Mentiras

1263 Palabras
Dania. Estamos todos en la mesa, cenando, pero en esta ocasión mi madre no ha dejado de hablar sobre aquella mujer de la iglesia que se fue de vacaciones con su familia a un lugar que curiosamente mi madre siempre ha querido ir, mi padre la escucha atentamente, le promete que pronto iremos también, ahora la comida me sabe insípida, no puedo detener las palabras que se me escapan de la boca, aquellas que han estado dando vueltas en mi cabeza. — ¿Por qué mintieron con respecto a las razones por las que yo terminé en el convento? Mi madre se queda callada de golpe y sus ojos tanto como los de mi padre se posan en mí, pero yo solo miro fijamente a mi mamá que fue la que dijo la mentira, ella se acomoda firme en su silla y me lanza una mirada molesta. — Ya te dije que a tu padre no le gusta hablar del pasado, es mucho mejor una mentira piadosa que tener que pasar por la vergüenza de contar las verdaderas razones ¿No crees? No, no creo, desde que salí del convento me he visto en la necesidad de tener que mentir una que otra vez, todo para evitar causar un problema mayor o aún más complicado, pero en su caso es algo que me molesta, porque yo en ningún momento he usado mi santidad de la manera que lo hacen ellos, solo cuando les conviene se portan muy religiosos o como unos completos fanáticos en algunas ocasiones, pero de repente con sus acciones dejan al descubierto una personalidad distinta, como si la fe fuera una máscara que intentan ponerse desesperadamente, pero no pueden evitar que se le caiga. — Si las mentiras piadosas vinieran de cualquier otra persona podría creer que es lo mejor, en su caso que siguen firmemente el camino de la fe, el mentir es un pecado y me sorprende como no le cuesta ninguna dificultad el hacerlo. Mi madre deja caer su brazo con fuerza sobre la mesa, mi padre solo deja escapar el aire y cierra los ojos cansados, me mantengo en mi lugar sin titubear, mantengo mis ojos fijos en mi madre, su mirada es como un sendero lleno de fuego que consume la maleza seca con rapidez. — Mira Dania, considero que no tenemos que darte explicaciones de lo que hacemos o no... sí distorsionamos la realidad o como quieras llamarlo es solo por tu propio bien y debes ser agradecida con tus padres por ello. Levanto una ceja, los niveles de manipulación de mi madre son de temer, me levanto de la mesa dejando mi plato a medio comer, de pronto acaba de evaporarse mi apetito. — "Distorsionas" la realidad para tu propio beneficio, no el mío, posiblemente es porque te avergüenzas de que la gente sepa que... Un estruendo llena el silencio, el sonido de la piel chocar con la piel, mi mejilla escuece creándome un ligero hormigueo en la zona que da paso un palpitante dolor, mi rostro se movió ligeramente, cuando mi mirada se une con la de mi madre esta abre mucho los ojos y se lleva ambas manos la boca, acaba de darme una bofetada. — Nora... - Mi padre le habla en voz baja, pero firme, se ha levantado de la mesa, pero no se mueve ni un centímetro de su lugar, llevo mi mano a la mejilla dolorida y siento un ligero ardor en la piel, mi madre tiene los ojos llenos de arrepentimiento, noto como sus ojos comienzan a humedecerse, da un paso a donde estoy, pero yo retrocedo de inmediato. — Dania, lo siento, yo... — En el tiempo que estuve en el convento me tocó escuchar las historias de superación de varios ciervos del señor... lejos de sentir vergüenza se sentían orgullosos de sus logros, de los obstáculos que lograron superar y como pudieron perdonarse a sí mismos por sus pecados... si les avergüenza que los demás sepan su pasado y lo ven como una deshonra y no como un milagro del señor el que se encuentren dónde están, es por una de dos, no se han perdonado a sí mismos o su santidad es una farsa... Me doy la vuelta sin espera que ninguno de los dos me responda algo, estoy tan decepcionada de ellos. ˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜˜ Ahora me tocó venir sola a la iglesia, o bueno mi madre ya me había dicho con anticipación que no vendría conmigo, no había venido un lunes en este horario, había grupo de jóvenes así que me quedé con la encargada para ayudarle, el grupo lo conforman jóvenes de entre los 15 y 20 años... yo tengo 21 y aún así los demás me trataban como nosotros en el convento a la abadesa Gloria, cielos me sentí vieja. — ¡Oye Dania! ¿Vendrás el próximo lunes con nosotros...? Di que sí. - Una chica se me cuelga del brazo en lo que iba a la entrada, le siguen otras chicas más. — No lo sé, yo solo venía a rezar, no sabía que estarían en este horario, además tengo 21 no entro en la edad permitida. — Bobadas... oh cielos, ¡Ya salieron! La chica aprieta con más fuerza mi brazo, noto como las otras parecen alterarse un poco, todas miran al frente y yo sigo sus miradas en dirección a ese edificio oscuro de enfrente, levanto las cejas con asombro al toparme con los mismos dos hombres que miré salir ayer. — Santo cielo... son tan sexis. - miro ahora sorprendida la chica, ella tiene unos 17 o 18 quizás y esos hombres se les nota de lejos que son mucho más grandes que nosotras. — ¡Dioses! ¡Dioses! ¡Santo cielo! ¡Viene para acá! Cuanta blasfemia ... Pero mi mente se centra en otra cosa, "dijo que venía para acá..." Miro al frente y uno de los hombres cruza la calle y se acerca a donde estamos, miro más atrás de él solo para encontrarme con el otro hombre cruzado de brazos y negando con la cabeza, arrugo la frente, cuando llega frente a nosotros, me quedo un tanto sorprendida, es... muy alto. — Hola, señoritas, ¿Cómo están? - su voz es grave, y curiosamente me causa un escalofrío en la piel, las chicas casi se desmayan. — Bien y tú... ¿Cómo te llamas? - ellas comienzan a reír, yo permanezco seria analizando al extraño. — Alessandro ¿Y ustedes? Ellas comienzan a decir sus nombres uno a uno, yo estoy atenta al hombre, parece de mentira, un espejismo de mi mente, su piel tiene un curioso tono bronceado, lleva un traje n***o y elegante, la piel de sus manos y cuello está oscura por la tinta de tantos tatuajes, pero su rostro... parece tallado por los mismos ángeles del paraíso y sus ojos, tienen un hipnótico color gris muy claro, parecen plateados, de pronto esos ojos misteriosos se posan en los míos, un escalofrío me recorre el cuerpo. — ¿Y tú? ¿Cuál es tu nombre, bombón? - Bombón... esa palabra me regresa a la realidad, en ese instante recuerdo de donde ha salido y lo que me dijo la abadesa Gloria. "Cuídate de los hombres" — Que te importa... - Le digo creando conmoción en las chicas, lo ignoro totalmente y me despido de las chicas. — Nos vemos el siguiente lunes. Sin voltear a ver al extraño me alejo de donde están.
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