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No lo podía creer, estaba confirmado: se trataba de la misma persona, de la misma niña del bikini blanco que había visto unas horas más temprano cerca de la piscina, de la misma que, casi un año atrás, había visto por última vez aquel día en que hubiese salido con ella, si ella no hubiese sido detenida. ¿Pero cómo podía ser posible? No lo entendía, o acaso Sharon le había mentido acerca de la duración de la sentencia… Aun no se había cumplido el primer año, faltaban dos o tres semanas, y se suponía que había sido condenada a dos años. Entonces recordó las rebajas por buen comportamiento que solía dar la justicia. Sí, solo eso podría explicarlo. Pero lo que no cabía en su mente era verla en Santa Marta, justo en la ciudad donde él se encontraba, y justo en el mismo resort. Existiendo miles de lugares donde los gringos solían vacacionar; recordaba a sus compañeros de Nueva Jersey hablando de sitios como Aruba, Jamaica, las Bermudas, las Islas Vírgenes, Puerto Rico, las veinte mil playas de México, Miami, California, Hawái, Margarita en Venezuela, pero nunca jamás había escuchado a alguno hablando de las playas colombianas. Y ahora la coincidencia o el milagro se presentaban de tal manera que permitían que aquella niña volviera a aparecer en su vida, justo ahí, en Arenas Blancas, en Santa Marta, de todos los miles de lugares posibles para vacacionar en el planeta. Pero al igual que unas horas antes, la vio caminar apresuradamente, dejando la cafetería con una expresión nerviosa en su rostro, hasta perderse en aquel sendero que, ahora sabía, gracias al tour del lugar que había hecho con Verónica, conducía a los bungalós. Se quedó mirando al señor con quien había estado sentada. Muy probablemente era su papá aunque no parecía norteamericano, sus facciones correspondían más a las de un latinoamericano. Lo vio levantarse de su silla, agarrar un periódico y marcharse en la dirección contraria a la que ella había marchado, lo cual le llamó la atención. El hombre había dado un par de pasos antes de que uno de los encargados de la cafetería saliera a su paso y lo interrumpiera. Estaban muy lejos para tratar de escuchar lo que hablaban, pero Santiago descifró que el supuesto padre de Carrie, gracias a sus gesticulaciones y movimiento de brazos, le daba unas indicaciones al encargado que solo podían venir de alguien que trabajara en el lugar y no de cualquier huésped. ¿Entonces qué andaba haciendo Carrie, esa Carrie bronceada, un año mayor, aún más bonita que antes, y dueña de un cuerpo fenomenal, sentada en la misma mesa de uno de uno de los hombres que mandaban en el resort?
–Oye, Santi, yo como que me voy a teñir el pelo de n***o–Verónica lo sacó de sus pensamientos, cuando aún se encontraban parados en medio de la acogedora cafetería. Santiago se volteó a mirarla y sintió tristeza, una tristeza que jamás había experimentado en su vida. Pero no se trataba de una tristeza producida por la idea en su mente de la posibilidad de no volver a ver a Carrie, justo cuando el destino se la estaba poniendo al frente por segunda vez en su vida. Se trataba de la tristeza que le producía el saber que una niña tan linda y tan especial como Verónica, quien había demostrado de todas las maneras posibles el querer ennoviarse con él, no fuera dueña de toda su atención, de todo lo que podría ser su amor, de todo lo que él podría dar en el momento en que encontrara su verdadera media naranja, que a todas luces, y sin saber por qué, parecía encontrarse en la muchacha norteamericana.
–Estás loca, tu pelo rubio es inigualable –dijo él volteándola a mirar.
–Pero es que no has hecho más que mirar a las peladas de pelo oscuro todo el santo día, se nota que te gustan full –dijo ella meneando la cabeza.
Verónica tenía razón: en medio de su afán por encontrar nuevamente a la muchacha del bikini blanco, a partir de su fuerte golpe en la rodilla, se había dedicado a tratar de encontrarla. Durante su recorrido por las instalaciones del resort, durante su baño en las aguas del mar, y durante su sesión de billar pool y ping pong en la sala de juegos, su mente y sus ojos no habían hecho más que fijarse en todas las muchachas jóvenes de cabello oscuro, lo que no había pasado desapercibido para la atractiva rubia.
–Nica, no es eso –dijo Santiago mientras se sentaban en una de las mesas desocupadas, justo al lado de la que ocupaban un señor gordo y su esposa, ella igualmente gorda, y los cuales se comunicaban en inglés–, lo que pasa es que… ¿Te acuerdas que te conté de Javier, un amigo de Bogotá?
–Sí, ¿el que me dijiste que juega básquet full?
–Exacto… ese… Lo que pasa es que ese man me dijo que su hermana mayor de pronto iba a viajar para acá, a este sitio, y pues ella es de pelo n***o…
–Mira, Santi, ese cuento no se lo come ni un niño de cinco años –dijo una disgustada Verónica.
–No te pongas brava, en serio es eso, ¿o tú crees que yo voy a ser tan descarado de que mientras estoy contigo me voy a poner a mirar a otras viejas?
–Pues es lo que has estado haciendo todo el día… –dijo ella estirando levemente los labios.
Santiago sabía que el momento de la verdad se aproximaba, o como lo decía su primo el odontólogo, el mismo que le había hecho dos coronas: >. Si llegaba el final del día sin que se hubiera cuadrado con Verónica, estaba más que seguro de que ella desistiría en su intento, lo cual podría influenciar de alguna manera la naciente amistad con el resto del grupo, los únicos que conocía hasta ahora, y los únicos que lo sacaban de sus periodos de aburrimiento. Ella se había mostrado paciente, sin perder su linda forma de ser por un solo instante, agarrándole la mano para volvérsela a soltar en los momentos en que él se sentía incómodo, sonriendo con sus palabras, riendo con sus apuntes, y hasta llorando de la risa con sus chistes. Era una muchacha que lo tenía todo, alguien que nunca hubiese imaginado llegar a tener la posibilidad de conquistar, alguien que estaba dispuesta a darle el sí antes de que acabara la jornada, pero alguien que no sabría cómo reaccionaría si le contara que su mente aún se encontraba concentrada en una persona con la que nunca tuvo nada y que por un milagro de aquellos que solo se dan una vez en la vida, se encontraba ahora mismo hospedada en aquel lugar.
–Mira, es verdad… pues lo que tú dices. El cuento de la hermana de Javier es paja. Te lo voy a contar, pero por favor júrame que no te pones brava.
–Pues si es algo así bien tenaz, tú sabes, pues me podría poner brava.
–No es que sea tenaz ni nada de eso, es solo una simple coincidencia.
–Bueno, cuéntame que yo no me pongo brava –ella volvió a mostrar una linda sonrisa. Sin embargo en el momento en que Santiago iba a abrir la boca, el tono levemente subido por parte del gringo gordo sentado en la mesa cercana lo distrajo y no tuvo más remedio que centrar su atención en lo que el hombre decía.
–Judith, tú sabes que yo no tolero lo de las drogas, y tú tampoco deberías, ¿o es que se te olvida que nuestro hijo murió por una sobredosis?
–Pero esa niña era inocente, era como un angelito que simplemente estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado –escuchó Santiago decir a la señora.
–Se aprovechan de sus rostros angelicales para engañar a la gente, pero a mí no me engañan, y si no es porque tenía un abogado medio decente, la hubiera condenado por lo menos a cinco años.
–Bueno, señor juez, pero ahora, apenas un años después, la tienes compartiendo espacios en este lujoso resort –la señora mostró una sonrisa despreocupada.
–La justicia débil, si eso hubiera sido en Texas, las cosas serían diferentes.
–Bueno, ya déjala, es algo del pasado… La niña pagó un inmerecido encierro y ahora supongo que su familia la habrá traído a este lugar para que trate de olvidar.
La pareja cambió de tema para el momento en que el mesero llegó a tomar la orden de Santiago y Verónica. Pero mientras ordenaban, el joven bogotano reunió en su mente los indicios que le faltaban para reconfirmar que sí se trataba de Carrie, de que en realidad la niña del bikini blanco era su compañera, que aquel malgeniado gringo había sido su injusto juez, y que muy seguramente el rostro nervioso y preocupado que había advertido en ella se debía a la presencia de aquel tipo en el resort.
–Pero te embobaste escuchando a esos gringos –protestó Verónica suavemente apenas el mesero se marchó.
–Ahora vas a decir que me gustan los gringos gordos –las palabras de Santiago provocaron la risa de Verónica.
–¿Pero qué tanto hablaban? Ese man parecía emputado…
–Por eso los estaba escuchando. Es que el tipo como que es juez allá en Gringolandia y no hace más que camellar y pues la doña como que lo estaba molestando por eso, como que es la primera vez que salen en diez años.
–No joda, si a me toca un man así, yo lo despido rapidito… Pero mira, no te me hagas el bobo, ahora sí dime la verdad de tu miradera a las peladas de cabello oscuro.
–No, lo que te decía, una coincidencia… es que cuando llegamos esta mañana vi una vieja que se me pareció resto a una compañera de colegio que no veo hace años, pero no estaba seguro de si era ella, eso es todo –Santiago sabía que estaba diciendo la verdad y que no venía al caso entrar en detalles.
–¿Pero ya descifraste si era o no era? Porque la que te quedaste mirando cuando entramos aquí, yo la reconocí de ayer en Taganga.
–¿Cómo así? ¿A qué horas en Taganga? –Santiago sabía que su expresión de sorpresa había sido bastante obvia.
–No te acuerdas… ¡Ah no! Es que tú estabas en el baño en ese momento, cuando estábamos en el barcito ese tomando cerveza con todos y llegó esa palada con otra como de veintiséis años, que andaban buscando a alguien, y que nos pusimos a alegar a ver de dónde era que ella venía…
–Sí, ya me acuerdo, pero claro, yo estaba en el baño… –maldito baño>> fue el pensamiento que llegó a la cabeza de Santiago.
–¿Pero esa no es tu compañera? ¿O sí?
–No, si fuera pues la habría saludado ahorita.
Verónica dejó pasar casi un minuto de incómodo silencio antes de volver a hablar.
–Santi, ¿yo soy muy cansona? –su lindo rostro mostró una expresión de ternura que él nunca antes había visto.
–Para nada, tú eres genial, de las peladas más chéveres que he conocido. ¿Por qué lo preguntas?
–A veces me parece que lo soy –dijo ella arrugando los labios.
Santiago recordó una vez más que se aproximaba la hora >, o como decían algunos por ahí: juego de béisbol con las bases llenas, dos ponchadas, tres bolas, y dos strikes de la parte baja de la novena entrada, la hora de ser o no ser, de la decisión, de cuadrarse con Verónica o de regresar al día siguiente al resort, entrar por el lado de la playa y tratar de encontrar a Carrie, corriendo el riesgo de perder toda posibilidad con la linda rubia, para de pronto no encontrar a la niña de Nueva Jersey o encontrarla para que le dijera que lo había olvidado, que total nunca había pasado nada, que la prisión la había cambiado y que en tres horas tenía que volar de regreso a su país.
–Nica, ¿sabes una cosa?
–No solo una, yo sé muchas cosas… –bromeó la rubia.
–Bueno, es que, mira yo no soy bobo, yo sé que los dos estamos aquí por algo… –ella lo miró directo a los ojos, los suyos más abiertos que nunca.
–¿Eso crees?
–Bueno, si no fuera así, pues de pronto habría venido todo el combo y no solo nosotros dos…
–De pronto salía muy caro invitarlos a todos, y pues ellos ya han venido varias veces.
–Nica, ¿tú en qué plan andas?
–¿Cómo así? ¿A qué te refieres? –su rostro no daba señal alguna, era tan neutro como el de un carro en un semáforo.
–Pues… conmigo, ¿tú quieres algo conmigo? –tenía que soltarla, no quedaba más remedio.
–A veces pienso que sí, pero yo a ti te veo por allá en otro mundo, entonces no sé… –Verónica sacudió la cabeza levemente.
–Mira, tú me gustas resto, ni marica que fuera, pero tengo miedo…
–¿De qué? –ella regresó a su rostro neutro.
–Es que yo no sé si me voy a quedar a vivir aquí, entonces no me quiero ilusionar, ni que tú te ilusiones –sabía que en sus palabras existía algo de verdad, pero también sabía que necesitaba hablar con Carrie a como diera lugar, antes de cualquier cosa.
–¿Y si no te quedas, entonces cuando regresarías a Bogotá?
–En un poquito menos de dos meses, pero como te digo, nada se sabe…
–¿Y de qué depende exactamente?
–De si sale bien lo de ese contrato de mi papá para quedarnos aquí.
–Entonces no depende de ti… –Verónica arrugó nuevamente los labios.
–Supongo que no.
–¿Y cuándo se sabe si ese contrato se da o no se da?
Santiago no estaba seguro de la respuesta indicada, aunque sabía que su papá no tendría noticias antes de un mes, pero sí sabía que al regresar al día siguiente al resort, solo tendría que preguntar en la recepción por Carrie, y a menos que ella estuviese visitando alguna otra playa o recorriendo el centro de la ciudad, podría definir y enterarse de todo lo sucedido ese mismo día, o a más tardar al día siguiente.
–Parece que para el miércoles o jueves ya se sabe…
–¿Entonces qué propones? –preguntó Verónica, sus ojos concentrados en su vaso de jugo traído por el mesero unos minutos atrás.
–Yo quiero algo lindo, algo que pueda durar, no un simple amor de verano, no sé si estás de acuerdo…
–Nunca pensé que para cuadrarme con alguien tendría que esperar a la decisión de una empresa – ella evitaba mirarlo, y su cabeza se meneaba de un lado a otro.
–Hay veces que terminan dependiendo de cosas peores…
–Ya lo sé, como lo de esa amiga tuya que terminó encanada y que por eso no se pudieron cuadrar –dijo ella mirándolo directo a los ojos–, pero fresco, cuadra tus vainas y me dices, pero para cuando te decidas, ojalá que no sea demasiado tarde.
–¿O tú te conformas con un amor de verano?
–Tú me gustas resto, Santi, y no quisiera perder los días que bien podamos tener, así sean ocho o quince mil, hablando bobadas en lugar de andar súper bien, pero decide tus cosas y me avisas, yo veré si te espero o no.