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3764 Palabras
22          –Mira el puerto, por aquí sale y llega toda la mercancía de otros países.      –Me gusta esa isla –dijo Carrie, sin prestarle demasiada atención a los dos enormes buques atracados en el muelle que se extendía hacia su derecha. Siendo las once de la mañana, Carrie y Amanda se encontraban en el centro de la ciudad observando la playa  y sus alrededores.        –Le llaman El Morro, dicen que en la antigüedad la utilizaban para defender a la ciudad de los ataques de los piratas.      Aprovechando el día sábado, las dos amigas partieron después del desayuno a recorrer la ciudad. Carrie no paraba de observar y hacer preguntas, gratamente sorprendida por las diferencias en las características de los pueblos y ciudades norteamericanas y lo que ahora estaba observando. El estilo colonial de algunas de las construcciones, la arquitectura de las iglesias, e inclusive el desorden reinante en algunas de sus calles más transitadas eran todas cosas nuevas para ella. Andaba sorprendida de ver a los hombres vistiendo pantalón largo, algo que ella jamás sería capaz de hacer. Su pequeño vestido de tonos verde y azul, el cual según palabras de su amiga, era lo más lindo que había visto en su vida, le daba la frescura necesaria para el recorrido turístico que habían empezado un poco antes de las diez de la mañana.      –Este lugar tiene mucha historia, no es como New Jersey, allá nunca pasó nada –las dos amigas continuaron caminando por el camellón hasta llegar a la estatua en piedra de un hombre que vestía ropas de otras épocas, ubicada a escasos metros del lugar donde rompían las olas.      –Este es Rodrigo de Bastidas –Amanda señaló la estatua con su dedo–, el fundador de la ciudad.      –No me puedo imaginar a estos señores vistiendo esa ropa con el calor que hace aquí –Carrie miraba la estatua mientras meneaba la cabeza.      –Lo sé, creo que eran unos héroes.      Media hora más tarde se encontraron estacionando el auto de Amanda en las calles de un pintoresco poblado junto al mar. Carrie cada vez se sentía más a gusto. La sensación de estar conociendo la ciudad la llevó a olvidar el sueño de la noche anterior, aquel que la había despertado minutos antes del amanecer, y en el que se veía de regreso en su celda de la prisión juvenil, hablando con una guardiana quien no paraba de repetirle los términos de su nueva sentencia: >. Había despertado entre lágrimas, agradeciendo que tan solo se trataba de una pesadilla, pero el ritmo acelerado de su corazón no había permitido que volviera a dormirse. La alegría de su amiga había ayudado a sacarla del mal humor con que se había levantado, y las experiencias de la mañana no habían hecho más que reforzar el positivismo exhibido por Amanda, y que ahora parecía impregnarse en  fuertes oleadas, invadiendo todo su ser y haciéndola olvidar de su horrible pesadilla.      –¿No vas a llevar tus sandalias? –le preguntó Amanda al verla descender descalza.      –Creo que no me van a hacer falta –alegó Carrie caminando alrededor del auto.           –Niña, ten cuidado, el piso puede estar quemando…          –No creo, mira las nubes –Carrie señaló hacia lo alto con un leve movimiento de cabeza. Un nutrido grupo de nubes empezaba a atravesarse en la ruta de los fuertes rayos de sol, logrando que el ambiente se sintiera un poco más fresco y que las superficies se sintieran menos calientes.      –Siendo así, creo que te voy a imitar –Amanda, que ya había cerrado la puerta, volvió a abrirla, se despojó de sus sandalias y las dejó en el interior del vehículo. Cada una llevaba un pequeño bolso en el que cargaban toallas, y cremas bronceadoras. Tenían planeado bajar hasta la orilla del poblado y tomar una lancha que en menos de cinco minutos las pondría en Playa Grande, lugar en el que tenían planeado pasar el resto del día.      –Mira, esta es la famosa Taganga, por aquí viene bastante extranjero, pero muchos vienen a trabarse –dijo Amanda cuando llegaron a la última calle, aquella que daba contra la arena de la playa.      –¿A trabarse? ¿Qué es eso? –preguntó Carrie, sus ojos recorriendo el lugar, el cual se caracterizaba por la cantidad de restaurantes de pescado y la amplia variedad de pequeñas embarcaciones coloridas, fondeadas en la pequeña bahía, o arrumadas encima de la arena.         –Trabarse significa fumar m*******a…      Carrie sintió cómo un escalofrío le recorría la espina dorsal hasta llegarle al cerebro y quedarse allí produciéndole un fuerte dolor de cabeza.      –Carrie, niña, ¿qué te pasa? ¡Parece que hubieras visto al mismísimo diablo! –exclamó una alarmada Amanda.      –No, no es nada –trató de disimular la muchacha de los ojos claros–, debe ser el calor que me hizo doler la cabeza, pero ya está pasando.      Amanda, preocupación en su rostro, la llevó hasta la atractiva terraza de un restaurante ubicado a menos de quince metros, la ayudó a sentarse y pidió a la joven muchacha, encargada del lugar, un par de vasos de agua. Para Carrie, estar cerca a gente que consumiera drogas era sinónimo de grandes problemas, y lo último que deseaba era terminar nuevamente en una prisión juvenil, pero esta vez en versión Santa Marta. Sabía que su reacción podría ser algo exagerada, pero así mismo sabía que se había hecho dueña de un trauma que solo desaparecía con el paso del tiempo o con la ayuda de un profesional.      –¿Ya te sientes mejor? Si quieres regresamos a tu bungaló, o puedes venir a mi apartamento hasta que estés mejor –preguntó Amanda para el momento en que su amiga había tomado más de la mitad del vaso de agua.      –Tranquila, ya estoy mejor, y ni se te ocurra cancelar el paseo –la sonrisa estaba de vuelta en el atractivo rostro de Carrie.      –Mira que me preocupaste, es que nunca se sabe con ustedes los gringos, total no están acostumbrados a este ambiente.      Carrie hubiese querido contarle la verdadera razón de su repentino malestar, pero concluyó que todavía no le tenía la suficiente confianza, además de que podría llegar a poner en riesgo su trabajo, lo cual era lo único que tenía en este mundo, aparte de Sharon y su familia.      –Ya estoy bien, no te preocupes –Carrie  terminó de beber el vaso de agua y se levantó decidida y sonriente–. Vamos, creo que la playa nos espera.      El breve recorrido, en canoa con motor fuera de borda, concluyó con la llegada a una playa repleta de gente en donde los quioscos para almorzar pescado con arroz de coco y patacón abundaban. Toldos multicolores para protegerse de los rayos del sol se alquilaban por una suma que a la subgerente del resort le pareció bastante alta pero que a Carrie le pareció una ganga. A la hora de la verdad, todo le parecía una ganga cuando convertía la suma a dólares americanos.      –Bienvenida a Playa Grande –dijo Amanda, las dos amigas acostadas sobre sus toallas, dispuestas a recibir el sol. Habían decidido llevar sus trajes de baño debajo de sus prendas de calle, y solo fue deshacerse de estas para quedar luciendo lo que, gracias a las múltiples miradas de los demás turistas, parecían ser dos llamativos cuerpos.      –Gracias… –Carrie se puso las gafas oscuras que había comprado junto con su bikini blanco, se relajó y preguntó –: ¿Qué fue lo que pedimos para almorzar?      –Pargo rojo, es un pescado bien rico –Amanda había cerrado los ojos y sin embargo no paraba de sonreír.      –¿Y vamos a almorzar ya? Es que apenas son las doce –Carrie giró la cabeza para mirar su reloj de pulso.      –No, yo le dije a la señora que a la una. Cuando esté listo nos llaman y nos toca pasar a la mesa de uno de los restaurantes de allá atrás –Amanda estiró su brazo por detrás de su cabeza, señalando el sitio donde se encontraban los quioscos de comida.      Carrie ocupó los siguientes minutos aplicándose bronceador, teniendo que pedirle el favor a su amiga para que la ayudara a aplicarlo sobre su espalda. Instantes después hizo lo mismo con ella, mientras su mente aun especulaba acerca de los gustos de género que Amanda pudiese tener. Se preguntó la razón por la cual,  desde el momento de su llegada a Santa Marta, la simpática subgerente no la había descuidado un solo día. ¿Acaso no tenía vida propia? ¿A qué habría dedicado su tiempo la atractiva muchacha antes de que ella llegara a aquel paradisiaco lugar, apenas cinco días antes? ¿No tenía otras amistades?, ¿o acaso era la política del resort hacer sentir bien a sus nuevos trabajadores haciendo que su subgerente les mostrara la ciudad y sus alrededores? Era una idea algo estúpida, pero en realidad era algo extraño que una mujer, diez años mayor, estuviese tan dedicada y resuelta a pasar casi que el ciento por ciento de su tiempo libre al lado de ella.      Repartiendo el tiempo entre el mar, el bronceado y la charla, acompañadas por un par de cervezas, las muchachas pasaron el resto de la mañana, y cuando el reloj marcaba la una de la tarde, se sentaron a almorzar el pargo rojo con patacones y arroz de coco que habían ordenado. No fue necesario que se cambiaran a sus ropas de calle ya que todos los turistas y visitantes del lugar tomaban su almuerzo en traje de baño.      –Creo que es el mejor pescado que he probado en mi vida… –Carrie no daba crédito al buen sabor, no solamente del pescado, sino también del arroz de coco y de los patacones. Pensó que nunca en su vida había probado algo que se le pareciera y además con una preparación más que excelente. Amanda se mostró complacida por las palabras y la actitud de la joven norteamericana, gracias a lo cual, su simpatía no paraba de crecer con el paso de los minutos. Una vez se levantaron de la mesa, decidieron caminar a lo largo de la playa, la mirada y la concentración de Carrie puestas en los cientos de bañistas que copaban el lugar, llamándole la atención el espíritu de relajación pero al mismo tiempo festivo y descomplicado en la mayoría de personas. Era muy diferente a la manera de comportarse de aquellos que se hospedaban en el resort, en donde se podía notar un ambiente más formal, relajado pero esnobista, atractivo pero inaccesible para muchos.      –¿Mucho desorden? –preguntó la simpática Amanda.      –Me gusta este ambiente, es muy diferente al del resort, es más… informal.      –A nuestro sitio de trabajo llega mucho extranjero, y lógicamente se comportan diferente, y pues los colombianos que llegan son los más pudientes, los que tienen más plata, entonces niña, ya te podrás imaginar que prefieren mantener las apariencias y no te van a poner un vallenato a todo volumen como lo hace la gente de esta playa.      Carrie comprendió inmediatamente el significado de aquellas palabras: al igual que en su país, existían diferencias entre unos y otros, entre los acaudalados y los menos favorecidos, aunque sabía que tendría que pasar mucho más tiempo en Colombia para enterarse de qué tan grandes y profundas podrían ser estas.      Llegaron hasta el final de la playa, lugar bloqueado por grandes rocas  que no permitían seguir caminando. Dieron la vuelta para regresar a su toldo,  siendo consciente Carrie de la manera cómo las miraban los hombres e incluso algunas de las mujeres, algo a lo que no estaba acostumbrada.      –Supongo que aquí no hay problema con que la gente te mire –le comentó a Amanda cuando nuevamente estuvieron sentadas sobre sus toallas.      –Sí me di cuenta, pero cómo quieres que no te miren, eres una sardina preciosa…      –¿Sardina? –preguntó Carrie frunciendo el ceño.      Amanda rio por breves instantes antes de responder.      –Mira, niña, en este país le decimos sardinas a las peladas jóvenes como tú.      –¿Entonces el señor gordo que no me despagaba los ojos sería como un tiburón? –las dos rieron con el comentario de Carrie.      –Más o menos, o podría ser una ballena –era evidente la camaradería que empezaba a nacer entre las dos.      –En mi país no estamos acostumbrados a que la gente mire de esa manera.      –¿Entonces cómo hacen para saber si alguien les gusta?      –Los miras cuando no se den cuenta, o cuando estás hablando con ellos.      –Prefiero como es aquí, creo que es una forma algo más directa de hacerlo. Si quieres saber cómo es alguien, lo más lógico es que lo mires y te asegures antes de todo.      Carrie llegó a la conclusión de que en las palabras de su amiga podría estar la explicación a las dudas y presentimientos que había tenido hacia ella: si la mirada de los colombianos era directa y sin el menor grado de prudencia, bien podría ser la razón por la cual se había sentido incómoda con su mirada, lo cual  la había llevado a tener dudas con respecto a los gustos que la atractiva subgerente tenía.  Sin embargo pensó que lo mejor sería salir de la duda cuanto antes, ya que lo que menos querría era llenar de ilusiones, que no se podrían cumplir, a una persona tan especial como Amanda.      –¿Pero miran igual a los hombres y a las mujeres?      –Bueno, yo creo que sí… Si alguien te gusta, simplemente lo miras y ya… –Amanda empezó a aplicarse una nueva capa de bronceador.      La respuesta de Amanda solo le servía para seguir haciendo preguntas, aunque pensó que le mejor sería abordarla desde otro costado.      –Bueno, supongo que a los hombres que iban a ser novios tuyos no parabas de mirarlos.      –Claro, y ellos me miraban y de pronto me sonreían, y entonces yo les sonreía y terminábamos hablando.      La repuesta no podría haber sido más clara, a su amiga le gustaban los hombres, de eso no cabía la menor duda, pero igual, también podrían gustarle las mujeres.      –Oye, ¿y hace cuánto no tienes a alguien? –preguntó Carrie agarrando el tarrito de crema bronceadora.      –Si te contara… –Amanda respondió con la mirada perdida en el horizonte.      –Tranquila, no tienes que hacerlo –Carrie, acudiendo al respeto hacia las cuestiones ajenas que los norteamericanos practicaban, pensó que lo mejor sería dejar que Amanda, espontáneamente, le contara sus secretos en el momento en que lo deseara.      –Pero lo voy a hacer, eres mi amiga, ¿no se supone que te debo tener confianza? –nuevamente Amanda mostraba una encantadora sonrisa al tiempo que la joven instructora de inglés esparcía la crema bronceadora sobre sus piernas.      –¡Claro que lo soy!, puedes contarme todo lo que quieras, y en el momento que quieras.      –Entonces te lo voy a confesar todo –Amanda tomó la mano de su amiga por un par de segundos, lo que llevó a Carrie a pensar que se venía lo que había estado sospechando: la atractiva subgerente estaba a punto de confesarle su gusto por las mujeres–. La última persona con que estuve, y que me rompió el corazón, decidió dejarme botada cuando se fue a vivir  Australia.      –¿Y llevaban mucho tiempo?      –Un año… Pero fue un año increíble, nunca la había pasado tan bien, en todo sentido…      –Pero hace seis meses decidió irse a estudiar a una universidad de Sidney, apenas se graduó del colegio, y pues… –Amanda arrugó los labios, su vista perdida en el horizonte.     Era evidente que se trataba de alguien menor que Amanda, pensó Carrie; alguien que no podría pasar de los dieciocho años, lo que hacía más probable que fuese una mujer, ya que no se imaginaba a una atractiva mujer de veintisiete años saliendo con un muchacho casi diez años menor.      –¿Pero no se escriben o algo?      –Nunca, cuando se fue…, sentí tanta rabia que pensé que lo mejor era que no nos volviéramos a hablar.      –Pero por lo que dices de que se acababa de graduar, me imagino que era una persona más joven que tú…      –Claro, tenía dieciocho, casi diecinueve… Es que nunca he podido andar con lo que la sociedad considera como >.      Cada vez se hacía más evidente el gusto de Amanda por las mujeres, lo que ponía a Carrie en un verdadero dilema: era su única amiga en Santa Marta, su jefe en el trabajo, y alguien que parecía demostrar mucho interés en compartir con ella. Pero ella nunca había tenido ese tipo de tendencias; veía a la subgerente como una mujer atractiva, así como lo podría ser la maldita Julie, o inclusive Sharon, pero de ahí a que le naciera llegar a tener algún tipo de relación, aparte de una amistad con otra mujer, era algo que no tenía cabida en su mente.      –¿Pero qué es lo correcto?      –Ya sabes, siempre quieren ver a un hombre que sea mayor que la mujer, o por lo menos de su misma edad, pero no a una mujer profesional que trabaja, saliendo con un pelado recién graduado de colegio.      Esa frase lo cambiaba todo: si no había entendido mal, lo que verdaderamente Amanda había querido decir era que la persona que había marchado a Australia no era una mujer, era un muchacho diez años menor que ella. La sonrisa estaba de regreso en su rostro después de haber exhibido una expresión de preocupación durante los últimos minutos.      –Es verdad, y algo injusto, porque cuando ven a un hombre de veintisiete con una sardina, como dices tú, de diecisiete, ahí sí no ponen problema.      –Así es, niña… Pero ahora sí déjame confesarte algo. ¿Te acuerdas de que te hablé del pelado que vino a tomar jugo al resort después de haber trotado y que me contó que vivió en Nueva Jersey?      –Pues claro que me acuerdo, además llegamos a pensar que podría ser mi amigo… –Carrie la volteó a mirar a los ojos.      –Exacto, ¿pero por qué crees que le hablé ese día?      Carrie mostró una débil sonrisa antes de contestar.      –Me imagino que te gustó, porque como ahora sé que te gustan los hombres menores que tú.      –Así es, ese sardino me fascinó, y no pude aguantarme las ganas de hablarle. Pero no te preocupes, yo sé que hay un pequeño chance de que sea tu amigo, y si es así, te prometo que no voy a cruzarme en tu camino, pero si no lo es, te juro que me fascinaría salir con él.      –Entonces prepárate a salir a conquistarlo, porque realmente no creo que se vaya a dar una coincidencia tan grande, eso sería algo así como para escribir un libro.      Un poco antes de las cinco de la tarde el lanchero se acercó a la pareja de amigas. Les informó que en cinco minutos estarían abordando la pequeña embarcación que las llevaría de regreso a Taganga. Amanda se apresuró a empacar sus cosas en el bolso. Carrie se puso de pie, observó su propio cuerpo pensando que cada vez estaba más bronceada y le comunicó a su amiga el deseo de pagar la cuenta. Aunque Amanda en principio alegó, la muchacha norteamericana le hizo caer en la cuenta de que era hora de abandonar la costumbre de querer pagar por todo. Tomó su pequeña billetera, y aun vistiendo únicamente su bikini, recorrió los quince metros que la separaban del restaurante. Le pareció casi un regalo la suma cobrada por los almuerzos y las bebidas, lo que la llevó a darle una buena propina a la señora encargada del lugar. Pero sus amables palabras de despedida se vieron súbitamente interrumpidas por los gritos emocionados de Amanda. Carrie se giró para ver a su amiga corriendo hacia ella mientras gritaba:      –¡Ahí está, apúrate, se está montando a una lancha!      Carrie, sorprendida por los gritos y la carrera de su amiga, y sin entender lo que esta quería decir, sintió que el susto y los nervios la invadían.      –¿Qué pasó? ¿Estás bien? –preguntó Carrie cuando Amanda estuvo a su lado.      –¡El sardino, el que te dije que fue trotando hasta el resort, se está montando a una lancha, apúrate! –le dijo una afanada Amanda, tomando a su amiga de la mano ante la sorprendida mirada de la encargada del restaurante.      Carrie corrió junto a su amiga los metros que las separaban de la playa.      –¿Dónde está? –Carrie se fijó en más de cinco embarcaciones arrimadas a la playa, algunas de ellas repletas de turistas vistiendo sus chalecos salvavidas, y otras en las que la gente se encontraba en proceso de abordaje.      –No sé, era una lancha azul, no la veo –se podía notar la angustia en el rostro de la subgerente.      –¿No era esa que va allá? –Carrie señaló una embarcación de casco azul que ya había arrancado, la cual empezaba a surcar las primeras olas a más de quince metros de la playa.      Amanda se fijó en la lancha, miró a los alrededores y con expresión de pesar miró a su amiga.      –Sí, esa era, lo vi montándose en esa lancha. Iba con una pantaloneta roja y una camiseta blanca y se estaba poniendo el chaleco salvavidas.       Carrie se quedó mirando la lancha mientras se alejaba, tratando de distinguir los rostros de sus ocupantes. Sin embargo la distancia, cada vez mayor, le impidió reconocer a alguien en particular, lo único que veía era un grupo de cabezas y de torsos, todos vistiendo chalecos anaranjados.      –Ni idea, Amanda, ya están muy lejos…     –Ven rápido a nuestra lancha, si sale rápido pueda que en Taganga lo podamos ver antes de que regrese a la ciudad.        Minutos después se encontraron navegando alrededor de la desértica colina marrón que separaba a Playa Grande de Taganga.  
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