20
Carrie sintió que de alguna manera volvía a nacer. El verse a sí misma nuevamente como una persona útil, que podía trabajar, ganar su propio dinero para mantenerse, tener la libertad de ir y venir sin que nadie se lo impidiera o le llamara la atención, tener a un grupo de gente interesado en lo que decía, lo que enseñaba, lo que compartía, eran experiencias que la estaban llevando a querer vivir nuevamente, a empezar a salir de aquellos comienzos de depresión que la habían atacado desde sus primeros días en la prisión juvenil. Ya no tenía por qué pensar en que su máximo deseo era la terminación de su existencia, aunque nunca había considerado el s******o; simplemente al verse encerrada en la pequeña celda, vistiendo aquel inmundo traje de color naranja, sin persona alguna con la cual dialogar, y sin el apoyo de sus padres, supo que no había razón alguna para seguir viviendo. Aquellas paredes blancas, la cama de cemento con la delgada colchoneta, el inodoro metálico y su lavamanos a escasos centímetros, la reja de barrotes grises que solo dejaban ver una oscura pared al otro lado del angosto corredor, pero que al mismo tiempo la privaban de cualquier privacidad que hubiese podido desear, habían creado la atmósfera perfecta para llevarla a renunciar a cualquier intento de seguir viviendo. Recordó cómo pasó los primeros tres días sin probar bocado. Los contenidos de la bandeja de comida, dejada en el piso de la celda por una guardiana de aspecto amenazante, fueron a parar al inodoro; no quería ponerlos sobre aviso acerca de su negativa a alimentarse, o de lo contrario la hubiesen podido obligar a hacerlo recurriendo a métodos dignos de las épocas de la persecución a las brujas de Salem. Pero ahora todo era diferente, la vida le sonreía nuevamente, tenía motivos para reír, para sentirse bien, pero sobre todo para olvidar.
Terminó de ponerse su bikini blanco, aquel que acababa de comprar en una de las boutiques del resort, acerca del cual la encargada le había aconsejado como el que mejor contrastaría en el momento en que su piel terminara de adquirir el tono de bronceado acanelado que ya empezaba a notarse en algunas partes de su cuerpo. Se aplicó crema bronceadora, tomó una toalla del baño, la llave del bungaló y salió con dirección a la playa. Se acomodó en una de las sillas bronceadoras, lamentando que fuesen las cuatro y quince minutos, hora en la que el sol empezaba a perder la fuerza necesaria para adquirir un buen bronceado. Sin embargo agradeció la refrescante brisa que a esa hora soplaba, la cual logró despojarla del calor que a través de las horas de trabajo se había pegado a su cuerpo. No pasó más de veinte minutos recostada y apreciando el paisaje, sus ojos divertidos con las proezas realizadas por gaviotas, pelícanos y alcatraces en su incesante búsqueda de peces, pero al reconocer que el sol ya no actuaría en su piel, prefirió darse un chapuzón. Las calmadas aguas tenían la temperatura perfecta, supuso ella que en gran parte de debía a haber recibido los rayos del sol durante todo el día. Practicó algo de nado sobre su espalda, su mirada concentrada en el lento movimiento de las nubes, hasta cuando escuchó el ruido del motor de una lancha. Se enderezó para apreciar a escasos metros la presencia de una pequeña embarcación de color rojo, la cual halaba un tubo inflable de color amarillo en el que iba montado un grupo compuesto por tres muchachos. Sobraban los dos puestos de atrás, y el hombre de piel oscura al comando de la lancha, no paraba de ofrecerlos a quien quisiera ocuparlos. Carrie decidió que podría tener su pequeña aventura en aquel aparato al que el lanchero se refería como >.
–¿Cuánto cuesta montar? –preguntó ella al pasar lentamente la lancha a escasos tres metros de distancia.
–Para ti, solo dos mil pesos –le contestó el lanchero, exhibiendo una amplia sonrisa a la que le faltaba un diente.
–Tengo mi dinero en el hotel…
–No importa, te doy crediplaya –dijo el lanchero deteniendo la lancha.
–¿Qué es crediplaya?
–Me pagas más tarde, también lo puedes hacer en dólares.
Carrie se encontró sentada en el último puesto del >, ya que el penúltimo había sido ocupado por otra muchacha. Apenas había terminado de ponerse el chaleco salvavidas, provisto por el lanchero, para el momento en que la lancha arrancó a gran velocidad. Sus manos, agarrando fuertemente las argollas plásticas que encontró delante de ella, evitaron que la fuerza de arranque la mandara al agua. Fascinada por la rapidez con que surcaban las aguas y atravesaban las olas, el agua chisporroteando a sus alrededores, y disfrutando la manera como el viento golpeaba su rostro, sintió como su ser se llenaba de alegría y positivismo a pesar de ser solamente una pasajera diversión, pero que a la hora de la verdad le mostraba lo que podían ser las alegrías de la vida, de las cuales se había olvidado desde el momento en que sintió el metal de las esposas cerrándose alrededor de sus muñecas. Pero su alegría llegó a su máxima expresión en el momento que la lancha hizo un cerrado giro sin disminuir la velocidad, lo que provocó que el gusano se volteara de forma aparatosa y sus cinco ocupantes terminaran en el agua. Carrie nadó lentamente hasta el bote, devolvió el chaleco salvavidas y le dijo al lanchero que podría buscarla en la recepción del resort Arenas Blancas, lugar en el que le dejaría el dinero. Minutos después se encontró de regreso en su bungaló, se dio una ducha, se puso un short de jean y una blusa strapless blanca y al pararse frente al espejo del baño a secar su cabello, sintió que tocaban a la puerta. No tardó en descubrir que se trataba de Amanda, quien luciendo aun su traje de trabajo, se presentaba con una enorme sonrisa.
–Hola, Carrie, pensé que de pronto te gustaría ir a comer a mi apartamento, ¿te parece?
Carrie la hizo seguir a su pequeña sala antes de responderle.
–Eso suena perfecto, ¿qué hora es?
–Faltan diez para las seis, si quieres puedo esperar a que te acabes de arreglar y vamos.
Veinte minutos después, las dos amigas se encontraban en el auto de Amanda, haciendo un recorrido que no duró más de ocho minutos. El apartamento de la subgerente era pequeño pero acogedor. Carrie pensó que podría tener unos pocos metros más que su bungaló. Se encontraba en el décimo piso de un edificio de construcción circular, justo al lado de un hotel en donde un antiguo galeón hacía parte de su decoración. Contaba con un balcón con vista a la playa y a la piscina, estaba decorado con elementos de estilo moderno contemporáneo y en sus muebles predominaba el color blanco. Bastaron unos segundos para que su dueña se lo enseñara, y minutos después se sentaron en un par de cómodas sillas del balcón a disfrutar del atardecer y de un par de cervezas frías. Predominó el diálogo acerca del trabajo, de las impresiones de la joven norteamericana acerca de su primer día como profesora, de la naturaleza de sus estudiantes y del ambiente en general del resort.
–Te voy a dejar cinco minutos mientras tomo una ducha y me cambio, ¿quieres otra cerveza mientras tanto?
Carrie nunca había sido una gran bebedora, pero el calor la convenció que lo mejor sería refrescarse con una segunda cerveza. La recibió de las manos de su amiga y se quedó observando cómo los barcos empezaban a encender sus primeras luces. A medida que pasaban los minutos, se iba sintiendo mejor en su nueva ciudad. Disfrutaba de una mezcla perfecta: un trabajo que le agradaba en un lugar más que perfecto para pasar unas vacaciones. Pensó en la manera como sus sufrimientos estaban siendo recompensados; en la manera como todo empezaba a mejorar en su vida, pero al mismo tiempo era consciente de que algo le faltaba, y en el fondo de su corazón sabía que ese algo era el último hombre que le había llamado la atención, pero que la injusticia no había permitido que llegara a tener algo con él.
–¿Qué preferirías comer? Puedo hacer pasta o unas hamburguesas.
Carrie se dio la vuelta para encontrar a su amiga parada en el umbral de la puerta corrediza que daba al balcón. Tenía el cabello mojado y solo vestía una camiseta blanca y un pequeño short del mismo color.
–Lo que tú quieras, y lo que sea más fácil –respondió Carrie mientras pensaba en lo atractiva que lucía su nueva amiga con el cabello mojado.
Un rato después se encontraban sentadas disfrutando de pasta con carne molida y salsa boloñesa, acompañada por una nueva ronda de cervezas.
–¡Está muy buena! –dijo Carrie saboreando su comida.
–Es mi especialidad, me la enseñó mi mamá hace como diez años.
–En serio que está riquísima…, pero me da pena que anoche me invitaste a comer al Rodadero y ahora a tu apartamento, creo que la próxima tendrá que ser invitación mía.
–No te preocupes, no puedo abusar de una recién llegada y mucho menos cuando todavía no ha recibido su primer sueldo –alegó Amanda meneando la cabeza.
–Por dinero no hay problema, tengo algo guardado de lo que me dieron para el viaje, y además en Santa Marta todo es tan barato…
–Me haces acordar de alguien –dijo Amanda añadiendo una pequeña sonrisa a su dulce expresión.
–¿De quién? –preguntó Carrie, su mente enfocada en la idea de llegar a tener un bronceado tan perfecto como el de su anfitriona.
–Solo un muchacho con el que hablé esta mañana en una de las cafeterías del resort, es el tipo más lindo que he visto últimamente, y me dijo que no tenía plata para regresar a su casa después de habérsela gastado toda en un jugo.
Ese comentario le ayudó a Carrie a continuar disipando las dudas que tenía con respecto a su amiga: si estaba hablando de un muchacho bien parecido, cada vez se hacía más evidente que su gusto no estaba en las mujeres.
–Bueno, supongo que los precios del sitio donde trabajamos son un poco más altos que en otros lados, pero cuéntame de aquel hombre…
–No es un hombre, es un muchacho de dieciocho o diecinueve años que llegó trotando al resort y estaba tomando un descanso antes de regresar, pero aparte de ser muy lindo, me llamó la atención cuando dijo que había vivido en Nueva Jersey.
Al escuchar la palabra Nueva Jersey, Carrie dejó de pensar en el perfecto bronceado de su amiga y se concentró un poco más en lo que esta decía.
–¿Me dices que tiene como dieciocho años y que vivió en New Jersey?
–Sí, imagínate la coincidencia, le iba a hablar de ti, pero justo en ese momento me interrumpió Amira y tuve que dejarlo.
–Amanda, ¿cómo era él? –Carrie concentró su mirada en los ojos de su amiga.
–¿Qué te digo? Un cachaco muy lindo, blanco, de ojos cafés, pelo castaño oscuro, muy simpático…
–¿Cachaco? ¿Eso qué es? –la interrumpió Carrie, el ceño fruncido.
Amanda rio suavemente antes de contestar.
–Aquí en la costa se le dice cachacos a los del interior, a los bogotanos.
–Entonces él es bogotano… –comentó Carrie, su mirada perdida.
–Eso dijo, y pues sí, tenía acento bogotano…
–¿No sabes cómo se llama?
–No, mira que solo fue una conversación informal, muy rápida, ¿pero por qué? ¿Acaso conociste a algún cachaco en tu pasado?
Carrie pasó los siguientes minutos contándole a su amiga acerca de lo sucedido con Santiago, pero en lugar de confesarle la verdadera razón por la que todo se había frustrado, le inventó que ella había tenido que viajar a Boston a atender a una tía que había enfermado, viéndose obligada a permanecer con ella por más de tres meses, y que para el momento de su regreso a Nueva Jersey, el apuesto muchacho ya había salido de los Estados Unidos.
–Entonces nunca has tenido un novio… Mira que esa es una historia muy triste… –Amanda meneó la cabeza antes de tomar un trago de su cerveza y de continuar hablando–. ¿Pero por qué no lo llamaste desde la casa de tu tía? De pronto hubieran podido cuadrar alguna forma de volverse a ver…
–Yo sé, pero todo fue tan repentino, como te dije, tuve que salir corriendo de un momento a otro y la verdad es que miles de cosas que debería haber llevado conmigo se quedaron en mi casa, y eso incluyó el cuaderno en el que había apuntado su número telefónico.
–Mira, niña, de acuerdo con lo que me dices, el cachaco de esta mañana se ajusta a la descripción física que me diste de tu amigo, pero el problema es que yo no sabría cómo ubicarlo, lo único que sé es que vive en El Rodadero, pero tú ya sabes, tú misma vista anoche cómo es ese sitio, está lleno de edificios…
–¿Pero para qué me hago ilusiones? –Carrie arrugó los labios–. Me imagino que hay cientos de bogotanos de dieciocho años que han vivido en New Jersey… Además sería demasiada coincidencia que Santiago estuviera aquí en Santa Marta.
–Una nunca sabe, casos se han visto, niña. Además mira –dijo Amanda agarrándole la mano a su amiga por un breve instante–, si ese cachaco vino trotando hasta acá, es muy posible que lo vuelva a hacer, y la próxima vez que lo vea, me voy a asegurar de pedirle su teléfono y su dirección.
Durante el recorrido de regreso al resort, sentada al lado de Amanda, Carrie llegó a la conclusión de haber encontrado una buena amiga en la que aparentemente podría confiar y esperar algo de apoyo. Sin embargo sus dudas no se habían disipado totalmente, ya que el hecho de haberle sujetado la mano, además de algunas miradas que daban la impresión de ir más allá de las que podrían esperarse por parte de una amiga, no dejaban que la pudiera ver como antes había visto a Sharon o inclusive a Julie, la gran culpable de sus penurias. Tendría que seguir observándola y analizándola, pero por ahora se sentía contenta de tener una amiga y que esta le hubiese hablado acerca de aquel muchacho que trotaba en la playa. Sabía que las posibilidades de que fuese la misma persona eran mínimas, pero lo último que podía perder era la esperanza, de eso estaba totalmente segura.