23
–Oye, primo, tómate otra cerveza –le dijo Fabio a Santiago mientras le pasaba una lata, la cual sintió bastante fría al recibirla en su mano.
Se encontraban en un pequeño bar, de aquellos con techo pero sin paredes, en la pintoresca Taganga, un poblado de pescadores y turistas cercano a Santa Marta. Eran cinco minutos los que se podían contabilizar desde que habían desembarcado de la lancha utilizada para regresar de Playa Blanca, atractivo lugar en el cual habían pasado el día sábado en compañía de Alan y Verónica, y dos muchachas, las cuales Santiago había visto la noche de la fiesta, y quienes se habían presentado, unas horas antes, con los nombres de Jennifer y Penélope.
–Oye, paisa, ¿y qué te trae por aquí? –Jennifer, apartó el largo cabello rojo de su cara para dirigirse a Santiago.
–No soy paisa, soy de Bogotá… Cachaco, como dicen ustedes.
–Es que Jenni es de las que llama a todos los que no sean de aquí, paisas. Puede ser un gringo, un europeo o un c***o, para ella todos son paisas –intervino Alan, su carácter alegre siempre presente.
Santiago, ya acostumbrado a explicar los motivos de su permanencia en Santa Marta, no tuvo inconveniente en repetir su historia.
–¿Y tú por qué hasta hora le preguntas eso?, no joda… Si tuviste todo el día –preguntó Fabio.
–Pero como tú no dejabas hablar con él –alegó Jennifer sacudiendo la cabeza.
Santiago pensó que no estaba lejos de sentirse en el paraíso. Lo que estaba viviendo no tenía ningún parecido con su vida anterior en Bogotá y muchísimo menos con la de Nueva Jersey. Con la amistad de Fabio, Alan, y Verónica, y ahora la de estas dos niñas, quienes parecías sacadas de una revista de modas, sumado a las playas, el clima y el ambiente, se conformaba un mundo del que no quisiera salir nunca. Ahora solo era cuestión de no volver a cometer los mismos errores de Nueva Jersey, por los cuales se había quedado solo y sin amigos.
–Tú eres libre de hablar cuando quieras, yo no me pongo bravo, aquí solo le tienes que pedir permiso a Vero para hablar con el cachaco –Fabio le dedicó una sonrisa sarcástica a Verónica.
–¿A qué horas? Yo aquí no soy dueña de nadie –alegó Verónica clavándole la mirada a Fabio.
Desde aquella malograda tarde, en la cual Verónica había salido corriendo, Santiago no había cruzado palabra con la linda rubia, además de no haber pasado tiempo alguno a su lado durante la visita a Playa Grande. Era consciente de la atracción sentida hacia ella, pero estaba decidido a no forzar las cosas, y menos ahora que todo lo que tenía que ver con el grupo de amigos parecía estar marchando sobre ruedas.
–¿Oigan, ustedes dos nunca se cansan de estar alegando? –preguntó Penélope, jugando con las puntas de su largo cabello n***o.
–Nosotros no alegamos, nosotros nos amamos –dijo Fabio, abrazando a Verónica por un par de segundos hasta que ella lo obligó a soltarla con un movimiento de su cuerpo.
Estaba muy lejos de llegar a tener la confianza que Fabio exhibía con sus amigas, pero estaba seguro que todo sería cuestión de días, o de un par de semanas. Consistía en adaptarse, en hacer lo que ellos hacían, hablar como ellos hablaban, y gustar de lo que ellos gustaban, aunque no podría llegar a ser tan parecido a ellos, o de lo contrario perdería aquel encanto que había logrado llamar la atención de Verónica.
–¿Y qué tal eso por allá en Nueva Jersey? –preguntó Jennifer, su cabello rojizo bañado por los rayos de sol del atardecer.
–Nada que ver con esto, mil veces mejor aquí, esos gringos son demasiado diferentes –Santiago sabía que estaba diciendo la verdad. Aunque en Colombia la mayoría de los jóvenes escucharan música gringa y vieran sus películas, la realidad de lidiar en vivo y en directo con las costumbres gringas era algo totalmente diferente. Sin embargo sabía que de haberse dado las cosas, con Carrie todo habría sido diferente.
–Es que no hay nada como Santa Marta –Alan se quedó mirando a un par de atractivas muchachas, quienes caminaban sobre la playa, y parecían tener sus miradas dirigidas hacia los restaurantes y bares.
–Bueno, ya vengo, voy al baño, esta cerveza lo pone a uno directo –dijo Santiago sin reparar en las muchachas observadas por su amigo. Se puso de pie, y recorrió los doce metros que lo separaban de los baños, ubicados en la parte trasera del lugar. Minutos después regresó, encontrando a sus amigos envueltos en una discusión.
–No me puedes decir que esa pelada no era gringa, o al menos de algún otro lado –le decía Jennifer a Penélope.
–Una paisa –el tono sarcástico de Alan era evidente.
–Sipote cabello así larguito, oscurito, eche, eso no puede ser de una gringa, yo creo que esa pelada era argentina o española –alegó Fabio.
–¿Pero cómo vas a decir eso? ¿Es que no distingues el acento de Argentina o el de España? Además con esos ojos claros… –Penélope sacudió lentamente la cabeza de un lado a otro.
–¿De qué hablan? –preguntó Santiago, sentándose en su butaca.
–De dos bizcochitos que se acercaron ahorita, así como mirando pa´todo lado, como buscando a alguien –Alan tomó un nuevo sorbo de su cerveza.
–Y Penélope y Fabio insisten en que una de ellas no era gringa –adhirió Jennifer–, ¿pero más gringa pa´dónde?
–Bueno, lo que tú digas, pero es que está como quiere –fueron las palabras de Fabio.
–Pero la otra no se le queda atrás –agregó Alan.
–¿A ti te gustan las veteranas? –preguntó una divertida Jennifer, dirigiendo su mirada en la dirección de Alan.
–Pero tú cómo vas a venir aquí a decirme que esa era una veterana, ¡si lo que está es divina!
–Pero por lo menos tiene veinticinco –intervino Penélope.
–Bueno, eso sí, pero no le quita, no le quita…
La descripción que de la supuesta gringa o extranjera habían hecho sus amigos le hizo recordar a Carrie: cabello largo oscuro, ojos claros, bonita… Le hubiera gustado preguntar en qué dirección se habían marchado, ya que sería interesante ver a una niña de ese estilo, el cual era su preferido. Pero si llegaba a mostrar algo de interés por otras mujeres, sabía que sus chances con Verónica llegarían a su final.
–¿Pero hablaron con ustedes? –preguntó Santiago, sus ojos enfocados en la playa.
–Nada, barro, solo caminaron por aquí al ladito –Fabio hizo una señal con su mano indicando que las dos muchachas habían pasado a menos de un metro de donde ellos se encontraban–, y la mayor iba diciendo: >, y la sardina divina dijo: >.
–Tú siempre tan histriónico –Verónica parecía divertirse viendo la manera como Fabio se expresaba.
Dos horas más tarde, agotado por el día de sol y playa, y sintiendo que solo quería quedarse dormido en el sofá de su casa mientras veía algún insulso programa de televisión, Santiago se despidió de sus amigos, no sin antes cruzar un par de frases con Verónica.
–Santi, ¿te puedo ver mañana? –afortunadamente se lo dijo de tal manera que sus compañeros no se percataron.
–¿Ya no estás brava?
–Nunca lo he estado –dijo ella forzando una sonrisa.
–Listo, ¿y qué quieres hacer? –Santiago repartió su mirada entre la rubia y sus amigos, quienes parecían ocupados organizando los maletines depositados en el baúl del auto.
–Podemos ir a la playa del resort Arenas Blancas, esa playa es bien bacana y podemos almorzar allá, yo te invito.
–Suena rico, me apunto.
–Listo, te veo mañana temprano, la vamos a pasar bien full –Verónica se montó al vehículo de sus amigos antes de partir, dejando a Santiago con un sentimiento similar al que había experimentado aquel día, casi que un año atrás, cuando se despidió de Carrie con la ilusión de verla aquella noche. Sintió tristeza y temor, pero una cita con una niña especial podía fallar una vez, más no dos veces, de eso estaba seguro.