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2525 Palabras
21               –Santi, te necesita alguien –le dijo su mamá a Santiago, interrumpiendo su lectura de >, novela que leía por segunda vez y la cual había tenido la oportunidad de disfrutar en su adaptación para una película de Hollywood.      –¿Quién es? –le preguntó a su mamá, poniendo el libro sobre su estómago.      –Una niña, ¡y está bien linda! –adhirió su mamá con una pícara sonrisa.      Santiago se levantó rápidamente de su cama, se puso los zapatos y se miró al espejo de su habitación antes de salir. Supuso que se trataría de Verónica, la única mujer que había conocido desde su llegada a Santa Marta. Pero nunca le había dado su dirección, ¿entonces cómo había logrado encontrarlo? Se desplazó a la sala del apartamento para encontrar a la linda rubia sentada en la mitad del sofá, su mirada perdida en la copia de una obra del pintor Botero.      –Hola, Nica, esto es  toda una sorpresa…      Verónica rio al escuchar la manera como su amigo la llamaba. Se puso de pie y no fue tímida para darle un pico de saludo en la mejilla.      –Si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma –dijo una divertida Verónica volviéndose a sentar.      –Te juro que te iba a llamar esta tarde, a ver si querías ir a tomar algo –Santiago no olvidó sonreírle mientras se sentaba en una de las poltronas, justo al frente de ella. Su mirada pasó del atractivo rostro de la rubia a fijarse en su blusa tipo esqueleto color crema, su minifalda de jean de tono verde, y aquellas espectaculares piernas que lucían mejor de lo que las había visto tres días antes.     –No lo dudo… –dijo ella mostrando una expresión de incredulidad.      –Te lo juro, pero… están bien lindas tus sandalias –dijo él cuando su mirada terminó el recorrido del cuerpo de su amiga en un par de sandalias blancas de tacón alto. Recordó que en su ciudad natal nunca vería a alguien llevando esa clase de calzado, pero esto era la costa y la alta  temperatura bien lo ameritaba.       –Y cambiando de tema… –dijo ella mientras sonreía.      –No, pero es que en serio, esos zapatos no los verías en Bogotá.      –¿De qué estás hablando? –preguntó una extrañada pero divertida Verónica.      –Nada –dijo él, algo avergonzado, cayendo en la cuenta de que sus pensamientos se le habían salido por la boca–, solo eso, que me gusta… tu pinta.      –La tuya no se queda atrás… –Verónica no dudó en mostrar una sonrisa traviesa.      –Top siders, bermudas y camiseta, todo normal –dijo Santiago mirándose a sí mismo.      –Pero ese rojo te sienta bien, y combina re bacano con el beige de tus bermudas.      –Gracias, pero dejemos el capítulo de la moda y pasemos al de cómo hiciste para encontrar mi apartamento.      –Fácil, le pregunté a Fabio –a Santiago le pareció que Verónica nunca iba a parar de mostrar su linda sonrisa.      –Me lo debí imaginar… Pero bueno, salgamos de aquí, ven te invito a tomar algo –Santiago se puso de pie y sin esperar la respuesta de ella, corrió a abrir la puerta que daba al pasillo exterior.      Diez minutos más tarde se encontraban tomando jugo en un pequeño lugar cerca al malecón de la playa. La vista era perfecta, con el mar de fondo, las palmeras,  y la gente que a esa hora empezaba a regresar a disfrutar de las aguas del mar después de haberse tomado un descanso para almorzar. Santiago había pedido un jugo de guanábana en leche mientras ella se había ido por el de maracuyá en agua.      –Oye, niño, no me has contado lo que vas a hacer cuando te vayas de aquí, si es que te vas.      –Entrar a la universidad, pero no sé si hacerlo aquí o en Bogotá.      –¿Pero no se supone que ya deberías saberlo? Lo digo por aquello de los exámenes de admisión y todo eso…      –Ya estoy aceptado, en la del Magdalena y en la Tadeo de Bogotá.      –Tienes suerte, yo en cambio no estoy muy decidida –Verónica torció los labios mientras ladeaba la cabeza, expresión que la hizo ver ante Santiago como la niña más linda del planeta.      –¿No sabes qué hacer?      –No, pero ya sé que tengo que estudiar, pero no me he decidido.      –Al menos todavía te queda tiempo –Santiago le brindó una sonrisa comprensiva.      –Seis meses, después de eso me tengo que decidir… Pero bueno, hablemos de algo menos aburrido, como por ejemplo… que tú debes estar pensando que las costeñas somos unas lanzadas –dijo ella mientras lo miraba por encima de su vaso, sus dientes mordiendo el pitillo rojo con blanco.      –¿Por qué dices eso? –Santiago frunció el ceño sin dejar de sonreír.      –Bueno, te caí en la fiesta de Alan, y ahora voy y te caigo a tu apartamento.      –No, para nada, me parece normal… Creo que tenemos que dejar atrás las épocas del machismo y la inquisición.      –¡Que vaina! Y yo que quería que tú fueras mi inquisidor… –Verónica arrancó a reír antes de terminar de hablar.       –¡Uy! Eso suena interesante –Definitivamente no estaba acostumbrado a esto. Las bogotanas no solían ser expresivas, casi siempre pendientes del qué dirán y de las apariencias. Y a las gringas no las había llegado a conocer demasiado, aunque vino a su memoria lo que había hecho Carrie para lograr salir con él, y cómo había sido ella la que tomó la iniciativa para cuadrar su malograda cita.       –Oye, ven acá… ¿Pero tú qué? –preguntó ella.      –¿Qué de qué?      –Pues tú con cipote pinta, y que en la fiesta nunca me dijiste si andabas con alguien.      –No, no ando con nadie. No ves que acabo de llegar a Santa Marta…      –¿Pero no dejaste alguna niñita en Bogotá?      –No, nadie –Santiago meneó la cabeza antes de tomar un sorbo de su jugo.      –No te creo, tú debiste dejar a alguien por allá, alguien como tú… no creo que ande solo.      –Te juro que no, pues por ahí me gustaba una vieja, pero eso fue hace más de tres meses, y en todo caso ahí no pasó nada.      –Eso me alegra –la sonrisa de Verónica era bastante traviesa.      –¿Te alegra mi fracaso, mi tristeza? –el tono divertido de Santiago era evidente.      –No, para nada, ¿pero por qué vas a estar triste? Ahora no tienes que sufrir por nadie.      –Pero a veces siento que quiero sufrir…      Verónica bajó la cabeza dando la impresión de estar pensando en lo que iba a decir. Guardó silencio por un par de segundos y después preguntó:      –¿Y por allá en Gringolandia no tuviste a nadie?      –Allá sí que menos, la cosa es complicada por esas latitudes.      –´erda, parece que estoy aquí con severo santo –pero la sonrisa de Verónica, sumada a la expresión de su rostro, indicaba admiración hacia su amigo. Sin embargo las palabras de ella lograron que Santiago perdiera la confianza que hasta el momento había sentido al estar con ella.      –Puede ser… –Santiago tomó un sorbo de su jugo y concentró su mirada en la gente que caminaba por el malecón, su expresión dando claramente a entender que no se sentía a gusto.      –Mira, Santi, no te pongas así, solo estaba bromeando.        –De pronto los cachacos, como nos llaman ustedes, somos diferentes, somos muy santos… –dijo él sin voltearla a mirar.      –Yo sé que son diferentes, pero eso los hace más interesantes.       –Tú eres bien chévere, Nica –dijo él volviéndola a mirar, pero de pronto por ahí me llevas años luz…      –¿Pero cómo se te ocurre eso? Si tú vienes de la capital, has vivido en Estados Unidos, hablas inglés, y ahora dices que te llevo años luz… –Verónica meneó la cabeza sin dejar de sonreír.        –Quiero decir que en eso de novios y amigos especiales.      –Yo solo he tenido dos novios… y con ninguno duré más de tres meses. En cambio tú, me imagino que debes tener en tu lista algo así como tres cachacas y tres gringas… –Verónica no paraba de sonar divertida.      –Pues ni una cachaca ni una gringa…      –Santiago ¿Tú me estás mamando gallo?      –Te juro que no, yo nunca he tenido una novia en serio.      –¡Ah¡ –exclamó ella abriendo la boca–, lo que pasa es que no te gusta formalizar las cosas, ya entiendo… Entonces te gusta es así como de chévere…      Santiago, empezando nuevamente a coger confianza, pensó en lo divertida que era esta niña. No solamente era bonita y de cuerpo espectacular, también era simpática, despreocupada y sincera. Sabía que se encontraría muy a gusto saliendo con ella, pero tenía temor de llegar a decepcionarla: su forma de ser algo introvertida, sumada a su falta de experiencia con las mujeres, contrastaba tremendamente con la forma de ser de ella y era algo que podría llegar a influir más temprano que tarde. Sabía muy bien que detestaría llegar a enamorarse de alguien que después de una o dos semanas no quisiera saber nada de él.      –No, creo que no me has entendido… Lo que quiero decir es que nunca he tenido a nadie, ni novias, ni amiguitas con derechos, ni nada que se le parezca.      Santiago llegó a la conclusión de que lo mejor sería la sinceridad. Si algo habría de pasar, lo mejor sería que tuviera buenos cimientos.        –No te lo puedo creer… –la expresión de Verónica mezclaba la sorpresa con la comprensión.      –Créelo…      –Oye, ven acá, ¿pero a ti te gustan las mujeres, verdad?      –Pues claro que me gustan, y mucho –Santiago trató de esconder el malestar  producido por la pregunta de su amiga. Ahora empezaba a sentirse en una montaña rusa emocional: de sentirse cómodo y alegre pasaba, en menos de unos pocos segundos, a la incomodidad acompañada de algo de inseguridad.      –Bueno, me imagino que tanta viajadera por el mundo no te ha dejado tener a alguien en serio – se dio cuenta que lidiaba con una niña bonita que trataba de ser comprensiva.      –No solo eso… –Santiago recordó lo sucedido con Carrie.      –¿Entonces qué más? –Verónica mostró una genuina expresión de curiosidad.      Santiago no estaba seguro acerca de confesarle lo sucedido en Nueva Jersey, pero sentía las ganas de contarle una de las razones por las que nunca había tenido a nadie; de alguna manera sabía que debía dar alguna explicación.      –No sé… En Bogotá me la pasaba con mis amigos y pues allá a las peladas jóvenes no las dejan salir de noche, entonces eso dificultaba tener novia, y luego en Estados Unidos hubo alguien que me gustó mucho… pero algo tenaz pasó el día en que íbamos a salir por primera vez…      –¿En serio? ¿Y me puedes contar qué pasó?, ¿o estoy siendo muy metida?      Santiago pasó los siguientes minutos contándole todo lo sucedido con Carrie, incluyendo los detalles que él conocía acerca de su detención.      –¡No te lo puedo creer! ¿Tú me estás diciendo que tu traga gringa está en la cárcel? –Verónica se mostró totalmente asombrada con el relato de su amigo.      –Mi ex traga, estamos hablando de algo que pasó hace casi un año –pero Santiago no estaba totalmente seguro de lo que acababa de afirmar. Aunque había tomado la decisión de tratar de olvidarse de Carrie y de darse una oportunidad con Verónica, era evidente que en su mente y en su corazón todavía había un espacio reservado para la norteamericana.      –Pero por la forma como me lo contaste, yo creo que todavía sientes algo por ella.      Era el momento de decidirse: si le daba a Verónica el más mínimo indicio de que aún seguía recordando a Carrie, cualquier intento de tener algo llegaría a su final. Tenía que ser inteligente, lo sucedido en Nueva Jersey pertenecía al pasado, un pasado que no volvería, una oportunidad perdida, un sucio giro del destino que había dado al traste con todo. Debía olvidarse de aquello de una vez por todas, seguir con su vida, empezar a ganar algo de experiencia y dejar de sentirse como el más infortunado de todos.      –No, Nica, en serio que no… Lo que pasa es que la cosa fue dramática, ya sabes, la pobre pelada allá encerrada a los dieciséis años por algo que no hizo, pero no, total entre ella y yo no hubo nada, además eso fue hace resto…      –Mira que cipote problema no le sucede a cualquiera, para mí esa niña tenía que estar untada. Mira, tú sabes, para los gringos eso de la maracachafa es como para nosotros tomarnos un trago.      Santiago tuvo ganas de pararse y salir corriendo. Odiaba la generalización, y aún más si esta se aplicaba para desprestigiar a alguien especial. Había escuchado hablar a sus compañeros de Nueva Jersey acerca del uso común de la m*******a en algunas fiestas y reuniones, pero también sabía de la existencia de personas que se rehusaban a consumirla, al igual que en Colombia algunos no gustaban del licor. Sin embargo la belleza y la simpatía de Verónica lo obligaron a contenerse.      –Hablas como si la conocieras –Santiago tomó el último sorbo de su jugo.      –Pero no es para que te pongas así –dijo ella dejando a un lado la sonrisa.      –No me gusta que generalices –aunque Santiago intentó sonreír, su disgusto era más que evidente.      –Mira –dijo ella poniéndose de pie–, si quieres hablamos otro día, cuando estés de mejor genio.      Santiago se quedó mirándola mientras se levantaba de su silla.      –Yo creo que la que está de mal genio eres tú.      –Olvídalo, cuídate –dijo ella mirándolo a los ojos antes de salir apresuradamente del lugar.           Otro intento que se iba al traste, fue lo primero que Santiago pensó. Acababa de arruinar la oportunidad de ennoviarse con una niña linda y simpática, todo por no poder dejar atrás el recuerdo de Carrie, quien seguramente ya se habría olvidado de él, dado que la norteamericana de los ojos claros tendría cosas mucho más importantes y urgentes en las que pensar. Se acercó al mostrador, pagó lo que debía y abandonó el lugar. Por primera vez desde su llegada a Santa Marta, sintió que no quería estar ahí.          
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