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Su deseo de aprovechar el corto receso de las once de la mañana con el fin de buscar un teléfono y llamar a Santiago se vio frustrado por las preguntas que algunos de sus alumnos le hicieron cuando puso sus pies fuera del salón de clases. Tratando de tomar las cosas con calma, llegó a la conclusión de que diez minutos no serían suficientes para decir todo lo que quería expresarle al que consideraba su Santiago. Dictó la siguiente hora de clase sintiendo la manera como el tiempo avanzaba lentamente, algo que nunca antes había sentido desde su llegada a Santa Marta. Finalmente, cuando el reloj marcó las doce del día, se sintió agradecida y en su mente solo cabía el pensamiento de correr hasta su bungaló y marcar el número de él antes que tuviese que salir a encontrarse con el señor Ramírez. Lastimosamente, no había dado más de tres pasos sobre el sendero que del aula conducía a su bungaló para el momento en que escuchó la voz del gerente a sus espaldas.
–Carrie, te vine a buscar para que almorcemos.
Ya no daba crédito a su mala suerte; parece que el destino estuviese jugando en su contra, apostando para que las cosas que tuvieran que ver con Santiago no le salieran de la manera deseaba.
–Señor… perdón, Fernando –dijo ella volteándolo a mirar.
–¿Cómo estuvo la clase? –preguntó el gerente mientras se acercaba hasta quedar a escasos dos metros de ella.
Instantes después se dirigieron al restaurante más atractivo y lujoso del resort, lugar en el que ella nunca había estado. A diferencia de los otros restaurantes y cafeterías, se trataba de un ambiente cerrado, con sus paredes decoradas por modernas obras de arte y enormes ventanales que dejaban ver la inmensidad del Mar Caribe desde una altura mayor a la de tres pisos, en donde el aire acondicionado proporcionaba una temperatura agradable y refrescante. Las mesas, decoradas de manera impecable, la hicieron recordar aquellos maravillosos y elegantes lugares que solo en las películas y en las fotografías publicitarias había visto. Las sillas no podrían haber sido más cómodas y la mesa que les había sido asignada, daba justamente contra el ventanal, permitiendo que la maravillosa vista fuera parte de la diversión.
–Carrie –dijo el señor Ramírez una vez ordenaron–, estuve hablando con alguien que te conoce…
No lo podía creer; la había traído al lugar más elegante de todo el resort para hablarle sobre aquel maldito juez, de todo lo que le habría dicho acerca de su pasado y quien seguramente a esa hora estaría abandonando el lugar con rumbo al aeropuerto.
–¿En serio? –su rostro palideció, reacción que se hizo evidente para su jefe.
–¿Estás bien?, te pusiste pálida…
–¿Con quién estuvo hablando, señor Ramírez?
–Carrie, tranquila, no es nada malo, o por lo menos yo no lo considero malo –la sonrisa de su jefe logró darle algo de tranquilidad, aunque todavía su corazón estaba latiendo más acelerado de lo acostumbrado.
–Es que…
–Mira, ya te dije esta mañana que todos estamos felices contigo, no tienes por qué preocuparte de nada.
–Yo también estoy feliz aquí –su tímida sonrisa, su mirada insegura, llevaron a que el señor Ramírez pusiera su mano sobre el hombro de Carrie por un par de segundos antes de continuar.
–Carrie, yo sé que contigo se cometió una enorme injusticia, y cada vez estoy más sorprendido de que después de todo lo que has vivido puedas trabajar de la manera como lo haces y aparte de todo te muestres como una niña sonriente y feliz.
–¿Cómo lo supo? –Carrie se mordió el labio.
–Uno de nuestros huéspedes me habló de ti. Pensó que estabas aquí de vacaciones, pero cuando me dijo tu nombre y supe que eras tú, me lo guardé para mí mismo, y lo primero que hice fue llamar a Dennis Cederbloom…
–¿Habló con él? –lo interrumpió Carrie.
–Sí, y me contó todo lo que te sucedió, incluyendo el apoyo que te dio el señor Book, que creo que es el papá de tu mejor amiga.
–Así es, y supongo que el huésped al que se refiere es el juez Carver.
–Correcto, personaje antipático ese señor, afortunadamente en este momento –el gerente miró su reloj– debe estar haciendo el check out. El tipo creyó que me estaba advirtiendo sobre la presencia de supuestos huéspedes peligrosos e indeseables en nuestro resort –el señor Ramírez meneó la cabeza mientras mostraba una irónica sonrisa.
–Ese hombre cambió mi vida, pero por lo menos puedo decir que no tengo queja alguna acerca del sitio en donde vine a parar gracias a todo eso.
–Esa parte me alegra. Pero te cuento que todo parece indicar que el señor Book, en medio de su deseo por ayudarte, y supongo que para hacerle entender a su buen amigo, el señor Cederbloom, acerca de la necesidad de realmente compensarte por la infamia que se había cometido contigo, le contó todo lo que te había pasado y supongo que para tu suerte, este señor no le vio problema alguno en que una niña que había sido injustamente encerrada y por consiguiente rechazada por su familia, llegara a trabajar con nosotros.
–¿Usted no le ve problema? –preguntó una insegura Carrie.
–Para nada, creo que sería la mayor injusticia si viera problema en que alguien injustamente condenado, y que pena la redundancia, trabajara para nosotros, y más aún cuando ha demostrado ser una excelente trabajadora, además de una excelente persona.
Las palabras del señor Ramírez no habrían podido ser más tranquilizadoras. Finalmente, y después de los agónicos pensamientos que la habían acompañado desde que vio al juez Carver y su pesado cuerpo recorriendo los terrenos del resort, lograba sentirse tranquila, sin tener que preocuparse por aquel abrumador peso que le acababa de ser retirado. Ya no tendría que esconderse de nadie, podría caminar tranquila por todas partes, dejar atrás todos sus temores y concentrarse en tratar de ser feliz, como lo había sido hasta el día en que aquel auto de la policía se había atravesado en su vida.
–Gracias, Fernando… no sabe lo bien que me hace sentir… ¿pero le puedo pedir un favor? –preguntó ella en el momento que el mesero puso los platos sobre la mesa.
–Lo que sea, creo que es hora de que la vida te empiece a sonreír.
–¿Alguien más sabe de esto aquí en el resort?
–No, Carrie, solo yo –el gerente llevó su mirada del pargo rojo que había ordenado a los ojos de la muchacha.
–¿Sería posible que nadie más se enterara? No quiero que me miren raro…
–Cuenta con eso… Además es un asunto personal, no tenemos por qué andar ventilándolo a diestra y siniestra.
Carrie disfrutó de su mojarra frita escuchando la amena conversación de su jefe, quien luciendo una camisa azul de manga corta y un pantalón beige lucía más atractivo que nunca. Se enteró de la separación de su esposa, ocurrida ocho meses atrás, y de cómo se había refugiado en el trabajo para no pensar en lo que habían sido doce años de una felicidad que ya no volvería. Sintió algo de pesar por un hombre al que veía como alguien que podría ser merecedor de mejores cosas, y que sin embargo parecía sentir un enrome respeto por lo que había sido su pasado.
–A veces pienso que no se puede confiar en nadie –dijo el señor Ramírez al referirse a la traición de la que había sido víctima por parte de su ex esposa. La constante actividad como gerente del resort lo había llevado a tener muy poco tiempo para dedicarle a su familia, la cual y sin embargo, había disfrutado de los altos ingresos económicos que producían la alta posición de que disfrutaba dentro de la organización hotelera. Todo parecía indicar que su antigua mujer, sintiéndose aburrida y con demasiado tiempo a su disposición, había decidido tener una aventura con un hombre cinco años menor que ella, lo que habría sido descubierto, finalmente provocando la separación de la pareja. Carrie, encantada con los detalles de la vida reciente de aquel hombre, supo que la llamada que debía hacer tendría que esperar hasta las cuatro de la tarde, hora en la que estaría culminando su jornada laboral. Minutos antes de las dos, fue su propio jefe quien la acompañó hasta la puerta del salón de clases, lugar en el que ya la esperaban algunos de sus alumnos. Mientras dictaba clase, su mente vagó entre el que quería convertir en su novio, si es que llegaba a existir la posibilidad de que Santiago estuviese viviendo en Santa Marta o al menos fuese a estar allí por una larga temporada, los avances realizados la noche anterior por Fabio y lo mucho que le empezaba a llamar la atención su jefe, algo que la asustaba, dado que nunca antes se había sentido atraída por un hombre que le llevara tantos años de diferencia.
Siendo las cuatro y cinco de la tarde, Carrie se despidió de sus alumnos y se apresuró a llegar a su bungaló. Había llegado la hora de la verdad, el momento de agarrar el teléfono y marcar el número que Santiago le había dejado. Abrió la nevera, sacó una jarra de jugo de naranja, se sirvió un vaso, se lo tomó a gran velocidad, respiró profundo un par de veces, sacó la carta de su bolso, miró nuevamente el número telefónico y procedió a marcarlo. Era consciente, no solamente de su acelerada respiración, sino también de la manera como le temblaba la mano. Escuchó el timbre cuatro veces hasta que una voz juvenil y femenina contestó al otro lado de la línea.
–Hola, podría hablar con Santiago…