si estaba a punto de cometer un gran error, pero lo que sí sabía era que necesitaba desahogarse lo antes posible o de lo contrario estallaría.
–¿A mí por qué me contrataron?
–Bueno, pues porque necesitábamos a una persona que su primer idioma fuera el inglés pero que también hablara español, y esa eres tú –Amanda respondió con una sonrisa de oreja a oreja antes de tomar otro bocado de su humeante caldo.
–¿Pero por qué yo tan joven? Sin experiencia, sin haber trabajado nunca en algo similar…
–No lo sé con exactitud… Lo único que sé es que el ejecutivo que te entrevistó en Estados Unidos quedó fascinado contigo, dijo que tenías todas las cualidades requeridas para hacer un buen trabajo…
–¿Y no se supone que algunos gringos no querían venir por los peligros de este país?
–Bueno, eso es verdad, hubo un par de candidatos que cuando se enteraron que el destino era Colombia decidieron no aceptar, ¿pero eso qué tiene que ver? –preguntó Amanda frunciendo el ceño pero manteniendo su dulce sonrisa.
–¿Y qué sabían de mí antes de contratarme?
–Yo no sabía nada, y creo que el señor Ramírez tampoco. A él solo le dijeron lo que ya te dije, que habían encontrado a alguien que cumplía todos los requisitos, y que eras una muchacha joven y bonita y que nos ibas a caer muy bien, eso fue todo.
Carrie tomó un par de sorbos de su caldo antes de volver a hablar.
–Amanda, yo ya no tengo a nadie en el mundo, todo lo que tengo es este trabajo, y las ganas de vivir y triunfar aquí.
–Espera un momento niña, ¿qué es lo que tú me estás diciendo? ¿Y qué hay de tu familia, de tus padres, de tus hermanos, qué se yo… de tus buenas amigas? Además, ¿no se supone que tú eres como esos gringos y europeos que se toman un año sabático, después de graduarse del colegio o de la universidad, para ir a recorrer el mundo y todo eso, pero que después regresan a su país a estudiar o trabajar?
Carrie se mordió suavemente el labio inferior antes de continuar.
–Yo hubiera querido ir a la universidad, estudiar psicología, tener mi propio consultorio, escuchar a la gente, ayudarla con sus problemas… –Carrie quiso continuar con su reato, pero la súbita aparición de una lágrima rodando por su mejilla la obligó a detenerse.
–Carrie, mi niña, tranquila –Amanda tomó una servilleta, la doblo y se la pasó suavemente por la mejilla.
–Pero todo se echó a perder por algo que sucedió hace un año, algo en lo que yo no tuve la culpa… Y por eso mis padres me detestan, me echaron de la casa, y solo tuve a mi amiga Sharon y su familia como respaldo.
–No me digas que quedaste embarazada… –preguntó Amanda abriendo la boca.
La ocurrencia de su amiga logró que Carrie soltara una sutil y breve risa.
–De pronto eso hubiera sido mejor, pero no… no tiene nada que ver con eso.
–¿Pero qué fue lo que te sucedió?, ¿o qué fue lo que hiciste que fuera tan malo para que te echaran de tu casa?
–Yo no hice nada, Amanda, fueron otros, pero me echaron la culpa a mí, y ese fue el final de mi vida, tal y como estaba acostumbrada a vivirla –por primera vez desde que se conocían, Carrie dejaba de ser esa simpática muchacha alegre y despreocupada a la cual Amanda estaba acostumbrada. Lo que ahora reflejaba era preocupación y tristeza.
–Tranquila, cuéntame lo que quieras, pero de una vez te digo que confío en ti, y si me dices que te echaron la culpa de algo que no hiciste, sé que me estás diciendo la verdad.
Era lo que Carrie necesitaba, alguien que la escuchara, la entendiera, pero sobre todo que le creyera; de no hacerlo, su trabajo, o por lo menos su reputación, estarían en riesgo. Los siguientes diez minutos sirvieron para que Amanda escuchara una descripción detallada de los hechos sucedidos aquella tarde, los cuales habían terminado con la joven instructora de inglés encerrada en un calabozo de la estación de policía.
–¡Niña! No te lo puedo creer, ¡pero que injusticia!
–Al otro día nos presentaron ante el juez –continuó Carrie con su relato–, un hombre intransigente y severo… Nos puso una fianza de cinco mil dólares a cada uno, ya sabes, para poder esperar el momento del juicio en casa…
–Sí, claro, además, generalmente, esos procesos son demorados –Amanda comía muy poco de su plato y permanecía totalmente concentrada en las palabras de su amiga, quien a su vez, solo le había dado un bocado a su filete.
–Pero solo los padres de la maldita Julie y los de ese narcotraficante pagaron la fianza, y a mí… los míos me dejaron ahí… –una nueva lágrima rodó por la mejilla de Carrie.
–¡Tus papás no tenían el dinero?
–Amanda, mi papá gana por encima del promedio de la clase media de Estados Unidos… El problema no era de dinero… –el rostro de la subgerente mostró claramente su expresión de incredulidad y asombro; se había olvidado totalmente de su cena y su mirada no se apartaba de los ojos de Carrie. Lo que siguió fue una extensa explicación de la manera de ser de los padres de la atractiva instructora de inglés: el pensamiento anacrónico, tradicional y retardatario de su padre, además de su manera de ser, apegada a los principios religiosos del puritanismo, mezcla que lo había convertido en un padre severo e intransigente, fueron parte de un relato que dejaba a la subgerente cada vez más sorprendida y que de alguna manera explicaba la teoría de aquel señor para no auxiliar a su única hija en un momento de angustia y necesidad extremas. Todo eso sumado al moldeable carácter de la madre de Carrie, quien siempre había vivido dominada e influenciada por la voluntad de su esposo y quien jamás había osado contradecirlo u oponer la mínima resistencia a lo que él dijera o deseara.
–¿Entonces tuviste que quedarte encerrada esperando la fecha del juicio? –preguntó Amanda al tiempo que meneaba la cabeza de un lado a otro con total incredulidad.
–Ese fue mi primer mes –respondió Carrie con la mirada perdida–, lo más horrible que he pasado en mi vida…
–No tenemos que seguir hablando de esto, podemos continuar otro día, si prefieres… Pero puedes contar con todo mi apoyo –Amanda le tomo la mano suavemente–. Y no te preocupes por tu trabajo, esto no lo va a saber absolutamente nadie, además tampoco podría ser motivo para que lo perdieras.
Carrie le sonrió levemente a su amiga antes de continuar.
–Yo me he sentido feliz desde mi llegada a Santa Marta, y creo que estaba empezando a olvidar…, pero ayer pasó algo que… algo que me tiene con susto.
–¿Pero qué te pasó? –Amanda se mostró alarmada.
Carrie le contó acerca de la súbita aparición del juez Carver en Santa Marta, haciendo énfasis en el temor que había nacido en ella debido a la posibilidad de que el maldito hombre llegara a hablar con el gerente del resort y la hiciera perder su trabajo, y de cómo había preferido mantenerse escondida desde entonces.
–¿Y me dijiste que ese tipo se va el miércoles?
–Así es…
–Bueno, estamos a lunes por la noche, lo que quieres decir que estará como un día y medio más con nosotros… –Amanda se mostró pensativa.
–No quiero tener que estar escondida, o con el susto de que vaya a hablar con el señor Ramírez y me haga despedir.
–Mira, nuestro jefe está en Bogotá y llega el martes en la noche, lo que solo le daría la mañana del miércoles para que se encontrara con ese juez, pero es una posibilidad muy remota, en un lugar tan grande como es Arenas Blancas… Además…, por lo que me cuentas, no creo que él esté enterado de que tú trabajas con nosotros; para él debes ser una turista más.
–Eso es verdad…
–Yo no me preocuparía, tú puesto está más que seguro, y lo que vamos a hacer es volver a salir mañana después de tu trabajo para evitar que te vea por ahí tratando con los otros empleados del resort y saque la conclusión que no queremos que saque.
–Gracias, no sabes el peso que me estás quitando de encima –dijo una sonriente y agradecida Carrie.
Para el momento en que acabaron de cenar, Carrie lucía mucho más tranquila y sonriente, había reído fuertemente en un par de ocasiones gracias a la divertida charla de su amiga, lo que la hizo ver radiante ante los ojos de un muchacho de llamativos ojos verdes y de alrededor de dieciocho años, quien en compañía de otro de su misma edad, acababan de ingresar al restaurante, y se habían sentado en una mesa a escasos metros de la de ellas.
–Mira que el de ojos verdes no para de mirarte –le dijo Amanda al disimulo.
Carrie volteó a mirarlo para confirmar que lo que su amiga decía era totalmente cierto. Era obvia la forma cómo los dos muchachos, pero especialmente el de ojos claros, se mostraban fuertemente atraídos. No pasaron más de unos instantes antes de que le ofreciera una amplia sonrisa, la cual Carrie consideró bastante atractiva.
–Creo que le gustas –dijo Amanda.
–No está nada mal, y tiene unos ojos preciosos –Carrie, sintiendo una energía olvidada desde hacía varios meses decidió devolverle la sonrisa. Para su sorpresa, el muchacho de los ojos verdes se puso de pie, caminó los pocos metros que los separaban y le dirigió la palabra.
–¿Verdad que tú no eres gringa? Tú debes ser de España o Argentina o algo así.
Carrie, totalmente sorprendida, solo atinó a contestar:
–Sí, soy gringa, y nunca he estado en España o en Argentina.
–Te lo dije, primo, ella tiene más cara de gringa que la mismísima Marilyn Monroe –fueron las palabras del otro muchacho, quien ya se encontraba junto a su amigo.
–Mira que no sabía que hubiera gringas tan lindas –el de los ojos verdes parecía no tener nada de tímido.
–Gracias –dijo Carrie, sus mejillas enrojecidas.
–¿Y de qué parte de Gringolandia eres?
–Ella es de California, pero lleva dos años viviendo en Bogotá –intervino Amanda de manera sorpresiva, provocando que su amiga le dirigiera una disimulada mirada de extrañeza.
–¡Toda una > –exclamó el de los ojos verdes.
–Si ves primo que tú no sabes diferenciar a una gringa de una latina –dijo el otro muchacho.
–Bueno, no importa, me presento –el de ojos verdes le ofreció la mano a Carrie–, mi nombre es Fabio, y yo soy de aquí no más, de Santa Marta. Y este es mi amigo Alan, también de la localidad.
Carrie pensó que jamás había conocido a un muchacho tan simpático y tan espontáneo. No le producía lo que había sentido un año atrás con Santiago, pero podría tratarse de su primer paso para empezar a conocer gente, hacer nuevas amistades que la empezaran a sacar del profundo y oscuro túnel de los recuerdos, que la empezaran a llevar por el camino de lo que deseaba, el camino para encontrar una nueva vida.