39
Santiago miró su reloj de pulso; las manecillas marcaban las cuatro de la tarde del miércoles. Solo faltaba algo más de veinticuatro horas para que su hermana lo llevara hasta Arenas Blancas, que finalmente pudiera enfrentar a Carrie, y enterarse en dónde se encontraba parado con respecto a las ilusiones que tenía con la niña de sus sueños. Recordó lo hermosa que la había visto, vistiendo ese bikini blanco, su piel luciendo un color algo más oscuro de lo que recordaba, y una figura que podría ser la envidia de cualquier mujer. Sin embargo, no se trataba ni tampoco lucía como la mujer voluptuosa y fabricada en quirófanos, la cual solía atraer a toda clase se hombres, y que se había acostumbrado a ver en los concursos organizados por revistas y organizaciones dedicadas al espectáculo. Se trataba de la esbelta, delicada y elegante figura de una niña de diecisiete años, la cual estaba lejos de las exageraciones aclamadas por muchos y repudiadas por aquellos de gustos más refinados. Pero ese conjunto de cualidades que formaban a esa maravillosa muchacha podrían haberse convertido en su más fuerte enemigo. Era indudable que, una niña con el físico y el atractivo de Carrie, tendría miles de propuestas de toda clase de hombres. El que no hubiese respondido a su carta no hacía más que confirmarlo: ¿por qué no lo había llamado?, ¿por qué no había intentado buscarlo? Tal vez todo había sido una ilusión fundamentada en algo que nunca había sucedido. Si analizaba con cabeza fría, y de la forma más objetiva posible, un par de cortas charlas y una promesa de salir al cine y a comer pizza no eran gran cosa, especialmente recordando que todo había sucedido un año atrás. Comprendió que siempre había estado en una situación de desventaja. Recordó las palabras de una amiga, quien alguna vez había dicho: >. Carrie, en aquella época, había estado en su país, rodeada por su familia y amistades, mientras que él vivía una situación totalmente diferente, con una familia a la que poco soportaba y la ausencia de verdaderos amigos. Debido a estas circunstancias, comprendió que para él había sido mucho más fuerte el sentimiento que lo atraía hacia ella que para ella el sentimiento que hubiera podido tener hacia él. Era evidente que él le había gustado, de eso no cabía la menor duda, pero sí podían existir muchas dudas acerca de qué tan fuerte podría haber sido ese sentimiento, y si después de tantos meses todavía quedaba algo de éste, todo esto sin contar lo que hubiese podido dejar en su mente las experiencias vividas en la prisión juvenil. No tenía ni idea de cómo podrían ser las cosas en esa clase de sitios; aparte de haber visto películas que se referían al tema, y las cuales siempre tendían a exagerar las cosas para un lado o para el otro, era lógico que no podría haber sido algo fácil, especialmente si se consideraba que se trataba de una niña supuestamente inocente. No demoraron en pasar por su mente las imágenes de una Carrie venida a menos, vestida con aquellos horribles uniformes de colores naranja, típicos de las prisiones estadounidenses, y con letreros negros llevando el nombre de alguna prisión en la espalda y en el pecho algún número de identificación. Esposada de pies y manos y pasando los días en una celda de escasos metros cuadrados, y teniendo que lidiar con alguna compañera quien, posiblemente, sí sería una verdadera delincuente. Aquellas horribles imágenes lo llevaron a entender que, muy seguramente, como era lógico de suponerse, su atractiva personalidad y su linda manera de ser habrían sufrido algunos cambios que ahora podrían estar jugando en su contra. Pero Santiago era consciente de que no podría quedarse toda la vida especulando acerca de la situación; tendría que enfrentarla y estar preparado para cualquier clase de resultado.
Le hubiese gustado ser más parecido a uno de sus buenos amigos en Bogotá, quien parecía no ponerle tanta importancia a los asuntos del corazón y se limitaba a decir que no había que preocuparse tanto por las mujeres, puesto que ellas eran como los buses: si uno no te recogía, más atrás venía otro que sí lo haría. Sabía que estaba muy lejos de pensar así; siempre había sido una persona que daba la mayor importancia a los sentimientos, especialmente cuando de mujeres se trataba, y sabía que sería una de sus cualidades totalmente imposible de cambiar. Era una de las razones por las que no quería ilusionar a Verónica, aunque muy seguramente aquella muchacha ya lo estaba. Odiaría que la situación estuviese ocurriendo a la inversa; quería practicar aquella máxima que decía: no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti, y por lo tanto había preferido no avanzar con ella. Si la oportunidad con Carrie quedaba descartada, Verónica sería una buena opción y suponía que podría llegar a quererla como ella se lo merecía, pero antes tendría que jugar su última carta con aquella que no había querido abandonar su mente desde aquel día en que la vio por primera vez en el aula de clases de Mr. Roberts. Parecía haber sido hace mucho tiempo, mucho más de los casi doce meses transcurridos desde entonces, sensación que más fuerza le daba a lo que ahora sentía; si su sentimiento había logrado superar las barreras del tiempo y la distancia, con mayor razón tendría la fuerza necesaria para enfrentarla y poner fin a lo que se estaba convirtiendo en un verdadero calvario. Pero por ahora nada sacaba rompiéndose la cabeza en especulaciones acerca de lo que podría suceder al día siguiente. Se miró la rodilla para darse cuenta de la desaparición total de la inflamación. Movió la pierna suavemente notando que no le dolía. Pensó que ya se podría mover con mayor agilidad, aunque lo mejor sería tomar las cosas con calma; lo último que deseaba era tener una recaída y frustrar de esa manera la visita a Arenas Blancas que estaría realizando al día siguiente.