26
Una vez más calmada, y con la seguridad de encontrarse en el interior de su refrescante bungaló, Carrie se sirvió un vaso de jugo y repasó, mientras caminaba de extremo a extremo de la pequeña sala, el cruce de palabras sostenido con el juez Carver. Le había respondido a su pregunta usando el idioma español: >, a lo que el obeso personaje había dicho, aun utilizando el inglés: >, su enfermiza mirada volviendo a recorrer el esbelto cuerpo de la muchacha antes de volver a sembrarse en sus ojos. Recordando los cursos de teatro de la escuela, se había limitado a mirar al hombre empleando una expresión de total incomprensión a la que este había respondido: >. Ante aquellas palabras, le había quedado imposible evitar sonrojarse, lo que había provocado una sonrisa maliciosa por parte del fastidioso hombre, quien justo en ese instante, y para alivio de ella, se vio interrumpido por la malhumorada intervención de la mujer que lo acompañaba. Viendo cómo la pareja se alejaba hacia la orilla del mar, se levantó rápidamente y apresuró su paso, sin querer mirar a nadie ni a nada de lo que la rodeaba hasta que se encontró de vuelta en su bungaló.
Ahora se resistía a tener que permanecer escondida, más cuando se trataba de un asunto del pasado, algo que se había solucionado, algo que debía quedar en el pasado y no regresar jamás. Se dio una ducha, se puso un short y una camiseta, y sin preocuparse por llevar alguna clase de calzado, como estaba acostumbrándose desde su llegada a Santa Marta, salió con rumbo a la recepción del resort.
–Hola, Clara, ¿tú me puedes ayudar en algo?
–Señorita Carrie, ¿cómo está? Con mucho gusto, ¿qué se le ofrece? –le respondió la joven y amable encargada de la recepción.
–Es que… necesito saber cuándo se marcha uno de nuestros huéspedes –Carrie puso su mejor sonrisa.
La recepcionista se inclinó levemente hacia adelante y le susurró al oído:
–Se supone que esa es información privada, pero no importa, dígame de quién se trata.
–El señor Carver, es de los Estados Unidos, creo que está con su esposa.
–¿Lo conoces personalmente? –preguntó la recepcionista al tiempo que miraba los records.
–Por favor no se lo vayas a decir, pero sí, él vive en el pueblo del que yo vengo allá en New Jersey, y pues…
–Sí, aquí lo tengo –dijo Clara, y nuevamente se inclinó para susurrar al oído de Carrie –: y te confieso que no me gusta la manera de mirar de ese señor…
–Así es… Me lo encontré hace un rato en la playa y no me quitaba los ojos de encima, con esa mirada de…
–…viejo verde –la interrumpió Clara provocando una risa conjunta.
–Mira, él está aquí con su esposa, la señora Judith Carver… –Clara miró la ficha firmada por los huéspedes–. Te cuento que llegaron anteayer y se quedan hasta el miércoles.
–Gracias, Clara, te debo una, es que no te imaginas el fastidio que me produce ese hombre.
Siendo domingo, tenía cuatro días más para lidiar con la presencia de aquel individuo. Era fundamental el evitar encontrárselo nuevamente, pero detestaría el verse obligada a quedarse encerrada en su bungaló en sus ratos libres, como si no hubiese tenido suficiente encierro durante el último año de su vida. Probablemente la había reconocido, pero podría estar pensando que simplemente se trataba de un huésped más, y mientras las cosas se mantuvieran así, no habría problema alguno. Desechó su plan de salir a almorzar a alguna de las cafeterías, en las cuales tenía el privilegio de comer gratis, y prefirió prepararse un sánduche para después sentarse a ver una película. Se entretuvo viendo > para después quedarse dormida, sueño que sería interrumpido por alguien que tocó a la puerta, unos minutos antes de las seis de la tarde. Se levantó rápidamente del sofá y al abrir se encontró con uno de los botones, quien le informó el deseo del gerente del resort por conocerla. Le informó que este había regresado de su viaje y al verse en la necesidad de partir nuevamente al día siguiente, solo le quedaba el domingo a esa hora para entrevistarse con ella.
–Gracias, ¿y en dónde me espera?
–Está en la cafetería principal, pero como usted no lo distingue, si quiere la espero y la llevo hasta él.
Carrie se refrescó la cara, acomodó su cabello y algo de maquillaje lo mejor que pudo, y en vista de que era su jefe al que iba a conocer, prefirió ponerse unas sandalias. Recorrió el sendero en compañía del muchacho hasta llegar al borde de la cafetería.
–Señorita, el señor Ramírez es el que está de camisa azul clara en aquella mesa al lado de las matas –dijo el botones antes de dejarla sola en uno de los extremos de aquel lugar desprovisto de paredes. A la distancia, logró observar que se trataba de un hombre de mediana edad, probablemente bordeando los cincuenta, de contextura delgada, cabello oscuro con algunas canas en los costados y un rostro agradable. Se encontraba solo, con un vaso que parecía contener un jugo de color blanco, y estaba entretenido mirando un periódico. Carrie miró a su alrededor, asegurándose de la ausencia del juez Carver; al no verlo por ningún lado sintió el alivio necesario para cubrir la distancia que la separaba de su jefe. Le faltaban solo un par de pasos para llegar a la mesa cuando el gerente levantó la mirada y le ofreció lo que Carrie consideró una linda sonrisa. No solamente eran perfectos sus dientes, también su rostro continuaba siendo igual de agradable a como lo había juzgado desde la distancia. Pensó en que si ella fuese algunos años mayor no tendría inconveniente en salir con ese apuesto hombre, pero jamás se había sentido entusiasmada o atraída por hombres mayores, y mucho menos si se trataba de su jefe y pudieran tener la misma edad de su padre.
–¿Señor Ramírez? –preguntó ella tímidamente.
–¡Hola! Sí –dijo el gerente poniéndose de pie rápidamente y estrechándole la mano–, Francisco Ramírez, y tú debes ser Carrie…
–Correcto, Carrie Prescott, la nueva instructora de inglés.
Le pareció de esas personas a las que no les faltaba nada: era simpático, amable, con buena presencia, educado y atractivo, el polo opuesto al juez Carver, y el modelo cuasi perfecto de hombre que podría llegar a ser su recordado Santiago dentro de treinta años.
–¿Cómo te has sentido en Arenas Blancas? –le preguntó el señor Ramírez después de haber ordenado un nuevo jugo para él y una limonada para ella.
–Perfectamente, esto es el paraíso, nunca había estado en un lugar tan lindo.
–Me agrada que así lo veas, porque aquí todo el mundo dice que eres muy buena profesora y muy buena gente –la frase del gerente logró ruborizarla, lo que trató de esconder tomando un sorbo de su limonada.
–Perdóname por haberte sacado de tu bungaló un domingo a esta hora, pero es que llegué hace poco a la ciudad y tengo que arrancar nuevamente mañana temprano para Bogotá.
–No se preocupe señor Ramírez, solo estaba viendo televisión.
–Tu español es muy bueno, lo cual era un requisito fundamental para este puesto, ya sabes… hay mucho americano por ahí que quiere enseñar su idioma… pero no hablan ni pio de español y creo que un instructor así sería mucho más difícil para nuestros trabajadores. Pero cuéntame, ¿en dónde lo aprendiste?
–Una amiga colombiana en New Jersey me lo enseñó…
–Pues muy buena profesora tu amiga, y muy bien de tu parte que lo hayas querido aprender. Es que si no estoy mal, la juventud americana se preocupa muy poco por aprender otros idiomas.
–Lo sé, los gringos nos creemos en el centro del mundo, la gran súper potencia que no necesita aprender nada de nadie, y que todos tienen que aprender de nosotros y también aprender nuestro idioma, pero la verdad, es que… a mí me gustaba mucho un colombiano que estaba en mi escuela, y pensé que para conquistarlo más fácilmente debía aprender algo de español –pensó que nunca una mentira, a las que muy poco recurría, le había salido tan bien.
–Eso está más que interesante –el gerente sonrió ampliamente.
–Lo sé, lo malo es que no me sirvió de nada…
–No me digas, a tu traga no le gustaban las niñas de ojos claros…
–No, no era eso –mientras Carrie sonreía pensó que en aquel hombre existía una energía my especial, algo que la llevaba a sentir la confianza que nunca había sentido con una persona mayor–, es que él era un poco tímido, entonces nunca se acercaba a hablarme hasta que me tocó a mí hacerlo, pero ya era algo tarde cuando lo hice porque él tuvo que regresar a Colombia…
–Toda una historia de amor y dolor, ¿pero nunca lo volviste a ver ni nada?
–Nunca jamás –a Carrie le quedó imposible ocultar su expresión de profunda tristeza.
–Carrie, por la cara que pones, parece que me acabaras de hablar de la desaparición de alguien con quien hubieras tenido algo muy importante.
–Yo sé que nunca tuvimos nada, inclusive solo hablamos un par de veces, pero es que no sé, solo supongo que llegó en el momento en que tenía que llegar para que quedara grabado en mi mente.
–¿Y de qué parte de Colombia es?
–Cachaco, como dicen ustedes, de Bogotá.
–Bueno, justo para donde voy mañana… Si lo veo, te prometo que le diré que lo extrañas y que se pegue una pasadita por aquí –el tono y la sonrisa del gerente eran comprensivos y con una alta dosis de camaradería.
–A pesar de estar en Colombia, supongo que encontrarme con él es algo tan probable como que el infierno se congele.
–No creas, mucha gente viene de vacaciones a Santa Marta, de pronto algún día se te dé, y si no…, estoy seguro de que en esta ciudad hay miles de jóvenes a los que les gustaría salir contigo.
Carrie nunca había pensado en esa posibilidad: venía de pasar semanas enteras en las que no tuvo la posibilidad de ver a un solo hombre. Al no tener visitas en la prisión juvenil, con excepción de las de Sharon, que por reglamento se empezaron a dar después de seis meses de su detención, tenía prohibido asistir a la sala en donde sus compañeras de encierro se veían con sus novios, amigos y hermanos. El personal de vigilancia, incluyendo a la directora, era femenino, lo mismo que la doctora y un par de secretarias. Era consciente de que todo esto había ayudado e influido para que en su mente permaneciera la imborrable imagen de Santiago. La falta de oportunidades para conocer otros muchachos, sumado a su apresurado viaje, pocos días después de haber quedado libre, eran algunas más de las razones para no haber olvidado a su atractivo compañero colombiano. Desde entonces, solo le había llamado la atención, aunque muy levemente, un muchacho de ojos verdes y piel bronceada que había visto en uno de los quioscos de cerveza en Taganga la tarde anterior, cuando Amanda había insistido en que debían buscar al muchacho que había vivido en New Jersey. Se encontraba en compañía de otro muchacho y de tres niñas muy bonitas, una rubia, una pelirroja y una de cabello oscuro y parecía ser el centro de atracción del grupo. Pero aparte de él, en realidad no había tenido la oportunidad de distraer su mente con alguien más que no fuera Santiago.
–Bueno, creo que primero está el trabajo, y ya después miraré si en verdad le gusto a los colombianos.
–Ya te dije que como profesora les fascinas, y todo el mundo está de acuerdo en que eres una pelada muy bonita.
Pasaron unos minutos más hablando acerca del trabajo, del resort, de la belleza de las playas, de la idea de extender los cursos de inglés a más trabajadores e inclusive, si todo se daba de acuerdo con lo planeado, de implementarlos en los otros resorts de la empresa en la ciudad de Cartagena y en San Andrés, una pequeña isla en el Caribe que hacía parte de Colombia, aunque se encontraba ubicada mucho más cerca a las costas de Nicaragua que a las colombianas. Un poco antes de las siete, el amable señor Ramírez se despidió con la disculpa de tener que regresar a casa a organizar sus maletas de viaje, lo que Carrie agradeció en el alma dado que justo en ese momento observó, con el rabillo del ojo, el ingreso del detestable juez Carver a la cafetería en compañía de la que Clara había calificado como su esposa. Se despidió rápidamente de su jefe y sin esperar a que este se pusiera de pie, arrancó rápidamente hacia el sendero que conducía a su bungaló, con la suerte suficiente de encontrar un grupo grande de turistas que en ese momento llegaban a cenar y los cuales ayudaron, sin darse cuenta, a cubrir su figura de los ojos del mezquino juez, pero que al mismo tiempo no permitieron que ella se fijara en un muchacho que, acompañado por una linda rubia, se había quedado mirándola con una expresión en la que se mezclaban la sorpresa, la impotencia y la resignación.