Capítulo 8

2365 Palabras
  Odio tener que contar la historia de mi vida a personas que no conozco, a pesar de que esas personas solo intenten ayudarme. Cuando siento que por fin puedo ver la luz al final del oscuro y solitario pasillo en el que me obligaron a entrar, para algo que me recuerda lo débil que soy y lo triste que puedo llegar a sentirme cuando no hay nadie a mi alrededor. Verlo subir a ese auto me destrozó el corazón, pero notar las lágrimas en sus ojos mientras se alejaba definitivamente destruyó cada fibra de mi cuerpo y derrumbó mi alma. Traté de contener las lágrimas, pero el dolor de perderlo me conquistó y finalmente las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas. Es la tercera vez que debo despedirme de alguien en mi vida y planeo que no vuelva a repetirse. Cuando vi por última vez a mamá se estaba desangrando en el mugriento piso que compartíamos con ratas y cucarachas, la observé por varios segundos hasta que ese hombre me sacó de la casa a la fuerza y lo último que pude gritar en cuanto se cerró la puerta fue “te quiero mamá”. No me importaba lo que me había hecho porque de igual manera la quería y la quiero hasta este momento. Cuando me despedí de Husein sabía que no sería para siempre, pero eso no evitó que sintiera un dolor agudo en el pecho y un nudo en la garganta que se mantuvo por días hasta que finalmente decidí que trabajaría en mi bienestar y dejaría de pensar en él. Y ahora que llegó el momento de despedirme de Adán comprendí que las despedidas siempre serán difíciles y dolorosas, pero en algún momento nos volveremos a ver, ya sea mientras viva o cuando muera, o al menos eso quiero pensar. Pierdo de vista al auto n***o donde un chofer lleva al único amigo que he tenido en este lugar al aeropuerto y giro sobre mis talones mientras cubro mi rostro con mis manos y trato de concentrarme en detener las lágrimas. -          Por favor no llores, prometo que no quise hacerte daño. Su aliento se mezcla con el mío y mi mente me grita que lo aparte, pero sé las consecuencias si llegase a hacer eso. -          Te pedí que estuvieses quieta y no me obedeciste, solo quería que cumplieses con tu deber. Me mantengo observando el techo mientras escucho sus palabras. No quiero que vea lo débil que soy, pero no puedo evitar que las lágrimas sigan cayendo por mis mejillas. -          Por favor, nena, deja de llorar y prometo que no volveré a hacerlo. Asiento con la cabeza lentamente para darle a entender que he comprendido su promesa. Me concentro en oír los latidos de mi corazón para dejar de escuchar esa irritante voz que me influye a clavarle el abre corchos en el cuello al hombre sobre mi cuerpo desnudo. -          De acuerdo, me levantaré, pero si tratas de atacarme de nuevo voy a tener que castigarte otra vez, ¿de acuerdo? El recuerdo de lo que me acaba de hacer me provoca náuseas y las lágrimas amenazan de nuevo con salir, pero su amenaza retumba en mis oídos y asiento con la cabeza. Su cuerpo se aleja del mío y rápidamente tomo la sábana que algún día, hace mucho tiempo, fue blanca y trato de cubrir todo mi cuerpo. -          Deja de tratar de ocultar tu cuerpo de mi vista ya he saboreado cada esquina de tu deliciosa piel. Siento el asqueroso líquido proveniente de mi estómago en mi garganta, pero cierro mi garganta para evitar expulsarlo. -          Solo nos quedan diez minutos, así que es mejor que tomes una ducha antes de que llegue tu próximo cliente. Trato de levantarme, pero un agudo dolor detiene mis movimientos y vuelvo a recostarme. El hombre parece que nota el dolor en mi rostro y empieza a burlarse con una sonrisa malvada. -          Por favor… no fui tan rudo. Solo levántate y ve a ducharte. Trato de obedecerlo, pero mis piernas tiemblan y el dolor limita mis movimientos. Giro sobre el colchón para poder levantarme sin tener que sentarme primero. Me arrastro hasta el final del colchón y extiendo mi pierna izquierda para poder tocar el piso con mi pie. Hago lo mismo con mi otro pie y en cuanto tengo ambos pies en el piso me impulso con mis brazos para poder poderme de pie. Algo rojo llama mi atención sobre el colchón y noto que varias gotas de sangre manchan el lugar donde hace un momento me encontraba recostada boca arriba. Por algún motivo ese recuerdo llega a mi mente en este momento y por una fracción de segundo recuerdo que existen peores dolores que despedirse de alguien importante en tu vida. Camino en dirección al pequeño lago que siempre observo las pocas veces que he cruzado por el puente que da la bienvenida el centro. Me acerco a la orilla y observo a lo lejos la carretera hacia la ciudad y unas cuantas aves revoloteando en el cielo. Me siento en el césped y varios sentimientos invaden mi mente, pero sin duda hay uno que predomina. “Te has quedado sola de nuevo y así será siempre.” La irritante voz en mi cabeza vuelve a hacer presencia y por un momento decido que la ignoraré hasta dejarla de escuchar, pero escucho un susurro junto a esa otra voz. “Nunca estarás sola.” Trato de recordar la última vez que escuché esas palabras y un recuerdo borroso aparece en mi mente. -          Nunca estarás sola, mi niña. Su cálida voz me hace olvidar el motivo por el cual me encontraba llorando y trato de sonreír, pero en su lugar me sale una mueca graciosa que provoca una carcajada por parte del hombre frente a mí. Trato de recordar su rostro, pero no lo consigo y solo puedo ver la silueta de un hombre alto y con el cabello lleno de canas que me observa. “Debe ser otro de… esos hombres.” Ignoro ese comentario y trato de esforzarme por recordar el rostro del hombre, pero tras varios minutos me rindo y lo único que puedo recordar es el abrigo de color rojo que llevaba puesto cuando me dijo esas palabras. Recuesto mi espalda en el suelo y dirijo mi mirada hacia al cielo y las grandes nubes que cubren al sol. Levanto mis brazos en un vago intento de tocar las nubes y las mangas de mi abrigo caen hasta mis codos. Observo las marcas que adornan mi piel y el pequeño corte en mi muñeca izquierda y recuerdo la ocasión en la que me concentré en la voz en mi cabeza y me olvidé de mi propia voz. Ahora solo puedo distinguir dos manchas moradas en mis brazos. La primera me la hicieron una noche cuando no quería salir de la jaula debido a lo enferma que me sentía y me arrastraron sin importarles como me sentía. La otra me la hice cuando la mujer en la jaula junto a la mía no dejaba de llorar y en un momento de debilidad traté de liberarme de las cadenas para poder acercar mi brazo hacia ella y consolarla, pero fallé y lo único que conseguí fue varios golpes en mi brazo izquierdo, de los cuales solo queda uno. “No sé cómo puedes ver tu propio cuerpo y no vomitar.” “Es mi cuerpo y jamás me dará asco, pese a todas las cicatrices y golpes.” Me sorprendo de mis propias palabras y sonrío involuntariamente mientras mi mirada se centra en la pequeña cicatriz de mi muñeca. “Jamás debí escucharte, merezco vivir y eso voy a hacer.” Me levanto de un brinco del suelo y con la sonrisa más grande que jamás he tenido en mi rostro empiezo a correr hacia el pabellón de las habitaciones y por ende hacia la recepción. Al llegar al edificio empujo las puertas de cristal y por un momento siento que nada podrá detenerme en este momento. El hombre en la recepción me observa entre confundido y sorprendido en cuanto entro por las puertas y antes de que mi mente decida recordar cada amenaza que he recibido si hablo o cada golpe que soporté por no obedecer, abro mi boca y hablo. -          Quiero… no, necesito ver a Husein ahora. Llama a Adriano y dile que traiga a su hijo aquí en este momento. El hombre me observo con los ojos completamente abiertos mientras parece tratar de reaccionar a mis palabras y al hecho de que acabo de hablarle. -          Por favor. – Añado para hacer reaccionar al hombre. Asiente lentamente mientras toma el teléfono con su mano izquierda y empieza a buscar en la computadora, seguramente el número de Adriano. No espero a escuchar la llamada y rápidamente salgo del edificio en dirección al consultorio de la Doctora Christine. En cuanto llego al edificio cruzo el pasillo hasta llegar a la puerta de la Doctora, pero en ese momento mi mente empieza a trabajar y noto que en este momento podría estar con un paciente y si entro sin permiso la interrumpiré. Inhalo fuertemente y decido que no es momento para dudar, ya que en cualquier momento la valentía se me acabará y no podré decir todo lo que quiero. Abro la puerta y entro mientras busco con la mira a la Doctora, ni siquiera me da tiempo a alegrarme por no encontrar a ningún paciente sentado en el sofá donde también suelo sentarme. La encuentro en su escritorio con un bolígrafo en la mano, pero en cuento escucha la puerta abrirse levanta la mirada y me observa confundida. -          Adaeze… No dejo que continúe hablando y la interrumpo de inmediato. -          Escuche… Me acerco hacia el escritorio y me acomodo en el asiento frente a ella. -          Hay algo que nunca le comenté y en este momento me parece buena idea hacerlo porque necesito que al menos una persona en la vida me conozca tal y como soy. La Doctora solo me observa con atención y asiente la cabeza sin emitir ni una sola palabra. -          Hice algo muy, muy malo hace varios años y me siento mal por ello, pero no me arrepiento. Sabía que debía hacerlo y sabía que él se lo merecía. Mi mente quiere decirme algo, pero no la escucho y continúo hablando. -          Apuñalé al Señor Tylor el día en que atacaron la mansión esos hombres y nunca me he arrepentido de lo que hice porque en el fondo sabía que lo mismo que me hizo a mí, les haría a otras niñas y no podía permitirlo. Empiezo a hiperventilar después de decir la última palabra, pero sé que debo continuar. -          El hombre que me llevó a esas jaulas me dio un cuchillo que lo tomé entre mis manos y simplemente lo enterré en el cuerpo del Señor Tylor. Sentía tanto odio por ese hombre que no lo pensé dos veces. Debía hacerlo y aunque sé que no fue lo correcto tampoco se siente como si no lo fuera. Se empieza a cerrar mi garganta y las lágrimas caen por montones de mis ojos mientras observo a la Doctora abrir más y más los ojos mientras escucha mis palabras. -          Sé que debo ir a prisión por lo que hice, pero me da tanto miedo estar encerrada de nuevo que nunca quise decírselo a nadie, pero Adán dijo algo antes de irse. Nos abrazábamos como manera de despedirnos, pero al separarnos le oí decir algo mientras se alejaba y caminaba en dirección al auto. -          Sé feliz, Adaeze, te lo mereces más que nadie. Finalmente, mi garganta se cierra debido al gran nudo que siento y las lágrimas siguen derramándose como si fuesen infinitas. -          Quiero ser feliz. – Digo antes de levantarme del asiento y tratar de llenar mis pulmones de aire de nuevo. -          Solo serás feliz si trabajas para serlo, Adaeze. La voz calmada de la Doctora me obliga a concentrarme en su rostro mientras todavía trato de detener las lágrimas. -          Si quieres ser feliz, pues has todo lo que te haga feliz, Adaeze. -          Lo que me haría feliz es dejar de oír esa horrible voz en mi cabeza que me dice que soy poca cosa y que no merezco vivir. -          Entonces deja de oírla. Reemplázala por una voz que te diga lo importante que eres para Adriano, Husein, Adán y para mí. -          ¿Cómo? -          Esa voz eres tú misma diciéndote todas tus inseguridades. A partir de ahora recuerda todas tus fortalezas. -          Soy muy buena corriendo y cuidaba de mamá para que no se ahogara con su propio vómito. Hice un amigo aquí y ahora Adán es mi mejor amigo. Husein era mi mejor amigo cuando era niña, pero no quiero ser su amiga, quiero que deje de verme con lástima y empiece a verme como una… novia. Esa última palabra provoca que algo en mi interior se remueva y la sensación es tan extraña que no logro describirla. -          ¿Por qué piensas que Husein te tiene lástima? -          Porque todo mundo me tiene lástima en cuanto sabe lo que me pasó. No quiero eso, quiero que me observen y vean quien realmente soy y no lo que me pasó. -          Entonces debemos trabajar en cómo puedes presentarte a las personas para que te vean a ti y no tu pasado, ¿no crees? Asiento energéticamente con la cabeza y espero a que la Doctora continúe hablando. -          Bien, entonces ha llegado el momento de olvidarnos de tu pasado y concentrarnos en tu futuro. La Doctora se levanta del escritorio y camina hacia la entrada del consultorio. Abre la puerta y sale hacia el pasillo dejando la puerta abierta. No entiendo que acaba de ocurrir, pero salto del asiento y corro en la misma dirección que la Doctora. -          Si quieres ser feliz, primero vamos a encontrar que te hace feliz, Adaeze. Sonrío y la sigo a un lugar incierto a través del enorme jardín donde varios pacientes se encuentran pintando al aire libre. 
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR